Que las mujeres manejen busetas, se encaramen en andamios a pegar ladrillos o jueguen fútbol me parece perfecto. Que dirijan empresas, comanden ejércitos y gobiernen, mejor. A medida que esta triste especie progresa, la inteligencia supera la fuerza bruta (soñar, soñar.), y ellas, antaño sometidas por falta de potencia muscular, florecen brillantes en todos los campos de la actividad humana.
Pero mientras la mayoría avanza firme, con las medias veladas tensas y los tacones bien plantados, un grupo de desadaptadas (que en todas partes los hay) se empeña en desconocer lo mejor del género femenino, persiguiendo lo peor del masculino.
Estamos de acuerdo, pocas cosas hay en el mundo más ridículas y tristes que un fisiculturista. Pocas cosas más absurdas que un hombre que dedica todo su tiempo y esfuerzo a inflar artificialmente unos músculos ociosos; que un fortachón que no usa sus piernas y sus brazos deformes más que para exhibirlos, brillantes de aceite, frente a un público enfermo que disfruta viendo monstruos grasosos contorsionándose en calzoncillos.
Pocas cosas, repito. Entre las peores, la mujer fisiculturista.
Esta criatura musculosa desconoce lo esencial: los hombres somos feos. Torpemente divertidos, tal vez, o bien intencionados, pero jamás bonitos. Nuestros cuerpos peludos y barrigones son el reflejo de una disposición natural para alzar bultos y abrir frascos. Poco más hacemos bien.
Pero la estupidez existe, y la terquedad casi siempre la acompaña. La mujer cuajada, profundamente equivocada, persigue la igualdad de género en el único lugar en el que no tiene sentido buscarla.
Su error la lleva lejos. Las poderosas dosis de testosterona que toma para aumentar de tamaño empiezan regalándole una graciosa barbita que ella, todavía muy femenina, adorna con trenzas. Desaparecen sus apetitosos senos, se pierde su cintura. Con el tiempo empieza a parecerse a Leonel Álvarez, a hablar como Leonard Cohen, a desear sexualmente a Michael Jackson. Le salen callos en las manos y pelos en las nalgas. Lo peor: para nada
El engendro resultante, rompecabezas monstruoso con las piernas de René Higuita y el cuello de Mike Tyson, no comparte con sus colegas varones la posibilidad de aparecer, al menos, como extra muda en las peores películas de acción. Ni en afiches, ni en anuncios de vitaminas o programas de Hulk. No la contratan como instructora en un gimnasio, bailarina exótica o portera de discoteca.
Limita su actividad a participar en exhibiciones especializadas, en las que, como curiosidad excepcional, comparte categoría con fisiculturistas enanos, hermafroditas, minusválidos y ancianos. Luciendo una tanga innecesaria aparece en una tarima, desfila y fuerza muecas de estreñimiento. Nada más hace.
Se pierde mucho por muy poco, es claro. Tal vez por ello, grupos organizados de detractores piden a gritos la abolición total del fisiculturismo femenino. Argumentan que es una perversión, una injusticia, un desperdicio. Lo comparan con los peores vicios y aberraciones.
Yo, que los apoyo, tengo otras razones. Exijo su prohibición porque es la prueba definitiva de que, cuando se lo proponen, las mujeres nos pueden superar en todo. Incluso en dos de las cosas en las que, creí, éramos insuperables: tontería y fealdad.

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