Sé que somos una minoría en vía de extinción. Más grave aún: somos una minoría liderada por José Clopatofsky, cuyo discurso para atraer a las masas a nuestra causa versa sobre el apasionante tema de cómo mejorar el rendimiento del alternador de mínima mediante el uso de antioxidantes en las bujías de autos según su cilindraje. Pero no importa: seguiremos firmes defendiendo a Juan Pablo Montoya como el único ganador de nivel mundial de este país acostumbrado a las eliminaciones tempranas y a las decepciones olímpicas.

Que no saluda a todo momento a todo el que se le cruza, que no vive muerto de la risa mandándole besos a Colombia y a la mamá, que habla como un niño consentido. Todos estos argumentos, más propios de un televidente de Sweet que de un colombiano de bien, desconocen el hecho de que Montoya ha ganado siete grandes premios de Fórmula Uno, la categoría élite del automovilismo mundial. No sé en qué momento este país, acostumbrado a gestas como luchar y perder el quinto lugar (entre diez) de unas eliminatorias suramericanas para un Mundial, potencia deportiva regional solo cuando nos enfrentamos con Panamá y la Guyana Francesa, decidió que ser el mejor del mundo en siete competencias de un deporte de alto nivel era poca cosa. Mirémonos al espejo, acordémonos de que somos un país que se inventó campeonatos mundiales de tejo y de coleo para poder obtener títulos orbitales y no perdamos las proporciones.

A Montoya lo atacan sobre todo por ese intangible imposible de verificar que es "la forma de ser". "Es que por televisión se ve que es muy arrogante", dicen señoras que nunca se han cruzado con él, con esa convicción que les permite decir también, sin sonrojarse, que "ese rey Juan Carlos se ve que es divino con la señora" o que "a mí hay algo del nuevo Papa que no me inspira confianza", como si fueran de almuerzo de domingo en el Vaticano o hicieran mercado con la reina Sofía. ¡No más! ¿Qué es esa historia de formarse juicios de la gente por los treinta segundos que la vieron en televisión? Al pobre Montoya, como anda concentrado en su trabajo sin buscar aparecer constantemente en radio, prensa y televisión (conducta habitual en mucho deportista, actor y Fiscal General de la Nación) decidieron condenarlo sin fórmula de juicio por mala persona.

Juan Pablo Montoya tiene, además, grandes cualidades que aparentemente solo Clopatofsky y yo advertimos. En primer lugar, es colombiano, nacido en Colombia y criado en Colombia. No es uno de esos orgullos patrios tipo John Leguízamo que a duras penas hablan español, "estoy delighted por tu llamada, Julio. Déjame decir Hi a mi aunt Emilia que no la veo hace veinte años. Vive en Santa Cruz de la Sierra, allá en Colombia". No, señor: al que aún tenga dudas sobre la autenticidad patria de Juan Pablo Montoya, le bastará verlo un par de minutos en cualquier competencia automovilística para comprobar que es un compatriota y que aprendió a manejar en Bogotá.

Además, Montoya es un tipo sin complejos: a sus 31 años carga con el papá para todos lados sin el menor asomo de pena. Con él no van las historias de adolescente malcriado, de independencia rebelde, de que yo ya me mando solo. ¿Cuál habría sido la suerte de 'el Tino' Asprilla si en lugar de modelos porno en Italia hubiera estado acompañado del papá? Tal vez hoy sería una leyenda viva del Barcelona o del Manchester United… o tal vez papá e hijo vivirían cada uno con una estrella porno italiana en Tuluá. Lo cual, qué duda cabe, no suena del todo mal.

Nadie valora tampoco el hecho de que Juan Pablo Montoya ganó en una actividad donde un colombiano no tiene, en principio, la menor oportunidad: es como si un boliviano fuera campeón del mundo de regatas en mar abierto. Los corredores de fórmula uno son todos originarios de países desarrollados: Alemania, Finlandia, Japón, Suiza, España. ¿O es que recuerda alguien algún piloto nicaragüense adelantando a Schumacher o la pole de un etíope en Indianápolis? Además, Montoya triunfó en un deporte que nada tiene que ver con violencia y fuerza bruta, características primordiales de los deportes en los que tradicionalmente ganan nuestros deportistas: boxeo, levantamiento de pesas, tiro al blanco o lucha libre.

Inicio desde hoy —en compañía de José Clopatofsky, que en próxima edición les contará sobre trucos para evitar el desgaste de las pastillas de los frenos de su carro (¡espérela!)— una campaña para que nuestros demás deportistas adopten el modelo Montoya de comportamiento. No saluden si no quieren, no le den entrevista a cuanto micrófono se les ponga enfrente. Ganen, simplemente ganen. Y si quieren, cuando se aburran, se van a la Nascar.

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