El destino y el trabajo

hicieron que terminara escribiendo esta nota desde Recife, una ciudad ubicada al nordeste del Brasil. Créanme, desde aquí es mucho más sencillo defender a Zidane. Cada vez que me topo con alguna persona con una camiseta de la verdeamarelha (y me las topo a cada momento), me dan ganas de reírme como loco, de burlarme de ese Penta que quiso ser Hexa y terminó humillado, de la estatua de Ronaldinho destruida por una turba embravecida, como si fuera la de Lenin o la de Saddam Hussein. Y si hoy me puedo reír del Cuco que dio lástima es gracias a él, a Zinedine Zidane, al mejor jugador de la Copa del Mundo, sin discusión.

Ya lo dije: la desgracia del Brasil me da gracia gracias a Zidane. Alguien se preguntará de qué me río. Al fin y al cabo soy argentino y mi Selección quedó eliminada en cuartos de final, igual que la de Brasil. Error. "Igual que la de Brasil", no. La Argentina superó futbolísticamente a su rival, Alemania, en Alemania, perdió por penales un partido que debió haber ganado y se fue del Mundial con una buena imagen y la frente bien alta. Brasil, en cambio, recibió un baile histórico en un partido que debió haber perdido por dos o más goles y se fue del Mundial dando vergüenza. El director del ballet que bailó a Brasil fue ese pelado argelino irascible que jugaba el penúltimo partido de su vida. Zinedine Zidane. De pie, por favor. Honremos al maestro.

Zidane fue expulsado nada menos que catorce veces en su carrera de futbolista. No es un ejemplo de conducta, sin duda. Nunca lo fue, no iba a serlo en el último partido de su vida. No servía para embajador del fair play, pero cada vez que la pelota pasaba por sus pies, su equipo jugaba. Zidane contradecía al tacticismo tan en boga entre comentaristas deportivos y entrenadores, esa especie de elogio de la miseria que presupone que todo jugador en el supuesto "fútbol moderno" debe tener la capacidad para correr cien metros en diez segundos y el estado físico de Terminator. Nada de eso: lo que tiene que correr es la pelota, que es lo mismo que decir que lo que tiene que correr es la mente. Un tipo capaz de picar la pelota en un penal en la final del Mundial ("Así no se patea un penal", dijo el doctor Bilardo, indignado). Eso era Zidane y ningún Materazzi lo va a borrar de la memoria con picardías de bravucón de barrio. ¿Quién se va a acordar de Materazzi dentro de diez años? ¿Qué es Materazzi si no un cirujano, un calientapartidos de décima?

Alguien dirá: Francia hubiese ganado la final del Mundial de no haber sido por la expulsión de Zidane. No lo sé. Acepto que hubiese tenido alguna chance más y que once contra once, por cierto, siempre es mejor que diez contra once. Pero a veces un hombre dice basta, hasta acá llegué, me voy a casa. Y ese basta no siempre coincide con el silbato del árbitro. De la mano de Zidane, de lo que quedaba de un hombre que jugaba su último partido, Francia había demostrado que era más equipo que Italia. La expulsión de Zidane no borró esa sensación. El campeón no siempre es el mejor y no lo fue, sin duda, en Alemania 2006. Felizmente, el fútbol es imprevisible y azaroso y no se ha inventado aún el "mereciómetro": el que gana es el que hace más goles que el adversario.

Pero volvamos al momento fatal. Materazzi agarra de la camiseta a Zidane. El francés, orgulloso hijo de argelinos, soberbio futbolista y futbolista soberbio, se molesta. ¿Querés mi camiseta? Si la querés, te la doy después del partido. Materazzi le responde algo que jamás sabremos a ciencia cierta. Tenemos dos versiones sobre lo que dijo Materazzi: "Argelino hijo de una puta terrorista", con variantes levemente diferentes, es una. "Las únicas camisetas que quiero son las de tu madre y la de tu hermana", con variantes levemente diferentes, es la otra. Cabe la posibilidad de que le haya dicho una combinación de ambas, algo así como "Argelino hijo de una puta terrorista, las únicas camisetas que quiero son la de tu madre y la de tu hermana". Sea lo que fuera, lo cierto es que lo hizo enojar a Zidane. Todos lo vimos por televisión: no fue una reacción impulsiva. Zidane camina unos pasos, está pensando qué hacer. Cuando toma una decisión, se da vuelta, avanza, embiste a Materazzi. El cuarto árbitro, el español Luis Medina Cantalejo (el mismo que fue capaz de cobrar un ridículo penal a favor de Italia cuando la azzurra tenía un jugador menos, que casualmente era Materazzi, y el partido con Australia se encaminaba inexorablemente al alargue) ahora se convierte en un ecuánime defensor de la justicia. Entonces ve la agresión de Zidane y le avisa al juez de línea, que le avisa al árbitro Horacio Elizondo. Zidane recibe la roja, saluda a Elizondo, se va. Ha aguantado lo que pudo, ha defendido su honor. Su conciencia está tranquila. Entre la gloria boba que le ofrece la Fifa y su integridad como persona, opta por lo segundo. ¿Puede reprochársele esto? ¿Debió haber sido más inteligente, más sensato, más futbolísticamente correcto? No podemos escindir a las personas. Zidane siempre fue, a la vez, el jugador maravilloso y el hombre de pocas pulgas. Desde la película Bird, Clint Eastwood sostiene que Charlie Parker era un músico genial y que era una lástima que se drogara, porque si no lo hubiera hecho habría vivido muchos años más y habría deslumbrado al mundo con su talento durante mucho más tiempo.

Error. Las personas son lo que son y no solo la parte que nos gusta de ellas. El conjunto "Charlie Parker" incluía la música genial y las drogas duras. El conjunto "Zinedine Zidane" incluía un talento extraordinario y catorce expulsiones. Así fue. Tómenlo o déjenlo. Yo lo tomo. Y los que amamos el fútbol lo vamos a extrañar mucho. ?

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