Dentro de algunos lustros, con el avance de las costumbres, alguien hojeará esta revista, leerá las palabras "luna de miel" y se preguntará qué diablos significan. Es posible que repase las páginas de SoHo en la hemeroteca del Vaticano, desde donde la Iglesia católica regenta la cadena internacional de moteles "Santa Teresita del Niño Jesús". Monseñor López Trujillo -con 133 años cumplidos- habrá inventado el condón impermeable que tanto alaba la encíclica "Pulvis protectionem", y el Papa, su señora y sus hijos promoverán, con su admirable ejemplo personal, los valores de familia.

¿Luna de miel? Eso también se lo preguntará el lector de la hemeroteca vaticana. ¿Acaso un hallazgo astronómico? ¿Un tipo de postre? ¿Llámase así a cierta clase de panales?

Los primeros diccionarios castellanos le ayudarán muy poco. La expresión no había aterrizado aún con toda su cursilería en nuestro idioma cuando don Sebastián de Covarrubias publicó en 1611 su Tesoro de la lengua castellana. Tampoco 122 años más tarde, cuando los compuestos caballeros de la Real Academia Española dieron a luz los tomos del Diccionario de la lengua castellana, "en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua". Atendido el propósito de la obra, no habría mejor consultorio que este mamotreto para indagar el sentido y origen de la phrase "luna de miel". Pero no figura. Y eso que aparecen la media luna -cierto tipo de fortificación-, la luna del espejo -"tabla de vidrio crystalino"-, una variedad de patio aragonés así llamado y hasta el nombre de la camisa en germanía de pillos, que es luna. Tal cual.

El curioso deberá acudir a un viejo diccionario inglés de 1656, Glossographia, para averiguar que "luna de miel se aplica a las personas que se quieren bien al principio, y luego declinan en su afecto; es miel ahora, pero cambiará como la luna cambia". Hermoso. Pero solo el Abecedarium Anglico-Latinum, de Richard Huloet, publicado en 1522 en Inglaterra, que fue el primero en recoger la expresión, le informará que así denomina "la gente vulgar" a los inicios matrimoniales. Los tiernos y amorosos, los del "gordis" y el "nené", antes de que tanto cariño naufrague. Luego podrá saber que algunos atribuyen el nombre a una vieja costumbre babilónica que comprometía a los recién casados a consumir durante un mes lunar cierta bebida alcohólica elaborada a base de miel. Pero esta explicación suena demasiado fácil y, además, los babilonios han sido ya muy calumniados como para atribuirles, además, este invento.

Invento que no es posible describir sin trazar antes algunas pinceladas de contexto. Ahora llaman luna de miel a cualquier paseo de pareja. Pues no es así, señoras y señores. Luna de miel -perdónenme ustedes- solo existe cuando los cónyuges debutantes no se han dado el gustico, o cuando apenas han podido dárselo a medias o en circunstancias clandestinas, incómodas y aun antihigiénicas: zaguanes, ascensores, excusados de teatro. En otras palabras, es aquella situación posmatrimonial que permite a los antiguos novios, por primera vez, tirar bien, tirar sin temores, tirar sin esconderse, tirar con comodidad, tirar sin la presión del reloj o la oficina, tirar a sus anchas, tirar con desparpajo. Y cuando hayan tirado así, sabroso y sin nervios, volver a tirar.

Ese truco de los novios que han vivido juntos durante tres años y al cabo del tiempo deciden pasar por el altar o la notaría y recoger contribuciones en dinero para salir de luna de miel no es más que una estafa. Si quieren pasear, que se financien ellos. Y que no usen el santo nombre de la luna de miel para su periplo, abusivos.

Otra cosa es la luna de miel de quienes no han coronado, pero, naturalmente, se mueren por hacerlo. Entiendo que ahora ocurre poco. Pero en tiempos anteriores a la Revolución Sexual y a Internet se suponía que todos los ciudadanos hacían lo que recomienda con patriótico cristianismo el presidente Uribe: "Muchachos, dejen el gustico para después". En términos parecidos, la mamá le aconsejaba a la niña que tenía novio formal: "Mija, no se le olvide dejar algo para la luna de miel". Y ya se sabía cuál era ese algo. El vestido blanco de la novia simboliza la pureza. O, en el peor caso, la dificultad práctica de atentar contra su pureza. También significa que ha guardado algo, o todo, o casi todo para la soñada luna de miel. En otras palabras, que llega intacta; palabra que, pronunciada con solemnidad y circunstancia por el padre, adquiere una pomposa "a" interconsonántica y pasa a sonar, ominosamente, como una ametralladora: in-tá-ca-ta (anaptixis se llama esta figura).

Aunque el Diccionario de la Real Academia es un poco preciso en cuanto a los límites de la luna de miel y la define apenas como "temporada de intimidad conyugal inmediatamente posterior al matrimonio", hay que decir que, en sentido estricto, la luna de miel empieza en la noche de bodas, se extiende mientras dura el viaje de novios y termina apenas la nueva pareja regresa, exhausta y sin plata, a instalarse en el que será su hogar. No se concibe, salvo como licencia poética, que los esposos sigan en luna de miel cuando ambos han vuelto al trabajo y del viaje nupcial no quedan sino las facturas de la tarjeta de crédito y el reclamo ante la aerolínea por una maleta que jamás apareció.

