Durante la cena en la que los padres de ella lo conocen a él, el suegro le pregunta al novio: "Bueno, Adalberto, y ¿a qué te dedicas?". La novia, más azorada por la posible respuesta que por la pregunta, intenta desviar la atención. Pero un firme Adalberto le pone el freno de mano y replica: "Tranquila, amor, déjame hablar con tu padre. Yo me gano la vida manejando un carro, señor".

Al otro lado de la mesa, la cara de desaprobación de la refinada madre no se hace esperar, y mientras mantiene la mueca mete la cucharada para arremeter con el siguiente cuestionario al confiado Adalberto:

—¿El taxi es suyo al menos?

— No, señora, no manejo taxi.

— ¿Entonces qué? ¿TransMilenio o buseta?

— Ninguno de los dos, señora.

— ¡No me vaya a decir que es volqueta!

— No, suegrita, lo mío tiene que ver con el deporte.

La suegra comienza a cambiar su cara de indignación por una expresión de optimismo, y devuelve el tenedor a la mesa para preguntar esperanzada: "¿Usted corre carreras, como Montoya?". Adalberto toma aire. La madre abre boca y ojos aguardando el anhelado "sí" para darle la bienvenida a su yerno. Pero Adalberto la desinfla: "No, suegrita, yo manejo el carrito que recoge a los jugadores lesionados en el estadio. Sólo trabajo un día a la semana, pero eso sí, le aseguro que camello como un verriondo". Por supuesto la cena no llegó al postre.

Adalberto tenía razón. Camella como un verriondo porque el fútbol colombiano está plagado de jugadores que se tiran al piso para simular lesiones y así quemar tiempo. Siempre he creído que si a un futbolista le meten un patadón de verdad, se tulle del dolor. Las fuerzas no le deben dar para rodar por el pasto y sobarse rodilla, tobillo y cara de manera desesperada con una mano, mientras que extiende la otra hacia el firmamento clamando por el carrito. Es casi como si estuviera parando un bus. Solo le falta preguntar: "¿Este pasa por Oriental?".

Por culpa de tantos de estos 'lesionados' es que Adalberto tiene camello. Sabe que tiene que llenarle el tanque porque, no importa quiénes jueguen, el carrito va a tener que entrar un montón de veces al campo. Y entrará despacio por supuesto, porque el carrito tiene que andar despacio, no vaya y se les accidente un 'lesionado' y toque ir a comprar tiza blanca para echar croquis.

Y detesto que Adalberto tenga camello como un verriondo, porque el carrito saca de quicio a cualquiera. Porque es el carruaje de la marrullería. ¿Cuántos puteadones no se habrá ganado Adalberto por tener camello como un verriondo? Supongo que muchos, por culpa del letargo que produce el carrito robado del golf. También supongo que pocos en inglés, aunque fueron los gringos en su detestable mundial de 1994 los que pavimentaron las carreteras del carrito para el soccer. Con su mercadeo-parafernalia introdujeron también en USA'94 el césped artificial, los uniformes de árbitros con visos de colores y los nombres estampados en las camisetas de los jugadores (debo admitir que esto sí me gustó).

Pero no es de estadio colombiano, cuna de todo tipo de groserías y donde los madrazos son operaciones matemáticas ("árbitro setentahijueputa", por ejemplo), putear en inglés. Insultos como "Corré, mijo, no seas tan sanababish" o "Línea, deje jugar, deje de ser ladrón, Foc-yu", no son de fanáticos colombianos, como no es de acá el carrito. Por eso me quedo con la camilla, porque el único carro que sirve en un estadio para salvarle la vida a un futbolista es una ambulancia, no el que maneja Adalberto.

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