Empecé a cabrearme con el Pibe durante una presentación el año pasado en Roma. La cháchara había terminado y estaba firmando libros cuando aquel señor, libro en mano, me mira fijamente y pregunta con acento napolitano:

—¿Cómo se llamaba aquel jugador melenudo que tenían ustedes en Italia 90?

—Valderrama.

—No, ese no era el nombre... Aquel que dejaba la portería y salía disparado...

—Higuita.

—¡Eso es! Era un mito, supe que estaba en la cárcel... ¿Y cuál era Valreama?

—Valderrama —corrijo con cierto fastidio—. El capitán rubio.

—Ah, uno viejo y lento. ¿Era el capitán

, me daba lástima verlo correr...

La chica de la librería nos avisa que están por cerrar, firmo libros a toda prisa y cuando alzo la vista para defender al Pibe, el napolitano ya no está. El resto de la noche no puedo pensar en otra cosa y, justo antes de entrar al hotel, tengo una revelación: el Pibe es un fraude, no era un jugador de fútbol sino el argumento esencial de una maligna propuesta filosófica y lo puedo demostrar.

La primera cosa del Pibe por aclarar es si se trata de un negro blanco o de un blanco negro, pero supongo que es más fácil encontrar el Santo Grial que resolver ese enigma. Y es que la ambigüedad parece ser el elemento básico de su carácter; por ejemplo, sabemos que tiene nombre de crack brasileño: Carlos Alberto. No tengo nada en contra, cada cual llama a su hijo como le viene en gana, lo que no entiendo es por qué en vez de un apodo raizal y sandunguero como 'Bocachico Yersy' o 'el Peluca', le clavaron ese manido e inexpresivo argentinismo: el Pibe. En ese caso habría resultado más enérgico y festivo apodarlo 'la Nada'. Lo curioso del asunto es que desde 'pibe' ya Valderrama tenía cara de viejo, así que 'el Abuelo' habría sido el apelativo más coherente y menos comprometedor para alguien que estaba destinado a convertirse en el jugador más lento de la historia.

Una leyenda que he escuchado siempre en relación con el Pibe es que desciende de una familia de grandes futbolistas; ¿quienes son ellos? Y no vayan a decirme que Jaricho o Toto, por vía paterna, o Justo y Aurelio, por vía materna, cuentan en la historia del fútbol mundial o por lo menos suramericano. Y peor aún si hablamos de su primo Didi o sus hermanos Alan o Roland, cuyas únicas hazañas, aparte de sus nombres, se limitan a la cancha de Pescaíto. Lo cierto es que en 1981, cuando solo tenía veinte años, el Pibe alcanzó por primera vez los titulares de prensa y no por sus goles o gambetas: la noticia era que estaba en la cárcel por haber golpeado a un policía. Así fue que muchos nos enteramos de que jugaba en el Unión Magdalena. Tres años después, sin haber logrado nada con el Unión, el Pibe fue traspasado a Millonarios que tenía la urgente necesidad de completar su lista de suplentes. De la banca de Millonarios, pasó al Cali, que en su propuesta estética necesitaba un rubio para hacer pareja con el morocho Bernardo Redín. Allí el Pibe tuvo su época de oro apoyando el balón cada vez que Redín lo necesitaba. La vistosa pareja no tardó en vestir la camiseta de la Selección Colombia y muchos creyeron ver en el Pibe el esperado "mesías" del fútbol colombiano.

Por la forma de jugar uno diría que el Pibe se entrenaba en un tablero de Ludo, parecía no entender que perderse por los bordes laterales del campo no era la única forma de llegar a la portería contraria. Sus mejores jugadas fueron realizadas en las bandas, lejos del arco enemigo, muy agradables para la vista pero totalmente inofensivas. Para completar, era alérgico al gol, no lo soportaba. Prefería girar como un trompo y regresar sobre sus pasos a ofender a un portero rival lanzándole algún disparo. Pero lo peor estaba todavía por llegar. Si la dupla Redín-Valderrama le había dado algo de alegría a nuestro fútbol, el dúo Maturana-Valderrama iba a hacer del entusiasmo una peste y de la derrota nuestra única virtud. Y es que la filosofía de Maturana no podía encontrar mejor cómplice que el Pibe. La sabia e imponente frase esbozada por Pambelé de que "es mejor ser rico que pobre" iba a ser sepultada por el triste y cobarde estribillo de que "ganar es perder un poco". El Pibe cumplía a cabalidad sus planes: "No se trata de ganar sino de tener la pelota"… "La pelota es la que juega, no el hombre"… "Ellos pueden ganar en el marcador, pero nosotros hemos tenido más tiempo la pelota"… "La velocidad solo es importante en las carreras de caballos"… "La idea es que toda la Selección juegue al ritmo de Valderrama"…

Acompañado de la generación más talentosa de jugadores que jamás hayamos tenido, doce goles, la mitad en partidos amistosos, es el exuberante aporte de este "genio" a nuestra Selección en 111 partidos disputados. En la cumbre de su fama profesional, lograda sobre todo por su rizos, el Pibe logró finalmente ser vendido al exterior en 1988. El afortunado fue el Montpellier, un equipo francés de pelota vasca del que nadie sabía nada antes de llegar Valderrama y del que se ha sabido menos después. Junto a otros pensionados como Roger Milla y Laurent Blanc, el Pibe estuvo dos años en el Montpellier y luego se fue a "calentar los huesos" al Miami Fusion, no sin antes "hacer el oso" en España, donde le pidieron correr y dar un par de vueltas olímpicas en un torneo de rodillones con el Junior de Barranquilla. Su liderazgo en la cancha fue indiscutible; ante el marcador más adverso, el rubio capitán envalentonaba a sus compañeros gritándoles: "Todo bien, todo bien". Esa frase, la fobia de hacer goles y correr hacia los lados del campo es el gran legado del, según los expertos, "más grande futbolista colombiano de todos los tiempos".

Y como los rizos han sido su marca de fábrica, a él le debemos la comercialización de esas horribles pelucas; también sus limitaciones de lenguaje las ha envasado como supuesta timidez y en vez de sacar una nueva línea de "raspao" Valderrama, se inventan la colonia Montpellier (supongo que para perfumar las pelucas). La única cosa inteligente que uno espera de un ídolo es que preñe a una top-model y no que organice nostálgicos partidos de potrero con 'el Gordo' Valenciano, 'el Gordo' Vives y el resto de la prole. El Pibe tiene fama de buena gente, ingenuo y bacano, pero la verdad es que no tira puntada sin dedal y todos los goles que desperdició en la cancha nos los mete ahora junto a Juanes, Uribe y tantos otros representantes de esa burda y exagerada colombianidad.

Hace poco un amigo inglés que había visitado Colombia me llamó exaltado para hablarme, ¿cómo no

, de nuestra peculiar idiosincrasia; una de las cosas que más lo habían divertido en su paso por Santa Marta fue aquella monumental escultura.

—Pero se la merece —admitió en perfecto español—. Al menos por lo que hizo en el Newcastle.

—Es la estatua de Valderrama no de Asprilla.

—¿Cuál era Valderrama?

—El capitán con el pelo rubio.

—Sí, me acuerdo. Uno veterano, el pobre corría a duras penas —se queda pensando un instante y luego agrega con picardía: ¡Caramba! Si esa es la de Valderrama... ¡como será la de Asprilla! ?

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