Argáez me abraza emocionado, mientras les recuerda a Soto, Monsalve, Ramírez y Pedraza aquel día en que, en menos de cuatro horas, me emborraché, se lo pedí a la hermana de Hurtado, me dieron en la jeta y vomité en un taxi. Una dicha. Hace 20 años nadie me tocaba el temita. Gracias, Argáez, eres un tipo muy atento. Siempre es una maravilla tener esta especie de unidad de memoria bípeda cerca en las reuniones de ex alumnos del colegio, que son, un poco -¿un poco?- reuniones de ex amigos. Gente que lo quiso a uno como uno era, pero uno, por fortuna, ya no es lo que era. Uno ya no vomita taxis ni bolea puños con la gente, ni se lo pide a las viejas borracho. Bueno, la verdad es que uno sigue haciendo todo eso, pero no hay un colegio entero como testigo de cargo.

Yepes y Troya comentan que sí, que finalmente Duarte resultó ser "un cacorrazo". "¡Qué berraquera estar con ustedes, hijueputas!", grita Rodríguez mientras me estruja desde atrás y me riega el whisky encima. En clase ni me hablaba. Ovalle, que está casado con una ex novia mía, me regala su mejor sonrisa desde el otro lado del salón. Alcanzo a oír que Fajardo comenta algo jarto sobre él. ¿o sobre mí? No sé, teníamos la misma novia y aún tenemos el mismo nombre. Téllez está regio: pesa 122 kilos, se le cayó el pelo, tiene la piel manchada y me habla con un cálido aliento encebollado. Choque de vasos con Arizmendi, del que tengo tres recuerdos claros: no decía groserías, se le hinchaba una vena en la frente cuando se reía y le presté en sexto de bachillerato mi libro más querido, uno del Reader's Digest sobre hechos inexplicables, que nunca me devolvió. La no devolución sigue siendo un hecho inexplicable, y siempre me prometo pedírselo, pero me puede más el pudor del pendejo. Argáez, ahora un poco pasadito de copas, está contando, con detalle insoportable, sobre aquella vez en que yo me "chupé" a la vieja más fea del Siervas de San José.

Nerea vive en California y es fotógrafo. Gana muchos dólares. Todos nos damos cuenta. Lo quiero mucho. Su mamá aún es amiga de la mía. Su hijo no habla español. Cada vez que lo veo, él me recuerda lo bien que le ha ido en Estados Unidos y yo le recuerdo lo importante que es enseñarle español al chino (los chinos aprenden fácil el español. y, supongo, el mandarín). Antequera va de grupo en grupo pidiendo que apuremos el trago, porque nos vamos a donde las putas. "¡A pichar, cabrones, a ver si les queda enjundia!", grita desesperado. Y, hablando de putas, Argáez aprovecha para contar que en la excursión de sexto a Cartagena, Nerea y yo fuimos de los pocos que no logramos "coronar" y tuvimos que ir a buscar consuelo de última noche en un prostíbulo llamado El Faro, donde encallamos casi todos los feos del curso. Menos Argáez, que era -y parece que sigue siendo- tan fogoso como el Galeras de su tierra natal. Irizarri imita al padre Guevara, de física, que hablaba como un canarito, y Salazar cuenta que el otro día se encontró a Chiriviquí, el de biología, en Carulla.
 
Argáez se acerca de nuevo para chismosear que logré graduarme porque mi mamá llenó la casa de las escobas y cremas Amway que vendía "desinteresadamente" el profesor Aguilera, de matemáticas, y su esposa Dalila, de química, a todas las madres de los habilitadores y rehabilitadores como yo. "¡Donde hay un bartolino hay un caballero; donde hay dos, hay tropel!". No sé quien lo dijo, pero veo a Argáez clavándole a Duarte mucha palabra necia sobre sus preferencias sexuales. Duarte, que tiene medio metro más que Argáez, prefiere dejar la cosa "de ese tamaño" y se va de la reunión. Jamás volverá. Hace bien. Estamos -¿estamos?- todos listos para irnos donde las putas. Se acabaron los pasabocas, una especie de galletas viejas de soda con carne de diablo Rica Rondo, y el whisky, finísimo John Thomas, envasado e hidratado en la sabana cundiboyacense, también amenaza con escasear. Carranza, que trabaja en una universidad del Opus, está pendiente de lo de las putas. Argáez está a punto de cascarle a González, quien ha cometido el pecado enorme de contar quién sabe qué detalle olvidado de la apasionante "argaología". Los separa Fino, que es médico y abstemio. Hace 20 años Fino era fino, y Argáez era Argáez. Nada cambia. Ni hoy ni en la próxima reunión de ex alumnos, cuando intentaremos sentirnos bien hablando de todo aquello que nos avergüenza.

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