Un hombre eyacula aproximadamente 7.200 veces en su vida, pero en mi caso solo lo haré en 7.199, porque cierta parte de mi cuerpo me dejó morir cuando yo me la he pasado más de 20 años haciendo cosas irracionales para darle gusto.

En 1994, antes de que Angélica, una estudiante de psicología, tomara la decisión de dármelo me lo prestó varias veces en la sala de su casa. Casi todas las noches ella iba de un libro a otro tratando de entender a Maslow, Skinner y Wundt, y yo, con paciencia, la acompañaba revisteando datos curiosos como las dimensiones de un pene en erección, que varían según su nacionalidad: un francés alcanza los 16 centímetros mientras que un coreano apenas llega a los 9,6. Los colombianos tenemos un promedio de 13,9, con lo que nos ganamos el calzoncillo de la regularidad. Leí que durante la eyaculación el semen alcanza una velocidad de 45 kilómetros por hora. Dato que me impresionó por la imagen mental de dos hombres: uno torciendo los ojos y el otro apuntándole sus partes nobles con un radar de los que usan los policías de tránsito para detectar los excesos de velocidad. Cerraba la revista y miraba a Angélica con una sonrisita maliciosa que ella no detectaba porque en ese entonces no existían creativos de agencias de publicidad homosexuales que pusieran en alerta a las mujeres con campañas de gaseosas en las que se develara nuestra verdadera intención. Después de esperarla en la playita de la universidad, de lidiarle las tusas, de ofrecerle mordiscos de mi quesito pera y de tratar de no dormirme cuando me hablaba sobre el tratamiento cognitivo-conductual del trastorno de pánico y la agorafobia, era hora de reclamar lo mío. Inventé un plan cognitivo-sexual para que su pensamiento de hippie de los años noventa y mi testosterona se fueran a acampar al Neusa. Le pedí a un amigo que me prestara su tienda de campaña porque estaba harto de templar carpa dentro de la ciudad. Me ofreció una lámpara y dos bolsas de dormir, pero le advertí que solo me llevaría la carpita, porque deseaba andar empeloto.

Después de viajar como tres horas entre un bus que andaba a velocidad eyaculatoria y de oír la vida íntima de casi todos los pasajeros, el paisaje me hizo sospechar que el Neusa no pertenecía al piso térmico que yo tenía planeado llegar. Revisé mentalmente el contenido de mi morral y en ningún lugar estaba alguna prenda abrigadora. Como el sol calentaba mi sombrerito negro y mis brazos, me relajé. Por fin llegamos al Neusa: un lugar completamente helado. Nos recibieron hectáreas enteras de pinos que a los ojos de Freud solo podrían interpretarse como bosques eróticos repletos de gigantes falos. Muy a mediodía, Angélica me dejó plantado como pino sabanero. Para el almuerzo, se dedicó a recolectar hongos y se preparó una sopa con leche condensada que la puso a ver cosas extrañas. Miraba fijamente mi sombrerito y alucinaba con que yo era el muñeco de Timoteo. Me pedía que le dijera cosas como: Eres especial, nunca cambies, T.Q.M o perdóname.

A las cuatro de la tarde, le dije que ahora sí nos íbamos a portar bien o, mejor dicho, a portar muy mal. Busqué en el morral mis preservativos para tenerlos a mano. Salí de la carpa para desocupar mi vejiga. Cuando regresé, Angélica estaba desnuda con sus piernas abiertas. Me dijo: "Estoy muy arrecha. Por favor, cómame ya. Pártame en dos. Métamelo hasta donde usted quiera, métamelo hasta que me muera". Me quité los pantalones desesperadamente. No sabía si besarla o darle las gracias. Me puse en cuatro patas frente a ella, me olvidé de los condones. Tomé demasiado impulso como si fuera a cobrar un penalti y por eso, mis nalgas se asomaron por la puerta de la carpa hacia el exterior. Y en el momento menos pensado, se me metió un frío. Mi pene pasó de francés porno a pura sangre colombiano hasta llegar al coreano y, lo peor de todo, su tamaño ahora no clasificaba ni a vietnamita emboscado. Ella insistía en aquello y yo, para distraer el tema, me puse de nuevo mi gorrito timoteano la abracé y le dije: "Eres especial, nunca cambies, Te Quiero Mucho… Perdóname".

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