Soy de la generación de Plaza Sésamo y de Topo Gigio. De Tierra de gigantes, Viaje al fondo del mar, Pequeños gigantes y el Telediario de Arturo Abella.
Una generación combinada entre el poder informativo de la radio y la naciente televisión en color, que como todo lo que sucede en Colombia, nos llegó tarde, porque como decía Alfredo Iriarte, a Bogotá no le deberían decir la Atenas Suramericana sino el Tíbet Andino.
Y parte de que todavía estemos sumergidos en este Tíbet, es la sensación de seguir viendo en televisión el inmarcesible Boletín del consumidor.
No es que tenga nada contra el señor Ariel Armel, fundador y miembro honorario del espacio, pero con el paso de los años, cada vez que aparece hablando de ".la pasada reunión que se celebró con los miembros de la Asociación de Consumidores de Chaparral." tengo la sensación de que a él, como a Dorian Gray no le pasan los años. Por ende, para mí es un espacio maldito. No entiendo por qué si su enfrentado más próximo, y seguramente el único que le pelea el rating, es el Minuto de Dios, los padres eudistas no le han propuesto un exorcismo.
Claro que no todos son vainazos. Hay que aclarar que si a mí me ofrecieran dirigir el Boletín del consumidor, no dormiría en dos noches y me fumaría tres paquetes diarios de Pielroja sin filtro. Sin duda, es todo un reto televisivo: cómo mostrar al público si un electrodoméstico tiene garantía o si el pescado de la temporada de Semana Santa es consumible o no es todo un dilema en cuanto a lenguaje visual, y hasta el mismísimo Alfred Hitchcock le sacaría el cuerpo al doctor Armel.
Pero lo que más me impacta es que el Boletín del consumidor, conociendo que en este siglo XXI los principales consumidores ya no son las amas de casa de los años 50 o los ejecutivos yuppies de los 80, sino los niños que juegan Xbox o las niñas compradoras de Barbies y sus accesorios, han integrado a su modernísimo espacio, una especie de Petete patético, de tira cómica criolla cuyo personaje es un muñequito calvo llamado Tal Cual.
Me imagino que la intención al incluir este personaje fue captar con gracia aquello que para los consumidores normales como nosotros son temas mamera, como por ejemplo, si le desconectan a uno el contador del agua a quién toca llamar o qué hacer en el caso de pérdida de un celular recién activado. Pero es que el pobre Tal Cual no llega ni siquiera al corazón de los niños consumidores, porque es mejor ver una caricatura bien hecha como Los Simpsons que un dibujito colombiano de un calvito, hablado medio indio, emberracado por la factura de la luz.
Pero, bueno, ya dejemos de explotar toda nuestra violencia contenida de colombianos medios contra este espacio que, seguramente, pretende brindar una información importante y lo único que logra es despedir audiencia.
Mi propuesta básica para que el Boletín del consumidor tuviera algo de entretenimiento y, seguramente, muy buena sintonía, sería, primero, cambiarle el look al doctor Armel. Tal vez que sus intervenciones fueran usando camiseta y jeans, desde un lugar muy play donde los consumidores se identificaran y dijeran "ve, si allá esta don Ariel Armel, hay que ir a consumir.".
Y él no estaría solo. Al lado de su figura adusta, pondría dos hermosas jóvenes que no pasaran de los 25 años, alegres, despreocupadas de la vida y sin compromisos, que estarían consumiéndose vivazmente su tarjeta de crédito mientras él explica a cámara su punto de vista sobre "el mercantilismo desaforado del nuevo milenio" al son de un chill out que reflejara su onda moderna.
Al Tal Cual sí lo quitaría de una, para dar paso a una modelito bien buena, pongámosle que se llamara Chavita -la compradora compulsivita-, que estaría en contacto las 24 horas del día con los consumidores, explicándoles por qué un enchufe de tres patas no entra en la convencional toma de dos, o por qué si el agua sale amarilla por el grifo, es porque la cortaron o toca lavar el tanque. Todo esto con acceso a internet para ver a Chavita en sus actitudes compulsivas y con cámara web.
¡Eso sería otra cosa, maestros!
Y ahí sí que se cogiera duro el Minuto de Dios (que a propósito hace como 30 años no cambian la cruz de palitos) porque tendría que hacer un show de las estrellas desde cada cajero Servibanca para darle la patadita de la buena suerte a todos los beneficiados con los aportes de nosotros, sus fieles diezmadores.
Y que mi Dios nos coja confesados.

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