Recuerdo a mi mamá, Consuelito Lleras, con sus escasos 1,58 de estatura encaramándose en el asiento más alto para tratar de adornar unos cachos de pino totalmente marchitos y sin gracia. Una mezcla de Fab húmedo simulaba la nieve, nieve que, cuando lanzaron el Fab blanco azul, acabó ídem. Cuando semejante engrudo se secaba, mi pobre madre trataba de desenredar la extensión para recomponer las figuras que ella misma había embutido en cajas de cartón el año anterior -entre enero y febrero- porque, según decía, "después de la Navidad pa'la mierda los pastores".

El dichoso árbol tiene gracia hasta el día en que uno está suficientemente crecidito como para que le deleguen la misión de conseguir, transportar y ubicar en la casa el trozo de parque. Eso pasa a los 14 años. Entre los 16 y los 17, las tías le piden a uno "vestir el árbol". La sola frase es el colmo de la lobería, pero aún más lobo es lo que le cuelgan. 

Por aquella época frecuentaba la casa de varios de mis compañeros de colegio. En el hogar de los "bartolinos" vi campanitas y coronas de Ráquira, angelitos de fique, figuritas de promoción de Coca-Cola y galletas sultanas, las tarjetas de Navidad del año anterior y cajitas de remedios envueltas en papel de regalo. Todo esto pendía de las ramas del color y la textura del papel aluminio. 

A los 23 años, cuando paseaba por la facultad de derecho, varios compañeros me invitaron a celebrar la Navidad en sus casas. Sus familias ya habían tenido la oportunidad de ir a Estados Unidos y por eso creían tener autoridad para seguir las tradiciones de las familias gringas (nunca supieron que el árbol es de tradición alemana). En la sala atiborraban los inmensos arbolitos de figuritas con inscripciones en inglés. Los más "sofisticados" también colgaban fotos de familiares y amigos, así que parte de la celebración consistía en darle la vuelta al esperpento identificando quién era quién. 

A los 34 años, gracias a mi pequeña hija, tuve que pagar de mi bolsillo lo que siempre aborrecí. Acabé comprando un pedazo de pino como el que mamá compraba, gasté una fortuna en figuritas de cerámica made in Ráquira y mutilé el árbol genealógico de mi familia, representado en fotos dizque para "vestir el arbolito". ¡Cómo se veía de linda mi suegrita al lado de una de mis tías, la barbuda, cuya figura competía con las de Santa Claus (porque a casa nunca llegó el lobazo de Papá Noel). 

Hoy, a mis 44 años, sé que el único árbol de Navidad que uno resiste ver es el del Rockefeller Center, en Nueva York, y el treinta de noviembre, porque después la Quinta Avenida se llena de chusma, la mayoría conformada por turistas pretendiendo que el árbol de sus casas es mejor. Y hasta razón tienen, porque mientras en los países desarrollados la nieve acaba derritiéndose, volviéndose una masa negra, aguachenta y asquerosa, en Cartagena, Montería y Girardot las bolitas de icopor y los copitos de algodón desmechado solo sufren con el mugre propio de la tierra caliente. Lo único que salva los árboles calentanos son los Christmas carols, que se oyen de manera inconmovible cuando con orgullo le muestran a uno la belllllleeeezzzaaa del arbolito iluminado y rodeado por paquetes envueltos, muchos de ellos con papel de Navidad reciclado. 

No quiero ni imaginarme si llego a los 80 años. Seguramente acabaré totalmente gagá, sentado junto a un esperpento con luces intermitentes y lleno de pequeños objetos que por mi ceguera, por fortuna, no reconoceré.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.