Vuelven las reinas y la insustancialidad de todos los medios, que se entregan a la orgía de vendernos los necios secretos de las divas, sus novios y hasta de sus ridículas mamitas disfrazadas, y, claro, también cosméticos, cremas para las arrugas o las estrías y productos suntuarios.

Si el ruido del certamen se redujese a esos dos días en los que el país entra en vilo para escoger una soberana que en los siguientes 365 días encarne la belleza nacional, no habría nada que comentar.

El ataque mediático que nos deja intoxicados hasta el siguiente año se inicia a mediados de octubre, cuando Cromos —esa deliciosa revista semanal en la que se leen las libertarias columnas de Alberto Aguirre, que nunca me pierdo— agita el ambiente encendiendo las cámaras y los flashes del archiconocido Minicromos, donde por primera vez las aspirantes al inmortal cetro se encuentran con la prensa. Allí recibimos, los colombianos, la primera descarga de noticias babosas "sobre la magia de la belleza de las mujeres colombianas", o sobre "las pieles bronceadas de las candidatas que se vistieron de amarillo y deslumbraron bajo el intenso sol de Barú", y las advertencias de que este concurso será más reñido que los anteriores.

Llega el lluvioso noviembre y las reinas del año anterior, que los mismos medios pulverizaron o envanecieron en sus días de gloria, después de un ajetreado año de ejercicio de sus intensas responsabilidades, regresan con la frágil aureola que da la madurez adquirida a última hora, a promover la dulce venganza de ridiculizar a sus sucesoras, con la autoridad de su nuevo oficio como periodistas expertas en la materia. En efecto, no hay un solo noticiero de televisión, ni una sola cadena radial, ni periódico o revista que, por estos días de frivolidad, no nos sometan al suplicio de tragarnos enteros los sapos que fabrican en las salas de redacción, cuando habilitan como avezadas periodistas a otras reinitas, que de las pasarelas saltan a ocupar espacios generosos en los noticieros y en los diarios, para que digan y escriban toda clase de boberías.

Amparito Grisales, el símbolo sexual de los 80, hoy con sus primeras señales de jamona bella, regresa con su áspera voz ronca a sentenciar cuál de las reinas tiene operaciones o celulitis; Paula Andrea Betancourt pontifica sobre cómo mantenerse en forma a pesar de tres partos, así guarde silencio sobre las diez horas diarias de gimnasio; Margarita Rosa de Francisco insiste en su envejecido cuento de que es una incomprendida y que todavía no se halla porque sigue en su búsqueda interior; Isabela Santo Domingo, desde su ampulosa condición de escritora tan exitosa como Gabo, Daniel Samper y otras celebridades, lanza dardos a las "niñas" que solo ella comprende; Paola Turbay, sonriendo a diestra y siniestra, con su voz nasal refresca sus recuerdos, y la faraona, doña Pilar Castaño, en vivo y en directo, con sus comentarios nada clasistas, abunda en detalles sobre los canutillos de los millonarios vestidos elaborados por unos costureros tan dulces y fatuos como los peluqueros, cirujanos plásticos y chismosos que se concentran en Cartagena.

También las chaperonas roban cámaras, esas cuidanderas de falsos virgos restablecidos con himenoplastia, que hace unos años quedaron en ridículo, cuando fueron burladas por una candidata que llegó coronada, pues resultó ser una amazona casada que, además, estaba preñada.

La prensa seria también hace su recreo. Columnistas aguerridos toman partido por la mujercita de sus preferencias, y compiten en audacia y talento con Poncho Rentería, mientras otros comunicadores recogen impresiones de los ministros y altos funcionarios que al ser interrogados para las noticias del "entretenimiento" se deshacen en elogios por una señorita que en su opinión merece la presea.

Mientras todo eso sucede, clandestinamente tiene lugar un reinado popular en los barrios pobres del Corralito de Piedra, pero los medios poco se detienen en él, ni hacen cábalas sobre las participantes o sus atuendos, ni permiten que el grueso del público pueda recordar sus nombres, porque para estas emperatrices de barro no hay filmadoras ni micrófonos, ni hay Natalias París que les interese la hermosura de las humildes.

¡Ah!, esta es Colombia. El país que hace 21 años ni siquiera consideró la posibilidad de suspender el torneo de la época, a pesar del asalto del Palacio de Justicia y la avalancha de Armero. Entonces como hoy, los medios optaron por la bacanal de la banalidad. No hay duda, eso vende más que el terror y la tragedia.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.