El cuento de que todo tiempo pasado fue mejor es eso, un cuento trasnochado, sin sustento. Cada cual, cada generación, tiene su propio tesoro de experiencias, amargas y odiadas, rescatables y repetibles.
Me parecería increíble alguien que dijera que le habría gustado vivir en la Alemania de Hitler. O la era de hierro retórico de Stalin. Pero puedo comprender a quien quisiera haber trajinado la desordenada y combustible Roma de Nerón. Las pantaneras imperiales de Carlomagno cuando el demonio se entretenía pervirtiendo a los hombres como si fueran perfectibles. O haber sido un cardenal libidinoso del Renacimiento italiano con un serrallo de primas hermanas.
Los diciembres de antaño conservan un encanto profundo y misterioso en mí. Que hiere con su trivialidad la detestada masa rosa de colesterol de Papá Noel y su risa de caverna.
No quiere decir que añoro la pólvora doméstica y modesta de antes o las indigestiones de manjar blanco de la infancia. No daría un pito por ese ruido fosforescente. Pero tampoco puedo negar, sin negarme yo mismo, que los pesebres, el niño de yeso y los padres de palo circunspectos y el burro mudo y el buey echado y los pastores y el olor del musgo y los místicos cielos pintados con estrellas de papel de estaño forman mi bagaje de recuerdos de costumbres ridículas. Pero entrañables, a pesar de todo.
Equipaje de impresiones queridas, cuyos vasos despedazó la estampida de los renos de Papá Noel. Bajo las primeras nieves de San Nicolás. En homenaje a un obispo manirroto. Pero entrañables, a pesar de todo.
No me acuerdo cuándo ni cómo comenzó la invasión de gordos iguales a sí mismos en nuestras ciudades tropicales. Recuerdo que al comienzo aparecieron con timidez. Como las hormigas que envían mensajeras antes de hacer presencia masiva. Al principio, algunos almacenes vanguardistas reemplazaron el mito asiático del nacido entre pajas de una virgen, antiguo y venerable como Zoroastro, por un paisaje más moderno, al pensar de los gerentes del mercadeo modernista. Y allí aparecieron los primeros en medio de copos de nieves espurias, halados por renos catatónicos, con las mejillas arreboladas. Aquí, apenas un montón de trapos vestidos de rojo con máscara de baquelita. Allá, en aquel otro, los ojos azules y veraces tienen escarchas en las pestañas. Y más allá, había uno de cuerda haciendo zalemas con insistencia cómica.
Pero nadie sabe cuándo o cómo estas ciudades que vivimos, si esto es vida, fueron tomadas por los ejércitos navideños de mimos de alquiler de Papá Noel, proletarios disfrazados con barrigas prestadas de nalgas de relleno, acreditados por los flacos sindicatos de los payasos nacionales. Asustando con jo, jo, jo, jo y su falsa bonhomía a los niños pequeños que no los habían visto, y a los perritos de buena familia. Mientras se empujan la barba de algodón quirúrgico con la mano enguantada, en un signo de inseguridad evidente. Y de aburrimiento de asalariado.
El pesebre, el mínimo de muñecos de trapo, el opulento de imágenes italianas de los ricos invisibles y rígidos, lo mismo que los tallados en naranjo de los pequeños burgueses, con inundaciones falsas de espejos de verdad y corrientes de aguas mezquinas, dictaban una lección trascendente. El nacimiento del testigo de la conciencia, la introyección de la ley antigua enconada en el desierto. Y la invención del prójimo. Una gran transformación existencial. En cambio, frente al trineo cargado de envoltorios de papel de seda desde donde me saluda Santa Claus, la mano derecha de alto; y ante el estorbo esférico del anciano de la piyama roja, en los atrios de los centros comerciales y en plazas y parques y a las puertas blindadas de los antros bancarios y en las vitrinas de las pastelerías, tengo la convicción, pavorosa además, de dos cosas. De que tan solo me saludó porque es su deber. Y de que todas las cajas del trineo están vacías. Es una sensación infame. Vacías. Como nosotros.
Papá Noel y yo, por desgracia de los dos, no tenemos nada que decirnos. El pesebre representa mejor el sur del planeta donde habito: la falta de alojamiento, el desplazamiento forzoso, las persecuciones del poder, la masacre de los niños. Papá Noel, obeso y satisfecho, jo, jo, jo, para mí, forma parte de procesos seculares, es signo de la globalización, síntoma de la aldea planetaria que redondeará este siglo, es decir, si resiste el peso inclemente de nuestros vicios. Es el símbolo y la suma de un montón de sumisiones consentidas. Parece mamerto. Y es mamerto. Pero la razón a veces asiste también a lo mamerto. Y yo no puedo pensar distinto de este caballero fofo y artificial, que hace jo, jo, jo, mientras agita una campana sorda de madera. Por un confuso atavismo. O por simple lucidez nada más.

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