Si las cosas siguen como van, podríamos terminar viviendo en una extraña república orwelliana. En esta utopía al revés, la amenaza ya no sería el gran hermano que nos vigila, sino los pequeños hermanitos (con ínfulas de creadores) que insisten, con la anuencia oficial, en hacernos participes de sus creaciones. Si no nos insubordinamos, podríamos terminar convertidos, de una vez y para siempre, en demanda cautiva de aprendices en busca de aplausos. El escenario es espeluznante. En esta república de pesadilla, los conciertos serían antecedidos por chapuceos de principiantes imberbes, los editores estarían obligados a publicar las planas de aspirantes a escritores, los periódicos tendrían varias páginas para pichones de periodistas y los museos añadirían salas obligatorias con desafueros de primer semestre.
Se lo advierto yo, maestro de profesión, con la candidez que otorga la experiencia: nada peor en la vida que la inmadurez creativa. O mejor, no hay nada peor que verse obligado a soportar de buena gana los primeros pasos de aprendices deseosos. Calificar ensayos, corregir trabajos, exponerse a tanto infantilismo intelectual, es un tormento mayúsculo. Pero es también un oficio. Lo peor viene cuando los aprendices comienzan a copar los espacios del entretenimiento. Allí mismo comienza la pesadilla. Y de allí viene, precisamente, mi preocupación ante la práctica, cada vez más asidua e insidiosa, del oligopolio que controla la distribución cinematográfica de este país. Se les ha dado a estos señores, con el propósito de embolsillarse unos subsidios o ahorrarse unos impuestos o de las dos cosas; se les ha dado, vuelvo y repito, por presentar unos cortometrajes insoportables realizados por aprendices criollos. Si uno llega cumplido a la función prevista, inmediatamente es transformado en espectador obligado para la torpeza infantil de aspirantes a cineastas.
El último cortometraje que padecí se titula Nuestra América y es una versión costumbrista del costumbrismo. La cámara recorre la geografía de este continente de infortunios: aparecen los llaneros con sus vacas, los quechuas con sus llamas, los huitotos con sus armadillos, los yuppies con sus viejas.mientras la narradora repite frases hechas sobre nuestra diversidad. Solo faltó, para completar la colección de lugares comunes, la cancioncita aquella, entonada tantas veces con furor mamerto a lo largo y ancho de nuestra América: "Siento al caminar toda la piel de América en mi piel y ante mi sangre un río que libere mi voz su caudal.".
No quisiera aburrir al abnegado lector con más descripciones, pero creo necesario mencionar la obra cumbre del cortometrismo nacional. El tema es universal: el suicidio de un amante que cree equivocadamente que su amada ha muerto y el posterior suicidio de la amada que no resiste la adversidad y la comicidad del asunto. Pero la falta de originalidad no lo es todo: los planos son tan torpes, los temas tan previsibles, la crítica social tan burda que uno tiene la impresión de que todo se trata de la parodia de una parodia. Pero la verdad es más sencilla: todo se reduce a la mediocridad infantil de un aspirante a cineasta.
Lo mismo podríamos decir de las otras producciones: un Pixar criollo de muñequitos insoportables, un señor con diarrea o un cristo que se convierte en una estrella negra en la avenida Jiménez. En fin, tocará llegar después de la hora programada e ingresar a la sala con los sentidos aguzados ante el posible ataque creativo de un primíparo envalentonado ante tanta audiencia cautiva.

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