Quién sabe qué le pasó conmigo a una muy laureada película gringa, El paciente inglés, pero lo cierto es que ya llevo unos diez años sin quererla ver. Una bronca gratuita. Pero paciencia, porque tarde o temprano algún hecho inesperado me obligará a pateármela completa, porque las películas son hasta que me ven a mí. Por ejemplo, en un hotel cuyo televisor tenga todos sus canales lluviosos, salvo aquel en el que la exhiben, y encima de eso no cuente yo a la mano con un libro, o aunque sea con un periódico viejo, y afuera esté cayendo un aguacero de esos que me impidan abandonar la habitación. Quizás ahí, en esas condiciones límites, termine mirándola y hasta descubriendo que es buena y que fue necedad de mi parte el habérmele resistido tanto tiempo. Me ha ocurrido con otras películas de renombre, frente a las que me he impuesto un voto de castidad y al final terminan seduciéndome, pero en formatos de contentillo como el VHS, y de un tiempo acá en DVD. Con el agravante tardío de que el gusto que me han causado me hace echar de menos su disfrute -ya imposible- en la pantalla grande, que es en donde las obras de gracia se lucen plenamente, pues no es lo mismo ir a cine, a que el cine venga a uno. Pero aquello tiene sus requisitos: el taxi vale, las boletas cuestan -porque nunca se asiste solo-, y además, está la compra inevitable de las crispetas, sin las cuales se rompe el equilibrio del espectáculo fílmico. A causa de tanto trámite, pues, antes de decidirme a hacer la cola en una taquilla, espero a escuchar de alguien confiable -no de un crítico-, un concepto que me pique la curiosidad hacia la película. O a conocer la obra del director. O a constatar que sea con De Niro, o Pacino, sin importar cuál sea el tema o quién lo dirija.
Con Titanic me ocurrió que no quería verla, pues por publicitada la suponía sospechosa. Un día, sin embargo, entré a una tienda a comprar cigarrillos, y la estaban exhibiendo por televisión. En los diez segundos que duró la transacción con el tendero, vi una escena apenas: Di Caprio, agonizando de hipotermia en ese mar de hielo, le responde, tiritando y con los labios morados, lo siguiente a la heroína que le acaba de decir que nunca debieron haberse subido a ese barco: "El problema es que si no lo hubiéramos hecho, no nos habríamos conocido". Que por azar bastaran diez segundos de una película de tres horas para ofrecer un diálogo de semejante galantería y dramatismo, me fue suficiente para remorderme de no haberla visto a tiempo. Y para correr a alquilarla. En los años setentas, cuando los militantes de izquierda espantábamos, por puro honor, la tentación de concurrir a las superproducciones yanquis, me entré de clandestino a Tiburón, saliendo de esa herejía feliz y realizado. Con Jurassic Park me ocurrió igual, solo que aunque mi persona ya llevaba tiempos de haber arrojado esos pudores, estos todavía me gobernaban como por inercia. O sea que a esa película entré al escondido de mí mismo. Y me encantó.
Hay películas, en cambio, de las que uno siempre intuye, sin equivocarse, que no califican para correrles cuando las estrenan. Y que no por eso dejan de ofrecer una curiosidad menor, perfectamente saldable cuando se atraviesen un día de estos, en un buen desprograme y sin tenerlas que alquilar. Las con Richard Gere y Hugh Grant son de ese género. Inevitables en vuelos internacionales, para los que las empresas aéreas consideran recomendable algo por el estilo de la comida que reparten. En mis tiempos de viajero asiduo tuve la desgracia, por repetir rutas y empresas en lapso breves, de encontrarme a bordo películas que no solo ya me habían tocado en un viaje anterior, sino que ya las había visto en pantalla grande. Esos vuelos los recuerdo como si hubieran sido a Australia. Desde entonces hay títulos y actores a los que no les compro boleta si acaso tengo un viaje pendiente.Afortunadamente en los aviones nunca exhiben cintas viejas, y de unos años para acá viajo poco, porque bien de malas sería montarme a estas horas en un avión y que se me aparecieran con El paciente inglés.

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