De entrada hay que desconfiar de un deporte que es solo sonrisas. Sonrisas antes, durante los chapoteos y al salir de la piscina, sonrisas que permanecen sin importar lo que digan las paletas de los jueces. Sonrisas postizas, sonrisas de reina. Las sonrisas en el deporte, es bueno recordarlo, deben reservarse para el momento después de que el reloj, el juez o la línea de meta dan su veredicto y son, además, patrimonio de los vencedores, jamás de los vencidos. ¿Hay por dónde comparar la sonrisa, sincera y campesina, de Mauricio Soler antes de cruzar la meta en Briançon con la de una nadadora minutos antes de zambullirse?

El tema de las sonrisas podría ser un poco más digerible si se tratara de un deporte individual. Porque lo que jode, en realidad, es el tema del conjunto, las seis mujeres idénticas en apariencia y movimientos, como primas de laboratorio de la ovejita Dolly. Se trata, además, de un deporte de conjunto en el que no caben los elementos díscolos, naturales en cualquier otro deporte de más de dos. ¿Acaso se ha visto a una de las nadadoras sonriendo con menos enjundia que las demás? ¿O a una levantando la pierna que no corresponde para desentonar? No, todo es armonía, un cántico a la perfección. Qué miedo.

Junto a las sonrisas uniformes, acompasadas y sin disidentes —como de tuna universitaria—, otro tema delicado es el de la bisutería. Moñas frondosas, altas dosis de rimel y labios rojo carmín son más de un grupo de danza folclórica que de un deporte de alta competencia. A propósito: ¿hay competencia? ¿Hay tensiones y rivalidades en un deporte en el que reina el amor al arte, el derroche estético? ¿Puede haber competencia en un deporte que durante un buen tiempo se conoció como ballet acuático? Y sí, el deporte hermana naciones, une a los pueblos y forja hombres nuevos, pero su sal es la competencia, atenuada o feroz, como quieran, pero sin competencia, ¿qué queda del deporte?

Y peor que la ausencia de este ingrediente, es lo insoportablemente plano que resulta para un fanático deportivo acostumbrado a buenas dosis de endorfinas con adrenalina. Porque difícilmente en esta disciplina sucederá algo que no esté contemplado en el libreto. Que se sepa, no ha sucedido aún que una de las nadadoras, presa de la emoción, olvide controlar esfínteres o que un mal movimiento de una de las integrantes del equipo termine por fracturarle el tabique a una compañera. Y, más allá de estos improbables imprevistos, ¿qué atractivo puede tener un deporte en el que, además, el público solo puede ver una fracción, como un estadio en el que solo se puede ver la mitad del gramado?

Y atención que no hemos hablado de lo que puede llegar a desentonar una compañía de ballet en una delegación deportiva: "Que no podemos salir porque no han bajado las nadadoras, que las esperen porque no han terminado de maquillarse". "Que si por favor le bajan el volumen, señores futbolistas, que las niñas del nado ya se acostaron". "Por favor, los señores boxeadores no pueden llevar más de un par de guantes porque quitan espacio a los secadores de las niñas".

El nado sincronizado debería reconocerse como un aporte de la alta cultura al olimpismo, como una forma de llevar el deporte a lugares de otra forma inaccesibles como salas de belleza, conservatorios y clubes de Bridge. Hasta ahí. Y claro que debería tener un espacio en los Juegos Olímpicos, pero en las ceremonias de inauguración, fiel a lo que es: un deporte de exhibición. Porque si el nado sincronizado es deporte, ¿por qué no unos mundiales de zarzuela?

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