Mi amigo Carlos Pérez Norsagaray sostenía que por más esfuerzos que se hicieran en la vida había solo dos cosas que no se podían ocultar: la plata y la tos. Y ni qué decir del dinero, cuando este ha llegado como por arte de magia de un día para otro, entendiéndose por magia la destreza de trocar los dineros del erario en propios sin que nadie se dé cuenta o, por ejemplo, mudar la pobreza a la riqueza por cuenta de actividades como el narcotráfico, la corrupción, entre otras.

Todo este introito solo pretende presentarles a ustedes algunos de los síntomas que hacen que un nuevo rico sea identificado rápidamente, sin que debamos hacer mayores esfuerzos. Se requiere sí, de un poco de observación, pero sin exagerar.

Para hacer más específico este estudio nos detendremos en detalles como la vestimenta, los modales y los gustos. Empezaremos por decir que todos ellos utilizan expresiones como "hacer chichí", "usar bolso", "limpiarse el rostro", "ir al odontólogo", "llamar al conductor", "escuchar", "cepillarse los dientes", "colocarse los zapatos" o "arreglarse el cabello".

Lo primero que debemos mirar detenidamente son los zapatos. Siempre empiece por ahí, pues los nuevos ricos, por alguna razón que resulta difícil de entender, siempre tienen zapatos que parecen nuevos, cosa que no les pasa a unos zapatos ingleses, que desde el primer día tienen un toque de haber sido discretamente usados.

Siga hacia arriba y míreles las medias. Si son tobilleras o nivel medio entre el tobillo y la rodilla, son cafés, habanas o blancas, estamos inexorablemente ante un nuevo rico, de los que de chiquitos los encorbataban para ir a misa los domingos y después remataban con almuerzo en el Yanuba con todas las tías. "Se ve lindo, papito", decían ellas.

Recuerde que el nuevo rico siempre se apunta los tres botones de la chaqueta, cuando lo elegante es solo apuntarse el botón de la mitad. Si el personaje usa blazer azul cruzado con escudo en el pecho o atarraga pañuelo blanco con las cuatro puntas afuera del bolsillo de arriba a la izquierda, ahí sí estamos frente al perfecto lobo, que se pone además foulard. Témanles a estos, que son los peores. En todo caso, siempre mire atento y con cuidado al que se pone vestidos carmelitos, porque ese no sabe aquella máxima de la gente bien según la cual: Gentlemen never wear brown suites.

Pase después a los cuellos de las camisas, que son determinantes para saber quiénes son lobos. Preferiblemente eluda a las personas que usan camisas a rayas pero con el cuello blanco. Recuerde que en los países subdesarrollados no saben hacer ni cuellos de camisas ni los picos de las jarras. Si bien las camisas Pink son bonitas, téngales cuidado porque ya hay mucho nuevo rico que las descubrió, y además le mandan poner monograma con sus iniciales en los puños. Si usted ve a alguien con camisa negra o la camisa del mismo color de la corbata ya sabe de dónde vino la plata.

En cuanto a las corbatas, recuerde que la manera de distinguir al lobo está en el nudo. Cuando este es perfecto, de los que llaman fresita, no lo dude. Ese personaje aprendió a hacerse el nudo porque el tío o primo militar le enseñó.

Recuerde que el nuevo rico en los restaurantes siempre pregunta por Sello Azul y si pide champagne (porque ellos no toman champaña) es Cristal. No ponen la servilleta en el canto para no desordenar la mesa y, cuando acaban, siempre doblan la servilleta. Inexorablemente ponen los codos sobre la mesa y trincan los cubiertos. Si se han sofisticado siempre agarran la copa de vino por el tallo para que no se caliente. Según ellos, debe ser Chateau Margaux o Petrus. Miran con desprecio los vinos argentinos y siempre sueltan la teoría de que el mejor vino blanco es peor que el peor vino tinto. Todos tienen cava propia y hablan de mis mil botellitas.

Suelen pedir el plato más costoso de la carta, siempre y cuando no tengan que pronunciarlo en su idioma original. Magret de canard aux pommes no piden, pero la pechugita de pato con manzanas, sí.

Tienen inexorablemente un bar en la casa. Preferiblemente una fondita antioqueña de esas con avisos de "Hoy no fío, pero mañana sí". Y el poema repujado en cuero: "Aguardiente cusco,/ embriagador y traicionero./ Porque me gustas te busco.../ no importa si por ti me muero".

Que no falte tampoco la colección de botellitas de todas las marcas de whisky, ni el destapador con cabeza de Don Quijote.

Todos cargan mínimo dos celulares y un Blackberry. A sus esposas o amantes les dicen corazón, belleza, amorcito, primor o usan los diminutivos: Jenicita, Wendicita o Yaretcita. Sus hijos se marean en los carros (cosa que no le pasa a la gente bien que nunca se marea) e inexorablemente cuando sus esposas están embarazadas siempre trasbocan (así dicen).

Nunca falta la cadena gruesa de oro con la imagen de la virgencita y siempre hablan de sus "progenitores", a quienes se refieren como "mi mami y mi papi".

Sus carros siempre son "full equipo", todos tienen amigo general de la República con el que hacen negocios y, por supuesto, tienen notario amigo. La mayoría piensa que el presidente es un verraco y que José Obdulio Gaviria sí la supo hacer. "Hermano, es que ese man era de las entrañas de Pablo y véalo a dónde trabaja".

Por supuesto que todos tienen caballos de paso fino, con unas sillas mandadas a hacer a la medida y con sus iniciales. Ven con simpatía a Mancuso, detestan a los demócratas (comunistas, les dicen) y todos, sin excepción, andan armados hasta los dientes con sus salvoconductos al día, porque "yo le digo, hermano, el día que me traten de joder, me hago matar, pero al menos me llevo uno de esos".

Van a las Europas una vez en su vida y llegan diciendo que todo es viejo y que eso no vale la pena gastarse tanta plata viendo museos. Y sin falta, todos ponen a sus hijos a que aprendan "el" inglés y siempre, cuando uno les pregunta cómo están, responden con el famoso: "Pues bien, mijo, yo acá haciendo plata, ¡porque como no estudié!".

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.