Entre el grupo de gente que admiro hay personas que, además, han hecho algo por mí y es aquí donde reside la diferencia que hago entre Cristóbal Colón y Henry Ford.

El primero pasó cerca de estas tierras y abrió el camino para que los españoles se apoderaran de ellas atraídos por sus supuestas riquezas, pese a que el hermano Justo Ramón no había escrito su geografía de Colombia que maleducó a tanto compatriota, especialmente a guerrilleros, que se tragaron el escrito de que no había país igual; tal vez no lo haya, pero por otras razones.

Por el contrario, Ford, para regocijo de los cardiólogos y de algunos sedentarios entre los cuales me encuentro, sí inventó algo útil, un aparato que facilita desplazarse sin montar en bicicleta, ni en mototaxi, ni en TransMilenio, que nos protege de las alcantarillas destapadas, las aceras rotas o en pendiente descendiente (a veces hacia garajes, otras hacia la vía pública).

Cuando a mí me proponen salir a caminar, respondo prontamente que no entiendo el sentido de menospreciar al inventor del vehículo tan odiado por Peñalosa y, en general, por los recientes alcaldes de Bogotá.

Yo viajo de garaje propio a garaje ajeno y viceversa y así he vivido feliz casi 70 años, reservando mis pies para maltratarlos en París, Roma o Londres. Debo confesar que para disfrutar de algunos años más de Álvaro Uribe y sus amigos (funcionarios corruptos unos, paramilitares otros, lambones y lagartos los más), he atendido los deseos de mi cardiólogo y camino… en mi alcoba en un viejo aparato que hace tremendo ruido y que le compré a mi hijo con ocasión de un bypass.

Fue mi niñez una época de bonanza vehicular, pues si bien mi padre no tenía con qué comprar un carro, sí disfruté del Packard, del Ministerio de Hacienda (placa 004 con Salvador Patiño al timón), en el cual íbamos ocasionalmente a Bizerta, casa de campo del presidente Santos; a La Capilla, a disfrutar de la cocina de Madame Daguet o a revisar si estaban bien tenidas las casas de los adjudicatarios del Instituto de Crédito Territorial.

Era un enorme automóvil, con estribo y puertas que abrían hacia donde toca, no como ahora que están ensambladas al revés. Nos quedamos a pie en 1942, al terminar el periodo de Eduardo Santos, pero mis tías Cortés nos prestaban el Packard de ellas, ya que eran más sedentarias que yo y Zacarías Beltrán, el chofer, vegetaba en la calle 13 con cuarta durante buena parte del año.

Atado nuestro transporte al servicio público, recuperamos el 004, y a Salvador Patiño, en 1944, cuando López reestructuró su gabinete, y volvimos a perderlo en 1945 por culpa, dicen algunos, de Laureano Gómez. Pero bueno, el tranvía era un gran medio de transporte, pero a este lo odiaba Mazuera y entre los bochinchosos del 9 de abril y el fogoso Alcalde, lo acabaron.

Gracias a que el buen amigo Antonio Puerto era el concesionario de Packard, mi padre —quien ya trabajaba en algo económicamente productivo— pudo recibir uno de los primeros que llegaron a Colombia después de la guerra (1946) y recuperé la tranquilidad. Sin embargo, ya instalados en Chapinero, tocaba recurrir al bus de Usaquén, o a Sidauto para movilizarse y tan ingrata situación se prolongó para mí hasta 1957 o 1958, cuando don Gabriel Cano, agradecido por haber ganado mi padre un cuantioso pleito a favor de El Espectador (no habiendo cobrado honorarios), le envió a mi madre un Volkswagen anaranjado que creo que aún rueda en algún lugar de Colombia.

Entre 1946 y 1957 sufrí todo género de humillaciones pues mi padre, quien nunca logró aprender a manejar, no me prestaba el carro —no sé si por creer que ese problema era hereditario— y yo tenía que recoger a la novia de turno en carro con chofer y manejar solamente romances, pero bajo el ojo vigilante de Absalón Rangel.

El VW fue algo así como el 20 de julio de 1810, pero mejor, pues mi madre tampoco manejaba y las finanzas familiares no daban para dos choferes. En ese momento creció mi admiración por Henry Ford, pues recuperé la perdida libertad de movimiento en una época cuando, además, los alcaldes no protegían los costosos estacionamientos a $1.200 el cuarto de hora.

Tuve suerte con el maravilloso vehículo y solo un grave accidente del cual resultó malherida una buena señora que se bajó de un bus y en plena ola verde pasó por delante de él y se me apareció sorpresivamente a pocos metros; fue un drama terrible y mientras se investigaba me forzaron a firmar un libro semanalmente. Primero, quincenalmente; después, en un juzgado de instrucción cerca de Bavaria. El carro, ya en poder de mis hermanas, dejó tendidos en el campo, un poste de alumbrado y dos vacas.

Probada mi inocencia, viajé a Bruselas en donde procedí, con sendos préstamos del Bank of America y de la Société Générale a adquirir un Fiat 850 (US$1.500) para mi esposa y un Opel Kadett (US$2.000) para mí. Esos carros le sirvieron a José Ignacio Vives Echavarría, calumniador profesional y pésima persona, padre de otro amigo del Presidente, ex jefe de Control de Estupefacientes, para tratar de tumbar a mi padre de su alto cargo.

Pero esto, y mucho más, quedará para otra ocasión pues los automóviles y yo tenemos, como decía Felix B. Caignet, una historia de amor y dolor, que incluye mi presidencia de la Asociación de Concesionarios Renault y de la Federación de Concesionarios de Colombia (Colmotores), y otros temas.

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