El mejor propósito que puede hacer uno para el año entrante es el de evitar a toda costa los consejos comunales que preside el preside Álvaro Uribe. Se lo dice alguien que ha sobrevivido a tres de ellos, y de manera estoica, que es como le gusta a nuestro mandatario. Es decir sin haber dormido más allá de las precarias cinco horas que él duerme, sin haber desayunado a una hora decente -como se acostumbre en las urbes, no en el Ubérrimo- y sin haber infringido el estricto dogma uribista. A saber: no se debe llegar al aeropuerto de Catam un minuto después del Presidente ni pedir whisky en el avión, como lo hizo una ex ministra del Medio Ambiente en un momento de debilidad. Tampoco es bien visto levantarse del pupitre durante las maratónicas sesiones, las cuales pueden durar diez, doce y hasta catorce horas. Ni siquiera para hacer pipí. Por ello no es de extrañar que muchos jefes de instituto se ufanen de haber aprendido a contener su vejiga como tributo a su presidente, un cuerpo celestial que no pierde tiempo regando las matas. Solo se ausenta por pequeños instantes en los que generalmente se retira de la tarima para manejar desde su celular el secuestro de un hacendado amigo suyo, o para estar al tanto de una operación militar contra las Farc, esa culebra viva que no ha podido matar.
Un buen funcionario del régimen es aquel que estoicamente se siembra en su banca, no va y sea que al gobernante le dé  por requerirlo y preguntarle una cifra. Para los que no están al tanto de lo que sucede en el Olimpo uribista, las cifras son la única pasión real que atribula al Presidente hasta el paroxismo. Incluso, mucho más que su caballo Crespón. Por una cifra mal dada o ignorada, muchos son los "ministricos" y vices que han quedado tendidos por el suelo, luego de ser recriminados duramente por el Presidente en tiempo triple A. Por eso, si uno quiere sobrevivir en esta selva, no se puede ir a ningún consejo comunal sin saber el  precio del dólar de ese día y a esa hora; el del PIB, el del índice de inflación nacional, regional y local, el del.
Quienes asistan a todos los consejos comunales de cada sábado, tendrán como recompensa la entrada al cielo uribista. Esa es la buena noticia. La mala es que los consejos comunales son incompatibles con la vida conyugal -casi todos los que se montan en el avión todos los sábados terminan separándose de manera inexorable. Pero, ¿y quién no se somete a este sacrificio para llegar al cielo uribista y trabajar al lado de luminarias como Mario Uribe, Alonso García o 'el Negro' Martínez?
Pero no solo por razones mentales y físicas es mejor no ir a un consejo comunal. También porque en el fondo estos escenarios son una farsa mediática que está hecha para verla por televisión, como quien ve un reality de esos que han inundado la televisión colombiana. Cuando nuestro gobernante-candidato, sin ningún reato, promete "carreteritas" y "obritas", recurriendo siempre al embrujo del diminutivo, y reparte sus "chequecitos" entre sus potenciales votantes, al lado de figurones uribistas como Moreno de Caro, infaltable ya en estos ágapes patriarcales, las cámaras solo se fijan en la figura estelar de Uribe a la que es imposible no reconocerle el factor X. Sin embargo, no muestran las otras caras. La de los afanados ministros, o la de sus atribulados vices -apuntando en sus libretas, en medio del sudor infernal que producen las potentes luces que se necesitan para la transmisión de televisión- las atrevidas promesas presidenciales. Solo ellos saben que no hay plata para tanta "carreterita"  ni para tanta "obrita".
Si por televisión se ve a un presidente cercano a las inquietudes de la comunidad, fuera de cámaras a los campesinos que asisten les toca atravesar un estricto filtro hecho por la oficina de la presidencia y por la gobernación pertinente. Todo ello para evitar  episodios tan farragosos como el del alcalde que en un consejo comunal se salió del libreto y denunció ante el Presidente que los paras lo tenían sentenciado de muerte, promesa que cumplirían las AUC días después. De ahí que las preguntas que se hacen deban estar aceptadas de antemano y no las puedan cambiar a último momento. Nadie puede hablar de política. aunque si se trata de alabar al Presidente y aupar su reelección, se permiten ciertas licencias como las que se le dan a Moreno de Caro.
Ante este escenario, no nos queda sino a agradecerle a Ley de Garantías que haya prohibido su transmisión por televisión. No sé ustedes, pero yo me quedo con Factor X.

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