De la Nascar nos enteramos dizque por Juan Pablo Montoya y, desde entonces, pocos planes son más amenos y constructivos que dedicarse a verla por televisión. Yo me divierto mucho. Aunque reconozco que no soy un experto en el tema, me parece un espectáculo muy superior al de la F1 o al de cualquier otra modalidad de automovilismo. La Nascar no se enfrasca en la cuestión de tecnología e innovaciones que sumergen a la F1 en tanto escándalo de espionaje industrial y cruces de e-mails entre los pilotos y los técnicos de los equipos.

La National Stock Car es un campeonato más cómodo y menos complicado. Más caserito diría uno. Son carros de la calle que se le miden a darse contra las paredes y salir volando en espectaculares accidentes que involucran no a uno ni a dos ni a tres, sino a veintenas de automóviles a los ojos de miles de espectadores morbosos como yo, que se preocupan más por la cantidad de volteretas que da uno de esos bólidos, que por las mínimas posibilidades de supervivencia de su único ocupante.

Para entender el fondo y el objetivo de la Nascar, hay que saber que se parte de un carro modelo 75 en adelante, lleno de calcomanías de marcas de papas fritas, gaseosas o gelatinas, que, sumadas a los mil y un stickers de marcas de lubricantes y a un número de dos dígitos que mide lo mismo que cada puerta del vehículo (incluido el capó y el baúl), se pone a correr a la bartola por una pista que generalmente tiene forma orbital y cuya construcción tiene en cuenta un peralte de casi 45 grados para tratar de que algún piloto, por experto que sea, se destortille contra un muro que no tiene más de un metro con cincuenta de alto y que, de paso, pone en riesgo al público cercano a la primera fila. Sin duda, este deporte es una verdadera creación gringa que quiere ganar en audiencia a costa de la vida de cien gatos dispuestos a matarse en un carro sin más accesorios de seguridad que una malla en reata que cubre la ventana por donde obligatoriamente hay que ingresar y salir del vehículo.

Es un espectáculo que más vale ver en televisión para no oír el ruidaje tan espantoso que emiten cerca de cien carcachas, todas iguales de maquilladas, iguales de rápidas e iguales de agresivas a sus choferes. Pero tiene más ventajas como ir chequeando las posiciones de cada competidor a través de un generador de caracteres que va a la misma velocidad que los de las bolsas de valores y que lo dejan a uno más confundido que un berraco, a no ser que ya hubiéramos completado el décimo nivel en "técnicas americanas de estudio". Solo así es posible pescar la MTY que significa que nuestro ídolo Juan Pablo va de antepenúltimo.

Las reglas de la Nascar son muy difíciles de explicar: se trata de que el que llegue más rápido a la meta, gana. ¿Difícil, no? Y el que gana nadie lo conoce. Es un deporte lleno de ídolos. Debe ser por eso que sus participantes son ex alumnos del San Tarcisio, divinamente bien aperados con sus gafas de espejo de lentes rojos, sus overoles recién lavados, pero idénticos a los de Guillermo Díaz Salamanca cuando era mecánico, su cachucha de marca de llantas y un peluqueadito del Pablo Sexto saturado de gomina o "brillo húmedo" que conquista a cualquier mujer. Al final de la carrera, corren despavoridos con la cara llena del hollín del humo de los exhostos y le dan un beso a una cuchibarbie a la que le dejan toda la silueta negra pintada en la cara y un olorcillo a mensajero de moto que no se lo quita ningún baño a 40 grados de temperatura. Luego se paran en un podio y se coronan con una guirnalda de laureles, reciben un trofeo especialmente feo y se bañan en leche en vez de champaña para ser aún más chocolocos. ¿No les parece emocionante? A mí sí, pero como escribí al comienzo, no soy experto en el tema.

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