Todavía recuerdo la actitud de Francisco Roig, presidente del Valencia de España, el día que me presentó como nuevo jugador de la institución en el año 1996. Después de entregarme la camiseta blanca y de firmar el contrato, me dijo con un tono de voz fuerte y delante de todos los periodistas e hinchas: "¡No quiero que te digan 'Piojo'! Ahorae serás Claudio López". Yo le respondí tímidamente: "Está bien, presidente, pero le cuento que me llamo Claudio desde que nací y si todos me dicen 'Piojo' no es por mi culpa". Las risas de los presentes calmaron un poco un momento que fue, en verdad, tenso. Después me enteré de que, para los españoles, piojo es una palabra bastante despectiva, algo así como para decirle a alguien que es un miserable, sin plata, pulgoso. Claro que, cuando empecé a convertir goles y el Valencia a ganar partidos, al mismo presidente ya no le sonaba tan mal.

Ese ha sido el único incidente que ha provocado mi apodo desde que, cuando tenía cuatro o cinco años, a unos vecinitos del barrio se les ocurrió llamarme así. Yo era el más chico del grupo y me la pasaba rompiéndoles las bolas para que me dejaran jugar al fútbol con ellos en las calles de Río Tercero, Córdoba. Si les faltaba algún jugador se acordaban de mí, siempre como último recurso, y me venían a buscar a casa. Cuando los atendía mi vieja Esther, le decían: "Señora, ¿está el piojito?". Ahí cagué para siempre, pues desde nunca volví a tener un nombre propio. El relator de televisión Marcelo Araújo fue el encargado de hacerlo popular en Argentina, hace trece años, cuando le hice un gol a Vélez en el torneo Centenario. "Goooool… del 'Piojo' López".

Jugué cuatro años para la Lazio y nadie me decía Pidocchio (piojo en italiano). Volví a escuchar mi querido Claudio en los reportajes y a leerlo en la prensa deportiva, pero, en cuanto llegaba a la casa, mi mujer me recibía siempre con una pregunta que me recordaba lo imposible que era desligarme de él: "¿Cómo te fue hoy, ...'Piojo'?". La verdad no me molesta mi apodo y ya llegué a adoptarlo como parte de mi personalidad, aunque, ni loco se me ocurriría llevarlo en la espalda de mi camiseta. Está bien que lo haya asumido, pero todo tiene su límite.

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