Las asambleas de copropietarios representan, sin duda, el ejercicio democrático más torpe y más deprimente del planeta. Un salón de techo bajo y curules de plástico, donde hasta las fiestas más alcohólicas resultan aburridas, sirve como escenario para una reunión en la que se discuten las quejas de los vecinos neuróticos y se aprueban las trascendentes propuestas de los vecinos desocupados. Con el agravante mayor de que el salón comunal, con sorna evidente, le entrega un eco de grima a las intervenciones de los oradores. Para que el patetismo sea completo, un celador curioso ronda el congresillo y hace las veces de custodio marcial. Las notas de un himno convertirían la escena en una caricatura insuperable.
Solo algunos desequilibrados esperan con ansia la convocatoria a las asambleas de pacotilla. Al comienzo todo es apatía y silencios largos, desdenes tibios como los saludos de ascensor y ardorosos deseos por escapar de la órbita de esos inmediatos desconocidos. Pero poco a poco se presenta una terrible transformación, un cambio de humores inspirado por el recelo y las rencillas ocultas, por el aguijón malsano de los egos y el ánimo tramposo de las competencias infantiles; aparece entonces un súbito delirio legislativo, un combate largo que versa sobre las particularidades del parqueo, los peligros de las escaleras húmedas, la venta de cigarrillos en las porterías y el comedimiento del hombre de los oficios varios. Los publicistas se han convertido en negociadores implacables, los ingenieros son ahora precisos leguleyos, las amas de casa han tomado el timbre de las oradoras combativas y solo la arrogancia de algún abogado y sus mentiras logra poner fin al coloquio de los sordos propietarios.
El ejercicio colegiado de debatir insignificancias como si se tratara de cuestiones constitucionales logra que los vecinos se miren con renovada aversión. Ahora son una hermosa colmena de amargados, intransigentes y maleducados. Títulos que solo se registran en las actas levantadas de puertas para adentro.
Pero el pecado más grave de las deliberaciones no es la ridiculez sino la mezquindad. El orden del día está rigurosamente cargado de quejas puntillosas contra aseadoras y porteros. El consenso entre copropietarios renace con las proposiciones para acordar mecanismos que permitan pagar menos y mandar más. Es lógico que vista desde lejos, bajo los resplandores del neón, esa reunión de vecinos tenga el aire de una ceremonia triste y desangelada, digna de una religión burguesa y marchita. Tan solemne como vulgar.
Solo la asistencia de un asambleísta un tanto estrafalario en sus alegatos y propuestas puede alejar un poco el tedio de las sesiones. Un vecino de dudosa procedencia, con tres parqueaderos bien ocupados y costumbres bullangueras, logra tensar las discusiones más allá de las falsas cortesías y calentar un poco el ambiente. Es el sabotaje de la diversidad obligada, impuesta bajo las buenas referencias de los pagos de contado. El boyante copropietario propondrá música para los ascensores y dotación de mayor calibre para la celaduría, mientras la asamblea en pleno muestra su ceño digno y su voto de censura. Un justo sobresalto de la picaresca para sacudir la compostura ambiente. Es bueno decir que las histéricas también pueden llevar un poco de alegría al aire parco de las dumas vecinales.
En últimas, nada justifica la asistencia a la más tonta de las ágoras. Más vale vivir bajo la insignificante dictadura de un sátrapa del mismo piso y obedecer las normas de una beata con ínfulas de Savonarola, que aburrir el pellejo con un solo minuto de sesiones ordinarias.

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