Por milagro te salvaste de ser asaltante, René, o pistolero a sueldo, o fabricante de bombas hechizas. ¿Acaso no eran esos los oficios más apropiados para ganarse el pan y el respeto en la Comuna Nororiental de Medellín? Allí, en el nido de atrocidades donde naciste, Pablo Escobar reclutó a los matones de su ejército privado. Tú pudiste haber sido uno de ellos, René, como varios de los muchachos descalzos que crecieron contigo en el barrio Castilla. Tu primer alfabeto fue el horror, que, de entrada, te trastocó el lenguaje. "Estar enamorado" de una persona no significaba amarla sino pretender acribillarla. "Gonorrea" no era el nombre de una venérea sino como le decían a un fulano indeseable. Al sicario se le llamaba "dedicaliente" y al estafador, "calidoso". La vida no valía un comino y a los jóvenes les daba igual tenerla que perderla. "Total —decían, con su desesperanza brutal—, no nacimos pa' semilla". Allí, quien mataba al prójimo no era un asesino sino apenas "un borrador". Y quien caía por las balas no moría sino que empezaba a "cargar tierra con el pecho".

Pudiste haber sido uno de esos muchachos que besaban el escapulario de la Virgen para implorar que les afinara la puntería en la próxima "vuelta". Pudiste haber sido, el que conducía la motocicleta donde iba el francotirador. O uno de esos adolescentes que se robaban un par de zapatos finos para que la chica bonita del barrio se fijara en ellos. ¿Por dónde andarías ahora si hubieras aceptado aquella vida que te tenían señalada desde antes de nacer? Estarías "pagando cana" —es decir, preso— en Bellavista. O cubierto con una "piyama de madera" en el Cementerio San Pedro. En el mejor de los casos tendrías el cuerpo lleno de cicatrices, como Tobito, tu vecino, a quien le llaman 'Polígono' porque ha sobrevivido a siete atentados.

Fue un milagro, que el entorno no te convirtiera en un atracador de camiones, ni en un ensamblador de carros bomba, ni en un traficante de cocaína. Sin embargo, nadie criado en Castilla burla del todo a su destino. En algún momento le toca usar la fuerza para granjearse el respeto. O aprender la letra menuda de la vida maleva. Son las reglas, René: para no ofrecerse en cada esquina como víctimas, los hombres están obligados a construirse una reputación de verdugos. Algunas madres les inculcan a sus hijos, cuando salen a la calle, que siempre hay que regresar a casa "con la platica bien habida o, si no, con la platica". En principio la trampa se justifica pues sirve para salvar el pellejo. Cuando permite ascender socialmente, se vuelve motivo de admiración. Así se va gestando una mentalidad marrullera, una necesidad de sacar ventaja a cualquier precio. Era lo que sucedía, por ejemplo, cuando te adelantabas un metro de la portería para atajar un penalti. O cuando fingías una lesión para enfriar al otro equipo. En el fondo, lo que hacías era aplicar el primer mandamiento de las matronas de tu barrio: buscar el triunfo, es decir, "la platica", como fuera.

Nunca has rebasado los linderos de la comuna donde creciste. Pese a haber recorrido medio mundo, tu excursión solo ha sido una ilusión óptica. No has viajado, René: has dado vueltas como un carrusel. Y el arrabal se ha ido adherido a tu piel como una costra. En cada retorno al punto de partida, descubres que los "dedicalientes" te han quitado un amigo. Los otros, los que siguen vivos, te acompañan a fumar y a beber con la misma fidelidad con la que un día te acompañaron a vender periódicos. Siempre, en lo malo y en lo bueno, has tenido un sentido siciliano del clan. Esa fue la razón que te llevó a saludar a Pablo Escobar en la cárcel, un incidente por el cual tus detractores quisieron comerte vivo, como si no fuera absurdo medirte a ti, precisamente a ti, con la cinta métrica de una ética forjada lejos del infierno. Ellos podían elegir. Tú, no. Desde el escritorio en el cual escribo este artículo, es fácil referirse a Escobar con el calificativo de criminal. Pero si hubiera estado en tus zapatos, hambriento y sin estudios; si hubiera recibido de él una provisión de víveres, si lo hubiera conocido en mi suburbio miserable regalando una cancha de fútbol y una planta de energía, también habría tenido razones para llamarle 'Patrón' y visitarlo en su celda. Se te podrá acusar de calavera mas no de desagradecido. La gente genuinamente amoral, como tú, es preferible a aquella que asume una posición moral de acuerdo con cada ocasión. O estoy loco o no entiendo cómo es que resulta más indecente entrevistarse con Escobar en la prisión que construirle una cárcel especial, con las comodidades de un hotel cinco estrellas. ¿Y los políticos que legislaban para favorecerlo? ¿Y los altos prelados que le bendecían las propiedades? Tomarte como chivo expiatorio es una cobardía.

Ojalá comprendas, René, que no estoy aquí para perdonar tus deslices. Es cierto que el Estado colombiano, a la larga, no le garantiza la protección a nadie. Pero eso no justifica que hayas mediado, de manera irresponsable, en la liberación de una muchacha secuestrada, y menos que hayas recibido los cincuenta mil dólares que, según la enciclopedia Wikipedia, te habrían pagado por la gestión.

Hay que admitir, en justicia, que así como la comuna te oprimió con su virulencia, te obsequió muchas de tus mejores cualidades. Ya lo decía Ana Felisa, la abuela que te crió: "Lo que no mata, engorda". Sobrevivir a la comuna te dejó esa intrepidez que derrochabas ante los grandes retos, esos cojones que te permitían taparle un penalti al delantero más temible o meterle un gol de tiro libre al River Plate. Una tarde de 1995, tu osadía se transformó en leyenda. En el mítico estadio de Wembley, donde se enfrentaban las selecciones de Colombia e Inglaterra, tuviste el descaro de atajar con los dos talones —cabeza hacia abajo y manos en el piso— un disparo que fue directo a la parte superior del arco. La jugada, bautizada desde entonces con el nombre de "escorpión", le dio la vuelta al mundo. Lo mejor, como escribió en su momento Eduardo Galeano, no fue el salto acrobático que pegaste, sino tu sonrisa de bandido. Nadie se divirtió tanto como tú en una cancha, René, nadie. Gozaste y regalaste gozo. A ratos exageraste, a ratos confundiste el fútbol con el circo, quizá como una rebelión inconsciente contra el culto de tu barrio por lo fúnebre. Cualquiera habría apostado su cuello a que serías mercenario. Pero fuiste un portero digno, pese a que la estatura no te favorecía. Nunca atajaste como Fillol ni inspiraste la seguridad de Buffon. No jugaste como los dioses, pero los desafiaste. Esa es tu grandeza.

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