El problema central del cine arte, lo que lo hace realmente detestable y repudiable, es precisamente la denominación que le otorgó su grupo de adoradores: ¿quién puede ser tan presuntuoso como para arrogarse el derecho de clasificar solo ciertas películas como cine arte? ¿En qué otra expresión del ser humano un grupo de personajes decidió que lo que a ellos les gusta es arte y, por contraposición, lo demás no lo es? ¿A alguien le han regalado el último libro de literatura arte o el último CD de música arte?
Cuando a uno lo llevan a ver una película de cine arte (porque a mí me llevan: mi ignorancia no me ha permitido ir por un impulso propio), a veces le gusta lo que ve, a veces lo aburre y en muchas ocasiones no lo entiende. Y acepto que buena parte de la culpa de esta falta de sintonía entre película y espectador se atribuya a mi poco desarrollado sentido de la estética: muy bravo que si a uno le fascina El aguardientero entienda al Lars von Trier. Pero lo que siempre me despierta una ira profunda es el mundillo con ínfulas de superioridad que rodea estas películas.
Los amantes del cine arte son esas personas que se acercan a la sala de cine, siempre con aspecto grave, desesperadas porque la superficialidad del mundo en que les tocó vivir no les ha reconocido su lucidez superior y buscan en una película que etiquetaron como cine arte la forma de desahogar toda la genialidad que bulle en su interior. Pero ese desahogo exige una pose, un estilo, una actitud ante la vida. Y resulta que, para maldición de nosotros, los demás mortales, el escenario para este concurso de egos es el cine.
Decidido entonces a adentrarme en el mundo de la alta intelectualidad del cine para enriquecer mi limitado horizonte, me fui a ver las películas que clasificaban como cine arte los que sí saben de este asunto. Empecé con Los sueños, de Akira Kurosawa. Así se llama la película, no es que me haya dormido. Juro que fui con mente abierta y actitud desprevenida, sabiendo que no iba a ver una historia convencional y que tenía que poner de mi parte para ver más allá de lo evidente, como La espada del augurio. Esta película está conformada por pequeñas historias individuales. Hasta ahí iba bien en mi misión: entiendo que una película no tiene que ser una sola historia y que puede resultar una gran película de varias historias individuales, la primera de las cuales, en este caso, se llamaba Llueve y brilla el sol. En esta historia un japonesito de 6 ó 7 años y kimono, parado en la puerta de su casa, es regañado por la mamá que le dice que se entre porque está lloviendo y al mismo tiempo brilla el sol. El motivo que da la mamá es que cuando llueve y brilla el sol los zorros se casan y no les gusta que los vean. Aunque me pareció extraña la razón, yo no iba a desfallecer al primer inconveniente por entender el cine arte. De todas formas, mi mamá también me hacía entrar a la casa cuando estaba lloviendo (brillara el sol o fuera noche cerrada, eso sí), y aunque nunca me echó el cuento de los zorros que se casaban a escondidas, utilizaba un argumento más directo: la historia de un niño que se quedó jugando bajo la lluvia y que en ese preciso instante estaba hospitalizado con bronquitis. En todo caso, el niño no le hace caso a la mamá (culpa de la mamá: si en lugar del cuento del zorro se hubiera ido por el lado de la bronquitis.) y se va al bosque, donde ve una procesión de gente disfrazada. Confieso que empecé a patinar: ¿y los zorros? ¿Qué hacía esa gente disfrazada en el bosque? ¿Tendrían algo que ver con el niño de la bronquitis? Mantuve la calma. Ya pasaría algo que me permitiría comprender todo. Paso siguiente, el niño regresa a la casa y encuentra a la mamá en la puerta. La señora, entonces, toma las siguientes decisiones didácticas. Uno: le dice al niño que los zorros están muy bravos con él y que tiene que suicidarse. Dos: le entrega un cuchillo para que se suicide. Tres: le cierra la puerta de la casa al niño. Comprenderán que en este punto me di por vencido (llevaba 10 minutos de película). Era un manojo de preguntas: ¿para cuándo los zorros? ¿Qué diablos le pasa a la señora? ¿Qué opinaría Lucía Náder de todo esto? Por último, el niño se va con su cuchillo a buscar los zorros bajo el arco iris. Fin.
