¡Qué actividad inútil, tibia, difusa! Tiene un poco de todo y todo de nada. Siempre hay un islandés de nombre Lars que en sus ratos libres peluquea ovejas y teje en croché, un letón hijo de un ex agente de la KGB, un gringo de 36 años que todavía vive con la mamá y un polaco que aprendió a leer a los 25 años. Y no es para menos, porque para querer ser el hombre más fuerte del mundo se necesitan bíceps del tamaño de una teta de Tatiana de los Ríos y ser un completo taimado en actividades útiles.

Se han dopado tanto que su cuerpo es una oda al desorden hormonal. Tienen el sentimentalismo de Xiomy y el falo de un prepúber (no confundir con la famosa raza de perros french púber); solo así se explica que salgan ataviados en unos hot pants en los que no se forra absolutamente nada.

En pleno siglo XXI de digitalización, dispositivos USB, iPods nano y redes virtuales, estos señores se especializan en actividades del medioevo como tumbar columnas, jalar una cadena de barco con todo y ancla, cargar racimos de plátano, alzar rocas, jalar un cañón de acero fundido y el favorito de las chicas: el paso del granjero, una especie de baile del perrito pero con un yunque de 100 kilos en cada brazo. Lo más moderno que estos cavernícolas rasurados hacen es alzar la carrocería de un carro búlgaro de los años 70 y moverlo varios metros, competencia en la que seguramente arrasaría Pedro Picapiedra con su troncomóvil.

Y para hacer semejantes cacorradas viajan por medio mundo: San Sebastián, Malasia, Las Vegas, hasta China, cuando perfectamente podrían hacerlo en el garaje de alguna casa.

Precisamente desde la ciudad china de Chengdu vi al estonio Tarmo Mitt jalar una avioneta bimotor para luego lanzar un grito de adolescente gringa en Wild On. Acto seguido llegó el presentador, un señor de 55 años, más confianzudo que José Gabriel Ortiz y con la caja torácica de Herculitos llamado Bill Kazmaier, tres veces Hombre más fuerte del mundo. ¿Cómo te sientes

, preguntó. "Pues putamente mal", hubiera respondido yo a semejante huevonada. ¿O de qué otra forma puede sentirse uno después de jalar un tiesto de dos toneladas?

Y uno es tan pendejo que se mete en la vaina y termina haciendo fuerza a la par de los concursantes, lamentándose porque Gu Yan Li quedó de último en la prueba final: levantar cinco rocas de 150 kilos en 25 segundos. Salvo que uno sea constructor de pirámides, vikingo o gladiador, ¿para qué puede servir en la vida tal habilidad?

Pero la rudeza de las pruebas contrasta con la candidez de ciertos detalles, como, por ejemplo, mostrar escenas donde los concursantes visitan un zoológico y se enternecen hasta la médula con un oso panda bebé, cual reina de belleza. Y cual reina de belleza también, responden con el mismo vuelo intelectual de un cantante de tropipop a las preguntas que les hace el señor Kazmaier después de superar cada obstáculo. Si en pleno reposo el cerebro no les alcanza para hilar dos frases coherentes, ¿qué podrán decir segundos después de hacer quince de pecho con un tronco de 200 kilos?

Y todo esto lo dan por ESPN en plena madrugada, mientras en The Film Zone dan porno suave, en Venus dan porno duro y por Discovery Channel pasan un documental de unos chimpancés hurgándose el uno al otro. ¿El hombre más fuerte del mundo? El hombre más fuerte del mundo es uno que se levanta a las tres de la mañana para ver semejante porquería.

¿Para qué tanto esforzarse, tanto alzar cosas pesadas, tanto músculo? ¿Para terminar como Jesee Marunde, un gringo de 28 años que participaba en estas jodas y que murió de un ataque al corazón mientras hacía sentadillas? ¿Sentadillas? Hasta un Teletubbie habría superado esa prueba.

Yo por eso coincido con Henrik Ibsen, escritor noruego, compatriota de Odd y Arild Haugen, esos trogloditas que han hecho de El hombre más fuerte del mundo lo que es hoy: "El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo".

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