La marcha, el pedestrianismo, o el también llamado plusmarquismo, tiende como el dedo meñique del pie a desaparecer. Y no es para menos. La marcha no es un deporte, no puede serlo, no es inherente al ser humano. Y esta aseveración no tiene que ver con que los practicantes en las competencias parezcan travestis que acaban de ver un carro de la policía. Finalmente, quién no tiene un amigo travesti. O un familiar. Pero no, no me refiero a eso. Tampoco a que estos atletas parezcan víctimas de una enfermedad diarreica aguda deshidratante dirigiéndose al baño. Porque quién no ha padecido disentería después de ingerir Pony Malta. Menos que sus atletas parezcan con una hemiplejia propia de las Habilimpic. No. Por nada de lo anterior. El problema de este deporte olímpico es otro.
Vayamos a la teoría. Deleitémonos por un minuto con la lectura del artículo 230 de la International Association of Athletics Federation (IAAF), que al tenor reza: "La marcha atlética es una progresión de pasos de tal manera que el marchador se mantenga en contacto con el suelo, a fin de que no se produzca pérdida de contacto visible. La pierna que avanza tiene que estar recta desde el momento del primer contacto con el suelo".
Ahora analicemos todas las consecuencias que trae esta definición.
¿Cuántos árbitros debería haber entonces por competencia? La respuesta es obvia, uno por participante. Uno que tiene que estar viendo paso por paso si el atleta levantó o no el pie del piso. Pero eso no es lo grave. Supongamos que se presenta una discusión entre un atleta y un juez. La lógica argumentativa solo podría ser esta: "Que sí pisé". "Que no pisó". "Que sí pisé". "Que no pisó".
Vayamos ahora a una charla técnica, a las instrucciones del entrenador. Solo podrían oírse indicaciones como esta: "Vamos. Yo veré ese contactico permanente con el piso y esa piernita estiradita, vamos, lo que le enseñé". Y no faltaría el colombianote que se la juegue por un: "Cuando no lo esté viendo el juez ¡corra!, ¡arranque a correr, avispado!".
Pasemos al aficionado. Primero, hagamos de cuenta que existe uno. Ahora imaginémoslo alentando a su atleta. ¿Qué le gritaría? No podría ser un: "¡Vamos con todo!". No. Si el atleta va con todo estaría corriendo. Sólo podría animarse a un "¡Vamos con casi todo! ¡Vamos casi rápido! ¡Vamos más o menos!". Podría también aventurarse con un "¡Vamos a mover esa cadera!" o, si se tratara de un puertorriqueño, un "¡Vamos a mover el esqueleto!".
Pasemos al caso hipotético de una transmisión en directo por ESPN. ¿Qué nos mostrarían? ¿Una toma en cámara lenta del atleta cogiendo una curva al vaivén de sus caderas? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a vernos a las 4:00 de la mañana la pole del circuito de marcha de Malasia?
Vamos a lo romántico del deporte. Hagamos de cuenta que Rocky I era plusmarquista. Y que en la escena en la que corre triunfante a las 5:00 de la mañana y sube unas escaleras lo hace marchando y seguido de cientos de niños que a la vez marchan moviendo sus rabitos escalera arriba. ¿Habría habido cuatro Rocky más después de eso?
La marcha, como deporte, no tiene ningún sentido. Es contranatura. ¿O quién de nosotros utiliza la expresión: plusmarquemos que tenemos afán? ¿Quién ha visto un día de lluvia que unos corran y otros plusmarquen? ¿A quién que lo llame su jefe se le ocurre mover la cadera sin despegar los pies del piso para llegar más rápido?. Ah, bueno... entonces eso no puede ser un deporte.

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