De allí en adelante todo fue en caída libre, como las campañas de Millonarios: El huerto de duraznos, La tormenta de nieve, La aldea de los molinos de agua. No entendí el sentido de nada ni por qué pasaba lo que pasaba, y aún guardaba la esperanza de ver los zorros. Acepté mi nivel de incompetencia y decidí buscar ayuda profesional. Pedí a un amante del cine arte que me explicara qué quería decir lo que acababa de ver. Aún me arrepiento. Espectador anónimo: tema, con temor reverencial, las profundas interpretaciones que uno de estos personajes puede hacer de la película que acaba de ver. Asistente promedio a cine: huya, se lo digo de corazón, de la crítica elaborada de un autodenominado amante del cine arte. Genuflexo lacayo de Hollywood (si usted ha osado ver Loco por Mary, así lo clasificarán): nunca dé una opinión sencilla respecto a una película. Cosas como "divertida" o "entretenida" son de un nivel primario inaceptable. Aprendamos, analfabeta de la imagen, del agrio intelecto de los que sí saben ver cine. A la pregunta ¿cómo le pareció la película? contestemos todos: "Creo que el director fue relativamente autocomplaciente con la dicotomía clásica del protagonista, pero sin el tempo que esto implica"
Ya que igual no va a entender, vaya a un ciclo de cine arte y haga el ejercicio de observar a los asistentes ceremoniales. También va gente tranquila, pero esos no son tan graciosos porque no hacen aspavientos asmáticos para demostrar que sí están entendiendo la película. Compruebe la siguiente lista de características comunes:
Esta gente prohíbe reír en una película: ninguna situación merece esta expresión tan baja. Si mucho, sonrisa velada.
Siempre intentan elevar interpretaciones retorcidas a partir de acciones que, tal vez, solo buscan mostrar lo que llanamente se ve en la pantalla.
Miran la película como analizando un problema de álgebra en el tablero: suspiran, se pasan las manos por el pelo, se hunden en la silla. Todo es una gran dificultad.
Utilizan siempre expresiones como alegoría, sublime, fatuo e incidental para describir lo que pasa en la película.
Cuando los veo, lo único que me reconforta es pensar que los directores que tanto alaban y de cuya verdad creen ser los únicos intérpretes, carecen de su prepotencia y arrogancia. Y recuerdo, en mitad de mi falta de profundidad, la historia alrededor de la protagonista de Ese oscuro objeto del deseo. En esta película del director español Luis Buñuel, precisamente uno de los más adorados por los circunspectos seguidores del cine arte, el papel de la protagonista (Conchita) es interpretado por dos actrices diferentes (Ángela Molina y Carole Bouquet) sin razón aparente. Este hecho dio para interminable artículos y presuntuosas interpretaciones de este estilo (aunque el lector no lo crea, yo tampoco lo haría, esta sí es una cita verídica): "El uso de dos intérpretes para abarcar las distintas sensibilidades y procederes de un único personaje, termina evitando de manera sublime la desatención probable en la historia para compactar de manera interesante y apasionante, especialmente, y junto al tratamiento visual, narrativo y psicológico del maestro, por la soberana interpretación de Fernando Rey y el complemento físico y psicológico de una carnal y ardiente Ángela Molina y una fría y delicada Carole Bouquet".
Pero gracias a Dios, en medio de alguno de estos debates y preguntado al respecto, Buñuel decidió zanjar la discusión y seguramente cansado de oír tanta desfachatez afirmó: "Hay que olvidar todo eso, no era más que el capricho de un día lluvioso".

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