Si a Eduardito no le dan ligero un consulado, se deslíe. Monaguillo, le viene batiendo incienso al Señor del Gran Poder. Ha superado, no solo en uribismo, sino en rótula fláccida, a los más devotos prosélitos del presidente. Eduardo Escobar escribe: "Uribe está preparado para gerenciar el sueño de un país benévolo". Rodilla hendida y verbo podrido. "Uribe será el presidente de la concordia nacional", decía en tiempos de campaña. Pasados dos años de poder, el falderillo corre aún tras la carroza, con la lengua afuera: "El 80 por ciento de los colombianos, ricos y acomodados como usted, y pobres y marginales como yo, en medio de dificultades y sacrificios, confiamos en el liderazgo del Presidente". Se dirige a Daniel, el Rojo, hoy parlamentario europeo, a quien le exige que trate bien a "nuestro Presidente" en su visita a Estrasburgo.
Los amigos de Eduardo, que lo nombran cariñosamente en diminutivo, suponen que busca consulado. Por eso tanto fuelle. La primera opción es Sevilla, con su ventilada mansión mozárabe. Pero como pululan los aspirantes, se contentaría con Barquisimeto. Caliente burgo, pero lo importante es mamar teta burocrática. Bien se sabe que el Señor Presidente tiene el corazón grande. Se confía que en ese vasto territorio encuentre eco la plegaria del devoto poeta, y que el incienso, en vez de marearlo, lo ablande. Más ahora que Escobar acude a la intercesión de una santa, poderosa, como todas, frente Uribe, tan piadoso: Santa Teresita de Lisieux, conocida por sus devotos como Teresita del Niño Jesús. Confiesa hoy Escobar que "leí la primera vez a Santa Teresita a la tierna edad de diez años". Ya es hora de que le haga el milagrito que le venía implorando desde su ternura. Es la santita precisa para ayudarle a Eduardito, y más frente a un Presidente que es tan queridito con sus súbditos. Porque la llama de amor no merma. Agrega Escobar, para impetrar el milagrito: "Ahora tuve la gloria de acercarme mejor a esta mujercita llena de encanto. Cuyo nombre despierta notas de perfumes de rosas en el recuerdo". Lo que no se pierde es el verbo lastimoso. Merece consulado.
Hace cuarenta años, cuando estalló, el nadaísmo decía que su propósito era "no dejar una fe intacta" y que "se conservará solamente aquello que esté orientado a la revolución". Escobar, que formaba parte de la causa nadaísta, suscribió estas palabras. ¿Acaso se conservó a Uribe por "estar orientado hacia la revolución?".
Por entonces se reunió en Medellín, en el solemne Paraninfo de la Universidad de Antioquia, un gracioso "Congreso de Intelectuales Católicos". Los nadaístas lanzaron asafétida, el recinto fue invadido por un olor de los mil demonios, y los congresistas se dispersaron como palomas asustadas por un chorrillo. También lanzaron desde los balcones un "Manifiesto al Congreso de Escribanos Católicos", que empezaba así: "No somos católicos: porque dios hace días que no se afeita, porque el diablo tiene caja de dientes, porque san juan de la cruz era hermafrodita, porque santa teresa era una mística lesbiana, porque la filosofía de santo tomás de aquino está fundada en dios y dios no ha existido nunca". (todo, con minúsculas). Escobar, como miembro de la tropilla de Gonzalo Arango, suscribió tales invectivas. Teresita de Lisieux no es la misma de Ávila, pero sí comparten santoral. Aunque aquello fuera una fanfarronada, sí implica para Eduardito, hoy devoto de Lisieux, un doble salto mortal.
Porque ese manifiesto fue una fanfarronada, no la expresión de idea o convicción alguna. Un chillido pour épater le bourgeois, y, en efecto, los púdicos burgueses de la Beya Viya se asustaron. El propio Gonzalo Arango, padre del nadaísmo y autor de todos sus textos -los otros del grupo eran solo falderillos-, dio la voltereta. En el manifiesto a los escribanos, luego de decir "no creemos en dios" (era un plural ficticio, pues el pontífice era Gonzalo, y los demás, sacristanes), agregaba: "No somos católicos por respeto a nosotros mismos: porque en Colombia son católicos el tuso navarro, rojas pinilla, laureano gómez, mariano ospina pérez, alberto lleras, nuestros padres, las prostitutas, los senadores, los curas, los militares, los capitalistas. TODOS, menos los nadaístas". Ese mismo Arango escribió años después este versito: La Iglesia no es santa por ser Iglesia, / sino por ser ejemplo vivo de Cristo. Con mayúsculas.
¿Qué le pasó a Gonzalo Arango? Lo que equivale a preguntar, dada su preeminencia: ¿Qué le pasó al nadaísmo? Había escrito: "Vamos a pervertir a vuestros hijos, vamos a interrumpir vuestros sueños, señores burgueses, y a despertar en vuestras alcobas inquietudes y terribles gérmenes de zozobra". Era un bello intento de sacudir la modorra de estas castas obnubiladas y prepotentes. Ese primer trueno del Primer Manifiesto Nadaísta (1958) era duro, y hermosa su rebeldía: una imprecación contra esta sociedad pacata y torticera. Era exultante presenciar la trepidación que se producía en el pánfilo orden burgués de la Villa. Y se tenía la ilusión de que a ese grito punzante siguiera una pica demoledora. Esto es, la crítica.
