Soy de los que nunca han podido contestar el teléfono con la zurda y cuando oigo música lo hago en mono y no en estéreo: nací con la oreja izquierda completamente sorda y sellada porque, según un médico, mi madre se agachaba mucho a recoger agua de un pozo mientras estaba embarazada. Ignoro si esa es la razón de mi defecto, pero lo que sí puedo garantizar es que cuando era muy pequeño me daba mucha rabia que me gritaran "pocillo". Ya a los catorce años me había acostumbrado al apodo, cuando me dio por peinarme de lado para ocultar algo que no tenía y la única razón por la cual los niños me señalaban en la calle. Hoy en día ya tomo la palabra "pocillo" como recocha y trabajo desde hace diez años como cocinero en un restaurante de hamburguesas callejero. Aunque muchos borrachos me dicen cosas al ver que soy yo el que las prepara, por lo menos pueden tener la seguridad de que el cartílago faltante no les saldrá entre la carne y el queso, producto de un accidente culinario.

Tampoco me fue difícil estar con mujeres durante mi soltería; me las levantaba por igual, pero aclaro que no siempre escuché las cosas bonitas que me dijeron "al oído". Ahora vivo en unión libre con Maribel y tenemos dos hijos: una de seis años —que hace poco preguntó por primera vez qué me pasó en mi oído izquierdo—y otro de cuatro —que no demorará en hacer lo mismo—. Mi mujer no me dice 'Pocillito' por cariño ni mucho menos; me llama 'Pancho', el verdadero apodo por el que todo el mundo me conoce. Con los 31 años que llevo a cuestas, puedo decir que ya estoy completamente adaptado a mi condición: cada seis meses debo ir al médico para que haga un lavado en mi único tímpano y debo evitar a toda costa bañarme en las piscinas. Pero algo bueno debía tener mi limitación: gasto menos plata en copitos Johnson's que el resto de las personas… ?

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