Esto de los equipajes perdidos es muy típico de la luna de miel. Yo recuerdo que en la mía, al llegar a Cartagena para la experiencia inmarcesible de la noche inaugural, me llevé del aeropuerto la maleta de otro pasajero. Ya enclaustrado y excitado en la habitación, al abrir la valija empezaron a salir tamales en vez de mi lavanda Roger Gallet y una bolsa de plástico con lechona tolimense en vez de mi piyama nueva. En ese instante supe que los nervios me habían traicionado; había recogido una maleta ajena y abandonado la mía. La víctima del trueque esperó indignado en la terminal hasta que regresó el imbécil que se había llevado su maleta: yo. Pero al ver los tortolitos que bajaban del taxi lo entendió todo. Nos felicitó, intercambiamos equipaje y me guiñó un ojo. Luego se llevó los tamales y la lechona adonde lo estaban esperando. Estoy seguro de que, pese a los chicharrones y el tocino, pasó una noche mejor que la mía.

(No entro a describirla, porque tengo comprometidos los derechos de esta historia en Hollywood. Solo falta que los productores decidan si se rodará como comedia o como tragedia. Pero voy a contarles que la ansiada noche de bodas fue interrumpida dos veces por mi suegra que llamaba a hacer las últimas recomendaciones a la hija a punto de ser sacrificada en el altar de Eros, otra más por una cena que algún chistoso ordenó al servicio de habitaciones y en una tercera ocasión por unos amigos cartageneros que contrataron conjunto vallenato y lo pusieron a tocar El perro de Pavajeau en la puerta misma del cuarto. Si el coitus interruptus no hubiera sido inventado por los romanos, lo habríamos patentado allí mismo.)

También es típico de la luna de miel la vergüenza. La Gestión del Pudor, como dirían nuestros ejecutivos modernos, forma parte clave de esos primeros días íntimos de una pareja que durante años ha estado sometida a la celosa vigilancia de suegras y chaperones y de repente se encuentra en un hotel a solas agobiados por ansiedades, represiones, temores, complejos y arrecheras.

La virginidad, a veces de ambos, tiene o tenía mucho que ver con el tenso ambiente. Cierta doña Ana, directora de un colegio femenino de la capital, recomendaba a las alumnas de último año:

—Niñas, lleven a la luna de miel una botella de champaña para desinhibir al novio y una toalla blanca bordada por si manchan.

Sé que algunas de sus alumnas, que ya habían tenido el gustico con otro novio, preferían llevar aguardiente para atontar al cónyuge y una toalla roja, por si NO manchaban.

La cuestión es que la luna de miel -hablo sobre todo de la de antes, con virginidades y pudores incluidos- tiene muy buena prensa, pero una realidad menos feliz. El prestigio procede de la paradisíaca promesa planteada: Amor + Sexo + Tranquilidad + Diversión + Vacaciones. Una ecuación insuperable. En la teoría.

En la práctica, los problemas más prosaicos tardan en aparecer mucho menos de lo que cualquiera imagina. Con el agravante de que en las cosas menudas nadie piensa. El primer uso del baño ya es un embarazoso inconveniente. Allí podría surgir de manera abrupta el Eterno Conflicto Conyugal, que concierne a la tapa del inodoro. ¿Levantó el novio el llamado bizcocho? ¿Lo mojó? ¿Mojolo, acaso, y luego secolo mal? La segunda ida al baño será peor y demostrará que la angelical mujer cuyo candor nos cautivó no es más que un pobre ser humano cuyo corazón palpita amorosamente, pero cuya función excretora no perdona. Un par de días después, aquel macho que en la noche de bodas exigió cinco servicios, estará derrengado y se hundirá en la lectura de un libro de mercadeo para evitar que la novia, cada vez más arrevolverada, siga exigiéndole prestaciones. ¡La novia pee y el novio lee! Nadie nos había advertido eso. Tampoco nos advirtieron que el novio ronca como un buque de cabotaje y se suena en la ducha, y que la otrora pudorosa prometida es capaz, en un momento de desenfado, de sentarse empelota en la cama y cortarse las uñas de los pies mientras ve la telenovela de moda.

Todo esto forma parte de la luna de miel. Sin mencionar la posibilidad de que ambos descubran inesperadas estafas. La única canción que se sabe la 'Chiva' Cortés, y que suele cantar en situaciones especiales, pese a las enérgicas protestas de sus amigos, se titula Cásate y habla de una aparatosa luna de miel. Son dos amigos que se encuentran después de la boda de uno de ellos; el contrayente, que pocos días antes no cabía de la dicha ante la perspectiva de sacudir en el catre a una novia espectacular, luce "triste y acongojado". El otro le pregunta qué ocurre.

¡Qué voy a hacer -contesta el acongojado- si me han partido, me han cambiado a mi mujer!?

Y procede a explicarse:?

El día de la boda fuimos a pasear

y nos cayó un fuerte aguacero;

cuando yo la quise cargar,

la pata de palo se le cayó al suelo,

el ojo de vidrio se le salió,

las pinturas se le corrieron,

los dientes postizos se le cayeron,

y la peluca se le voló.



Pata de palo, ojo de vidrio, cara pintada, dientes postizos, bisoñé… El cuadro es un poco hiperbólico, pero muchos han descubierto, apenas horas después de la bendición nupcial, que la maja desnuda tiene enormes granos morados en el culo y que una venus con marrones y mascarilla de pepino constituye pasaporte inmediato a la disfunción eréctil.

Estos son apenas algunos de los inconvenientes insoportables de la famosa luna de miel, institución perversa contra la que debería actuar la ONU. El Vaticano lo sabe, pero lo oculta, y sigue fomentando el matrimonio casto. ¿Por qué creen ustedes que no se casan los curas?

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