Al menos, para empezar, estaba la denuncia. En el Primer Manifiesto Nadaísta: "Destruir un orden es por lo menos tan difícil como crearlo. Ante empresa de tan grandes proporciones, renunciamos a destruir el orden establecido. La aspiración fundamental del Nadaísmo es desacreditar ese orden. Al intentar este movimiento revolucionario, cumplimos esa misión de la vida que se renueva cíclicamente, y que es, en síntesis, luchar por liberar al espíritu de la resignación, y defender de lo inestable la permanencia de ciertas adoraciones. En esta sociedad en que la mentira está convertida en orden, no hay nadie sobre quien triunfar, sino sobre uno mismo. Y luchar contra los otros significa enseñarles a triunfar sobre ellos mismos". Intuía Gonzalo cuáles eran las necesidades revolucionarias del momento, y era certero al señalar, con prosa sin esguinces, la putrefacción del orden establecido. Esta declaración suya es afirmación vital, para indicar una conducta: "Hemos renunciado a la esperanza de trascender bajo las promesas de cualquier religión o idealismo filosófico. Para nosotros este es el mundo y este es el hombre". Lo que no percibía en ese comienzo es que en todo proceso revolucionario, después de la crítica viene la destrucción, y sobre las ruinas, quizás con los mismos materiales, llegará la construcción.
No solo postura vital para buscar terreno firme en este tremedal colombiano, sino plataforma para emprender aquella primera tarea del descrédito, o sea, la crítica. Pero de la punción se pasó a la asafétida, y la asafétida no es crítica sino mal olor, que se supera con un pañuelo. Y del raciocinio se pasó al chillido. A más de regar malos olores, se dedicaron los nadaístas a producir escándalos: quemar libros, dictar conferencias escritas en rollos de papel higiénico, pintar paredes con caca, insultar policías, pedírselo a las señoras. Ante el chillido, revoloteaban las "faldas asustadas", y en este nimio efecto se extinguió el vientecillo.
Pues ni siquiera se intentó la crítica sistemática del orden establecido, para lo cual ya no basta una emoción, sino que se requiere una formación. Y se trataba ante todo de desnudar la falacia del orden establecido, vale decir, del orden político, en el cual se incluye, es obvio, la literatura, la cual era solo objetivo marginal. Tenía, Gonzalo, la virtud esencial para intentar aquel desnudamiento: la conmiseración, que es sentir como propio el dolor de la miseria ajena. Como Maiakovski -según él mismo proclamaba- era todo corazón. Pero Gonzalo carecía de formación política; en esta materia tenía conocimientos escasos, era conocedor de la literatura, había hecho algunas lecturas filosóficas esporádicas y superficiales, y su ignorancia de la historia y de las demás ciencias sociales era abismal. No estaba capacitado para ese intento revolucionario, y al querer alzar el vuelo, se desplomó. Y los demás del grupo no pasaban de libélulas líricas. Dada esa impotencia, que deshacía aquella ilusión, se dedicaron al escándalo para espantar burgueses y asustar faldas, a las relaciones públicas y a su propia promoción publicitaria, para así mantener los favores de la burguesía. Los Borbones gozaban con los bufones, y eran estos los únicos que podían decir groserías en Palacio y mostrarle el pipí a la Gran Duquesa. Los nadaístas se convirtieron en los bufones de la burguesía criolla.
Gonzalo era ser de fina calidad humana. Ternura y compasión frente al mundo, y más, frente al mundo de los desheredados. Qué alegría estar con él y qué dicha conversar con él, por horas y horas, hasta la madrugada. Tomando una expresión de Fernando González, dijo una vez que éramos presencia en la intimidad. Y esto me escribió en la dedicatoria de un libro suyo, Nada bajo el cielo-raso: "Para Alberto Aguirre, que me ha salvado del suicidio y de la soledad". Más duele la dimisión. Gonzalo era un excelente escritor. Tenía el amor y la vocación de la palabra, ya había aprendido a huir de la retórica, y a expresarse sólo cuando era sacudido por una emoción. Ese texto, Medellín a solas contigo, es obra dulce e inclemente: "Medellín, no has tenido tiempo de aprender a vivir, solo sabes trabajar y morir. Eres incapaz de producir un líder, ni siquiera un mártir. Porque antes de que el Iluminado diga su mensaje de salvación, tú ya le has ofrecido un puestecito en el Banco Comercial Antioqueño, y lo conquistas para heredero de tus tradiciones, socio de la Venerable Congregación de los Fabulosos Ingresos Per Cápita, y Caballero del Santo Sepulcro".
Antioquia es como aquel monstruo de Goya en Las pinturas negras: se alza entre el monte, y con sus dos manos aprieta a la criatura y la devora.
También en la literatura se frustró Gonzalo Arango. Unos pocos textos como aquel. Una novela lastimosa, Después del hombre, unas obrillas de teatro vergonzantes, y una poesía enteca. Esa doble frustración -política y literaria- es lo que da tristeza. Y el nadaísmo no dio origen a un movimiento literario. ¿Dónde está? ¿En quién se manifiesta? ¿Y cómo? No se puede vivir de retóricas bufonescas. Solo queda un texto acertado y amargo, El amor en grupo, de Humberto Navarro, novela urbana en un medio que apestaba todavía a boñiga, los cuentos de Jaime Espinel, los primero versos de Eduardo Escobar, de Jaime Jaramillo Escobar, de Amílcar Osorio. Obra magra. Y sin huella.
Y de la revolución anunciada no quedan ni trazas en el viento.
En el horizonte solo queda el consulado.

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