El teléfono sonó un lluvioso y gris día de noviembre. Una voz femenina al otro lado del teléfono sonaba desesperada. —"¿En dónde vamos a pasar Navidad este año?". Sentí una mano helada que se metía por mis entrañas y me jalaba el estómago hacia el piso. Era la única pregunta que no quería oír, pues cada vez que el tema se discutía, alguien siempre salía herido. Si la Navidad se pasaba en la familia de mi mujer, mi familia se disgustaba y si era al revés, pues lo mismo. Respiré profundo e intenté calmarme: "Donde sea bien para todos, mamá". Sin saberlo, con esa frase aparentemente salomónica no había asegurado el final tranquilo de un año, sino el comienzo fatal de un infierno largo y doloroso.

Al igual que los padres de mi esposa, los míos también son separados. Después de muchas reuniones, e-mails, cartas, telegramas, llamadas y comités decretamos que este año la Navidad sería ecuánime para todos y que nadie quedaría privado de la presencia de nadie. Cada familia pasaría con una parte de su familia, con un límite mínimo de dos horas. Como cada padre separado tiene un hogar, con o sin nuevo cónyuge, serían cuatro las casas por donde tendríamos que pasar. Esto, sin retrasos y contando con el trayecto de media hora entre lugar y lugar, serían diez horas de la alegría, furor y espíritu navideño para celebrar el nacimiento del líder espiritual de nuestra comunidad.

Cuando llegó el día, nuestra Navidad empezó a las nueve de la mañana con todos los preparativos, ya que a las dos de la tarde teníamos nuestra primera cena familiar. Mi esposa se encargó de preparar los platos que deberíamos llevar para contribuir con cada casa mientras yo, estratégicamente, ordenaba en el carro en orden de descarga, dependiendo de cada lugar y el orden de nuestras visitas. En el baúl puse en bolsas de basura negras, debidamente etiquetadas, los regalos para cada miembro de cada familia, incluidos los de los porteros y empleadas de cada puerto. En la parte de atrás, donde los parlantes del carro estaban antes de ser robados, puse con mucho cuidado cada plato y los postres que mi esposa iba terminando. En los pocos espacios vacíos que iban quedando mientras la familia se acomodaba, yo, con mucha cautela de no incomodar a nadie, distribuía las peticiones de cada uno, como el balón de fútbol de mi hijo para jugar con los primos, la caja de las muñecas de mi hija, un juego de cubiertos que faltaba en la casa de mi madre, cobijas para los niños que se iban durmiendo durante el recorrido y la botella de sabajón para mi suegro.

A la una y media y con un carro que parecía de desplazado palestino al que solo le faltaba el colchón en el techo, giré la llave para darle arranque a un destino al que mi mujer y yo estábamos dispuestos a enfrentar, pasara lo que pasara. El carro no prendió. Unos vecinos me ayudaron a prenderlo empujado y cuando lo logramos, vi por el retrovisor a cuatro señores empiyamados que tristemente miraban a una familia bañada, vestida y arreglada para una cena navideña a las dos de la tarde.

A la casa de mi suegro llegamos tarde. Ahora teníamos una hora y media para nuestra primera Navidad. Afortunadamente, el padre de mi señora no es un señor complicado y sabía de nuestro apretado itinerario. Comimos rápido, pero sin dejar de saborear unos tamales santandereanos deliciosos. Nos tomamos el sabajón y abrimos los regalos. Todo esto a un ritmo bastante acelerado y sin tiempo para ninguna escena de emociones cursis. Sin cantar Tutaina, ni Burrito sabanero nos montamos en el carro sintiendo que la idea no era del todo descabellada.

A las cuatro llegamos a la casa de mi padre. Segunda cena navideña. Buñuelos, natilla y pavo. Mi madrastra, que es música y pedagoga infantil, había preparado una tarde de villancicos para sus nietastros. Cada niño escogería un instrumento y lúdicamente daría su interpretación a una parte de la novena alrededor del pesebre. Todo esto hubiera funcionado perfecto si mi hermana no habría llegado tarde, pues ella también había tenido contratiempos con su familia política. Por ende, cada niño tuvo un minuto treinta y seis segundos para sus interpretaciones musicales navideñas y nos engullimos la comida en siete minutos once segundos. Entregamos regalos en once minutos y, literalmente, nos fuimos corriendo, pues la tardanza de mi hermana nos había echado a perder valiosos minutos para nuestro siguiente destino.

Una vez en la casa de mi suegra nos dimos cuenta de dos cosas: las personas en esa casa eran casi las mismas que en la casa de mi suegro, eso aceleraría la entrega de regalos, y segundo, teníamos no más de treinta y siete minutos para cantar, jugar, leer novena, armar pesebre, jugar fútbol, jugar a las muñecas, armar casas de chocolate y abrir los regalos que previamente había sacado de la bolsa de basura etiquetada. Para el horror de todos, yo había confundido las bolsas de regalos, pero no había tiempo de explicaciones y por eso todos tuvieron que conformarse con lo que se les daba y de esa manera mi cuñado quedó feliz con unas agujas de tejer y tres madejas de color acuarela; su novia, con un libro de cirugías de tejidos musculares para caballos y mi suegra, con un taladro de tres velocidades y broca para cemento.

Ya en el último trayecto mis hijos estaban dormidos, mi mujer no me hablaba y yo, mirando las luces de las calles, lloraba desconsolado debido a la rabia y a un malestar estomacal provocado por la ingestión apresurada de cuatro buñuelos, dos tamales, una porción de pavo con salsa de manzana, siete empanaditas de pipían, dos vinos, un whisky, tres sabajones, una natilla, dos postres de papayuela y un arroz con leche.

Llegamos a nuestro último destino. La casa de mi madre. Tuvimos que echarle agua fría en las caras a los niños para que abrieran los regalos y actuaran sorprendidos y felices. Ya nadie quería comer ni festejar, ni cantar y mucho menos rezar o dar gracias. La única feliz era mi madre que cuando íbamos saliendo nos dijo: "¿Sí ven

, cuando se quiere se puede, tenemos que reunirnos para planear la semana santa". Todos, incluyendo mi primo que tiene vocación de cura, agarramos la salsa de ciruela del pavo que nadie había tocado y se la echamos en la cabeza. Por fin éramos libres.

Esa noche me acosté a las once y cuarenta al lado de mi mujer en posición de derrota y recordé la frase de una tía que trató de consolarme cuando mis padres se separaron: "Piénsalo desde el lado positivo, vas a tener dos casas para pasar Navidad cada año". Mientras cerraba los ojos y los vecinos cantaban a viva voz noche de paz, noche de amor… odié sin compasión a alguien en el mundo.

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