El domingo, el día ideal para sufrir los martirios de la Telepolémica.

La liga inglesa, la liga colombiana, la liga española… o cualquier liga, se convierte en la escapatoria perfecta cuando uno está en esas épocas en que no se liga a ninguna vieja. Ver a veintidós personas darse patadas y escupir con el pretexto de seguir un esquema táctico se convierte en una experiencia que anestesia la angustiosa realidad.

Desde las siete de la mañana se vive un variado menú de fútbol, pero el plato fuerte llega cuando, al final del día, aparece la Telepolémica. En este último momento se transita por el purgatorio, porque se está a menos de dos horas del nefasto lunes y, además, se está viendo el Canal Uno, que por su imagen y la gente que muestra, simula estar en el año 1982, época en la que yo era un niño y soñaba con que iban a venir tiempos mejores.

La nostalgia y la angustia se mezclan hasta que Adolfo Pérez, con su eterna cara de practicante, dice que son las diez y quince para hacernos saber que el programa va en directo. Después se abre el plano y qué regalo, a la izquierda de la mesa en forma de balón, sale Édgar Perea que, al parecer, no tiene garganta porque por ningún lado se le ve el cuello. Y para rematar, Óscar Rentería aparece, al lado derecho, con el pelo tinturado y unos ojos dueños de una actitud pendenciera.

Óscar saca su pocillo, finge que se toma un sorbo de café y pide que sean amigos para luego arrancar a insultar a Édgar. Después muestran los goles y hablan de los partidos por cinco minutos y, sin anunciarlo, comienzan a burlarse de los colores de sus corbatas o de su gusto por el golf, como si la elegancia fuera un elemento característico de sus turbulentas y bipolares personalidades.

Acto seguido, llega el momento de las microondas, y a las patadas sale Wbeimar (o Ubeimar, o Weimar, o Beimar) Muñoz que, a duras penas, logra hacer un hilarante y reducido comentario de los partidos que jugaron los equipos de su región, porque sus compañeros de programa cogen a joderlo por viejo o por enfermo.

Ahí sí Perea y Rentería están unidos, atacados de la risa, porque los hace felices burlarse de la desgracia ajena. Solo falta el aguardiente y que una vieja empelota salga de la mesa-balón para que acabe de quitarle la poca seriedad a este análisis futbolístico de cantina.

Adolfo, el niño-viejo de la tele, intenta demostrar que puede hacer su trabajo, así como lo hacen los practicantes cuando luchan para que los enganchen en una empresa, y remata con una despedida acelerada para no pagar cargos extras por el arriendo del espacio, como si se hubieran explayado en planteamientos que fueran a cambiar el rumbo del fútbol y la humanidad. Llegaron las once y quince de la noche y no ha pasado nada.

Pérez, Muñoz, Perea y Rentería medio pelearon, medio hablaron de fútbol, medio se odiaron y medio se amaron. Mientras tanto yo, este humilde parroquiano, apago el televisor, miro al cielo y doy gracias porque me doy cuenta de que los aguas tibias, que los de la secta del gris también tenemos un lugar en este mundo e, incluso, podemos salir en televisión aparentando que somos dueños de la verdad.

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