Comenzó como presentador de noticias. Su juventud y su carisma eran buenos augurios; todo parecía indicar que le esperaba una larga, digna y fructífera carrera como reportero. Por tanto, resultó sorpresivo cuando apareció en pantalla con una sonrisa de oreja a oreja cantando "cómo me consiente a mí Ricostilla, sí, sí, sí es el sabor de la costilla". ¿Tendría deudas, para verse obligado a salir en esa propaganda? ¿No entendía Calero que las propagandas de condimentos las hacen modelos de medio pelo y actores desempleados? ¿Después qué? ¿Reemplazar a Óscar Julián Ruiz como la imagen de Voltarén? ¿Cantar el jingle merenguero de alguna marca de pañales geriátricos?

No. Calero no hizo nada de eso. Hizo mucho más, demostró que en ese pequeño e incestuoso ecosistema llamado la farándula colombiana nunca se puede caer demasiado bajo. Calero se estrenó como presentador de ¡Cien colombianos dicen!, el programa de concursos donde no gana el más fuerte, ni el más inteligente, ni el más astuto sino, literalmente, el más... ordinario. Antes del programa le preguntaban a cien personas cosas como "¿qué se come al desayuno?" o "nombre un ritmo tropical"; los concursantes tenían que coincidir con las respuestas más populares entre los cien entrevistados. Aparentemente, el programa fue exitoso. Supongo que se debió a que para verlo no tocaba pensar, ni un poquito; a las cinco de la tarde hay muchos niños, ancianos y marihuaneros viendo televisión.

Por esta época hubo un sutil cambio en la sonrisa profesional de Carlos Calero. Como todo presentador de farándula, Calero poseía una elaborada sonrisa de foto de matrimonio. Una de esas sonrisas de muñeco de cera diseñadas para no expresar otro cosa que una vacua e indefinida alegría, que sirven para presentar en vivo el Reinado de la Panela sin transmitir el natural aburrimiento que esto conlleva. Pero la sonrisa de Calero empezó a cambiar; en sus ojos se podía ver una infinita tristeza, como si hubiera un ser humano atrapado en ese robot farandulero. Se podía ver que Calero se esforzaba demasiado cuando pedía un aplauso al público porque uno de los concursantes había respondido "arepas" a la pregunta sobre el desayuno. En Caleroscopio, un programa dedicado en su totalidad a los bloopers de los actores del canal: ¡huy, dijo mal el parlamento, qué risa!; ¡huy, se cayó: qué gracioso!?

Pero esto fue solo un escalón, él caería más bajo y demostraría que la mediocridad no tiene cero absoluto. Hoy en día, Calero presenta El Gran Chou. Emulando a la televisión peruana, tienen a un enano que imita a Pirry. ¡Enanos imitadores! Y es lo mejorcito del programa.

Este programa de variedades tiene su banda, los Pan-Chous, a cuyo ritmo palmea el público con cara de estreñimiento. Hay una sección de cámara escondida, en la que la víctima es puesta en circunstancias incómodas para generar una situación jocosa (por ejemplo: se le dice que acaba de morir su mamá). Hay bloopers, porque al parecer Calero piensa que son lo más chistoso del mundo. Hay humoristas que no dieron la talla para Sábados felices y un concurso de trova donde dos miembros de la audiencia pueden hacer el oso en frente de todo el país. Todo el programa parece diseñado para producir oso ajeno, es como ver un barco muy grande y muy lobo hundirse lentamente al ritmo de Wilfrido Vargas y el Grupo Niche.

¿Cómo explicar el descenso de Calero, esa triste sonrisa de piñata? ¿Por qué le dice sí a cualquier programa, a cualquier propaganda a cualquier oportunidad de salir en televisión? Creo que estamos ante un segundo Jorge Barón, más gordito, más gomelo y menos carismático. Calero, como Barón, es adicto a ver su propio rostro en la televisión. Dentro de poco, tendrá su propio canal, presentará las noticias, saldrá en todas las propagandas y, presentando la última banda de reggeatón-ranchera le pedirá palmas y entusiasmo al público con esa triste sonrisa de piñata que en un solo gesto captura toda la vacuidad y el absurdo de la existencia humana.

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