Ante todo debo aclarar que me encanta la Navidad. La de acá y la de allá. La Navidad de todos lados: los pesebres con paisajes palestinos y los renos con escenografía del Ártico; los villancicos tradicionales y las cantatas de Bach; los tamales, el ajiaco y el pavo; los voladores y los fuegos artificiales, las velitas del 7 de diciembre, los festones pasacalles y la iluminación colorinchuda del trópico. Incluso me aguanto esa blanca y aséptica iluminación que tratan de imponer los ricos y los arribistas, al menos en Bogotá... Me encanta la Navidad religiosa y también la pagana. Tal vez porque en Navidad lo pagano prima sobre lo religioso y lo religioso suele centrarse en el júbilo y la celebración, algo extraño en un credo que se basa en la flagelación, el remordimiento, la venganza, la amenaza y la culpa.

Pero siempre hay un pero: ese tal añoviejo/añonuevo atravesado entre Navidad y Reyes Magos, el mosco en leche de la temporada navideña. Añoviejo/añonuevo, porque ni idea qué es peor. Si el año viejo o el año nuevo. El 31 de diciembre o el 1º de enero.

El año viejo parece diseñado a imagen y semejanza de Juan Gossaín. Es un día en el que a la gente la invitan a llorar, a sentir nostalgia por el inexorable paso del tiempo, a hacer balances que no sirven para nada porque todos los años son lo mismo que el anterior, solo que peores. Es un día hábil pero muerto, de calles desiertas y almacenes cerrados, un día interminable en el que la radio repite una y otra vez, con voz de Semana Santa,  testimonios de masacres, de desplazados, de soldados mutilados por minas quiebrapatas, de terremotos, inundaciones, accidentes aéreos, confesiones impúdicas de políticos vinculados con narcos y con paramilitares, un día en el que la gente se siente obligada a hacer promesas imposibles de cumplir como dejar el trago, dejar de comer, volverse buena gente a cambio de nada...

Y todo eso en voz alta, abrazos que van y vienen, bendiciones acá y allá, como si Dios tuviera el poder de volver buenos a los crápulas de la noche a la mañana.

Además, el 31 de diciembre siempre se incendia un hotel en Puerto Rico o se hunde un ferry en Filipinas o se cae un avión de pasajeros en Nigeria o...

Y ni hablar de la nota periodística desde algún hospital de la niña que nació a las 00:00:03 del 1º de enero del nuevo año.

Antes quedaba el consuelo de subirse a una terraza a ver voladores a las 12 de la noche. Ahora ni siquiera eso. Eso sí, comienzan a sonar sirenas, como si se acercaran bombarderos enemigos, como si tocara esconderse ya en algún refugio antiaéreo.

Algo muy latoso del añoviejo/añonuevo son los agüeros. No se sabe cuál de todos es más patético. Para comenzar, ese que sugiere estrenar algo amarillo. Algo que en un lejano pasado podía ser un suéter o una camisa o una piyama o un pantalón o un par de medias, redujo su espectro a calzones (cucos, les dicen ahora), que se prestan para toda clase de chistes malos de doble sentido. Tipos que se creen graciosísimos porque se ponen un calzón amarillo en la cabeza o les da por empelotarse y lucir una tanga narizona amarilla en la mitad de la sala.

Peor aún la recua de viejas con gorros de cartón y pitos de plástico dando alaridos por todo el apartamento porque "faltan cinco palas doce y el año va terminaaaar" y necesitan una maleta y doce uvas.

Lo de las doce uvas que uno se tiene que comer mientras duran las doce campanadas del reloj que anuncia el cambio de año es una tortura fisiológica que solo puede cumplir un hipopótamo o un fenómeno de circo.

Y eso de darle la vuelta a la manzana con unas maletas, por lo general una mamá que convence a las hijas y salen a correr dando toda suerte de gritos y risotadas... sin comentarios. Lo único bueno que tiene ese agüero es que no se le cumple a casi nadie. ¿Se imaginan que a todos los colombianos que le dan la vuelta a la manzana con maletas les salieran los viajes soñados? ¿Se imaginan las congestiones que habría en los de por sí repletos aeropuertos y terminales de buses de Colombia?

Capítulo aparte merecen las canciones de año nuevo. Ya la citada Faltan cinco pa las doce y Yo no olvido el año viejo pueden estar en el Top 10 de lo más abominable jamás escrito en lengua castellana. No están en la cima porque un esperpéntico villancico chucuchucu supera todos los límites conocidos. Ese que dice (o gime): "Mamáaaaaa, ¿dondestán los jugueteeeeees?".

Pero no todo termina con el desenguayabe del 1º de enero, porque en ese momento entran en acción las cabañuelas. ¿Existirá algo más absurdo que las cabañuelas? Si llueve el 1º de enero significa que debería llover todo el mes y debería llover todo el año, porque si llueve el 1º de enero tiene que llover del 2 al 31 de enero. Así que si llueve el 1º de enero pero hace sol el 6, el 7 y el 8, significa que va a hacer sol en junio, julio y agosto. Pero entonces falla la predicción de enero porque si llovió el 1º de enero no tenía por qué hacer sol el 6, el 7 y el 8. Claro está que el 3 de enero ya nadie se acuerda de las cabañuelas y mucho menos de los buenos propósitos para el nuevo año por una razón muy sencilla. Se impone una lógica objetiva, desapasionada y objetivamente demostrable: cualquier año nuevo suele ser igual que el año viejo, solo que peor.

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