En primer lugar, en el modelaje se pasa hambre. Nada de cervecitas después del trabajo. Nada de hamburguesas con queso y huevo. Cada gramo puede costarte el puesto. La dieta de una profesional como Dios manda se reduce a cigarrillos y champán. Y se han dado casos en que los que el champán ni siquiera es tan bueno. En consecuencia, las profesionales tienen una masa corporal inferior al mínimo establecido por la Organización Mundial de la Salud para considerarse sano. No hay mayor diferencia entre ellas, las pobres, y un niño de Biafra.

Por todo eso, modelar se ha vuelto una profesión de alto riesgo. Mientras más arriba llegas, más peligro corres, como en el paracaidismo. La última Semana de la Moda en Nueva York ha recomendado exámenes médicos a las participantes, les ha advertido sobre los peligros del tabaco y les ha ofrecido una dieta sana. No negarán que es impactante. He visto hospitales en Lima que toman menos precauciones con los pacientes.

Como si eso fuera poco, las condiciones de trabajo de la profesión son criminales. El horario de una Miss Perú en un concurso de belleza regional —me he documentado— comienza a las cinco de la mañana, con peluquería intensiva. A las siete, ya está dirigiéndose a promocionar las bellezas turísticas del país anfitrión, bellezas que nunca aprecia porque para las fotos tiene que ponerse de espaldas a ellas. A las nueve, ya se ha cambiado de ropa tres veces, y en ningún momento del día —ni siquiera en la intimidad del hotel— puede quitarse la banda de su país, que poco a poco deja de ser una enseña nacional y se va pareciendo más a un carné de identidad gigante.

La mayoría de la gente piensa que las reinas de belleza se pasan el día de farra y la noche de sexo. Deberían saber que les está prohibido tomarse fotografías o aparecer en público con un cigarrillo en la mano o una copa de alcohol. De acuerdo, a veces se las ve aspirando cocaína, pero eso sólo funciona si eres Kate Moss. En general, las modelos no sólo deben dar fe de la belleza de los muslos y los pechos de un determinado país. También deben encarnar la virtud. Y si ustedes creen que luego se divierten en la soledad de sus dormitorios, deberían saber que duermen en grupos de dos. A menos que monten un cuarteto, lo tienen complicado. Y aún si lo montan, se las tienen que arreglar para no tener ojeras al día siguiente.

Considerando esas duras condiciones laborales, resulta una verdadera proeza que estén todo el día sonriendo. Y ese es otro punto que la gente no valora. No importa que se claven un hierro caliente en el pie, o que el fotógrafo sea un psicópata que las amenaza de muerte, o que les gane el concurso la más odiada de sus enemigas, la que les robó la ropa interior en el camerino. Llueva o truene, ellas resplandecen de alegría, saludan a las ganadoras con un generoso beso y agradecen al mundo lo bueno que es con ellas. Nunca se ha visto a una modelo decir "Mierda, me estoy meando" o "¡Cómo van a elegir Miss Universo a esa zorra!". Y les aseguro, sí que lo piensan. Llevar todo el día a cuestas la prótesis de la felicidad es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.

Además de todos esos sacrificios, las modelos se ven obligadas a soportar actos de suma crueldad, como las preguntas en los concursos internacionales: ¿qué harías si fueras presidenta de tu país? ¿qué opinas del hambre en el mundo? ¿por qué hay guerras? ¡Por Dios! ¿Realmente cree alguien que tienen tiempo de pensar en esas frivolidades? ¿acaso, si realmente tuviesen alguna idea de política, una de ellas se habría casado con Menem? ¿acaso le preguntaron a la Boloco en su concurso "si fuese presidenta de su país cuántos procesos judiciales tendría pendientes"?

Señores, ser modelo es un apostolado. Las mujeres —y algunos hombres— aceptan esa dura carga por filantropía, para colmar las fantasías de los mismos ignorantes que les vilipendian. Es duro representar los sueños de tanta gente a través de innumerables mortificaciones. Por eso, me gustaría proponerles un reto a los impertinentes que desprecian el modelaje: levántense a las cinco de la mañana y pásense una hora peinándose y maquillándose. Cámbiense de ropa dieciséis veces en 24 horas y no coman nada, pero nada de nada. Déjense tomar fotos a lo largo de toda la jornada y pierdan esos kilos de más. Pierdan incluso los kilos de menos. Si al final del día han sido capaces de mantener la sonrisa fija en la cara sin parar ni un segundo, al menos tendrán autoridad moral para reprochar lo que quieran.

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