A estos señores de SoHo se les metió en la cabeza la idea absurda de buscar razones para acabar con el Reinado Nacional de la Belleza. Un propósito innoble, inútil y sobre todo antipatriótico. Colombia sin el reinado sería como Pamplona sin sanfermines. Como un coctel sin Jean Claude. Como Girardot sin Charlie Zaa. Como un paramilitar sin Hummer. En fin, como un gran líder sin poncho…ni Emilianito.

Para fundamentar mi defensa de este evento magno, en todo representativo de nuestra idiosincrasia, quisiera empezar por el final. Es decir, por la velada de elección y coronación de la señorita Colombia. La ceremonia que cada año nos permite sacar a flote la contradictoria autenticidad de nuestros sentimientos con su sorprendente epílogo: la única que no está triste es la que llora.

Ignoran estos iconoclastas de baratija, el trabajo de tantas personas para llegar a ese momento sublime. Y no hablo solamente del esfuerzo físico de nuestras Yeris, Wendys y Ladys, que esa noche estrenan zapatos cuatro veces para lucir con abnegación sus bellezas casi naturales y los diseños ligeramente aparatosos de nuestros Barrazas y Zajares. Esos elegantes trajes de fantasía, que han evitado la extinción universal de las lentejuelas, y que rara vez pesan más de cuarenta kilos.

Me refiero también a la profunda labor intelectual involucrada en la ceremonia. Cómo no recordar a esos geniales libretistas que siguiendo un singular impulso creativo escriben año tras año: La señorita: ______, sus medidas: _______, luce un traje de:_______, alegoría de:________.

Apuesto que ellos mismos son los autores de las inteligentes preguntas que las candidatas responden con todo el ingenio y la espontaneidad que siembran en ellas las clases de "fogueo periodístico", impartidas por notables instructores como el magistral Rodrigo Beltrán.

Gracias a esa novembrina combinación de talentos, Colombia ha gozado de páginas inolvidables. Citaré unos poco ejemplos, por las limitaciones de espacio:

El primero lo protagonizó la devota señorita Chocó, Damaris de Diego, a quien en suerte le correspondió una pregunta digna del enigma de la esfinge:

—¿A qué lugar le gustaría ir y por qué ?

—A Roma —dijo la reina, y explicó— porque es la tierra donde nació nuestro señor Jesucristo.

Siempre a la caza de la originalidad, los creativos interrogadores le permitieron lucirse a Mónica Caicedo, la señorita Cauca:

—¿A qué personaje le gustaría conocer ?

—A Lady Di… Afortunadamente ya se murió —concluyó la considerada candidata.

Los implacables preguntadores pusieron en este predicamento a la muy bella Claudia Mendoza, representante de Norte de Santander:

—Si tuviera que habitar una isla desierta y solo pudiera llevar tres cosas, ¿cuáles serían?

—Un libro, música… y mucha fruta

Merecerían pasar a la historia, al lado de Marcel Proust, el autor del famoso cuestionario, después de haberle preguntado por sus aspiraciones a la candidata Yully Patricia Güiza:

—¿Quién le gustaría haber sido?

—Mi mascota —contestó Yulli al instante— porque la vida de perros es muy buena y no se hace nada.

Depende del perro, porque un hipotético can hizo mucho en otro reinado, cuando uno de los temidos sobres contenía un dilema ético. Nadie puede negar el alcance axiológico del siguiente interrogante, sorteado en su momento por nuestra soberana nacional Tatiana Castro:

—¿Si un museo se incendia, usted salvaría los cuadros o al perro guardián?

—Al perrito —dijo en una respuesta que le aseguró la corona— porque ellos también son seres humanos.

Como seres humanos son los creadores del majestuoso escenario en el que tiene lugar la velada. Ninguna reseña de la coronación estaría completa sin hacerle el debido homenaje al escenógrafo Felipe Sanint, cuya arquitectura efímera le ha dado marco por muchos años a la gran noche de la belleza colombiana.

Con un preciosismo inimitable, y sin que nadie haya podido advertirlo hasta ahora, Felipe ha recreado valores como la paz y la colombianidad. Nada sería igual sin sus arbolitos de cartón paja y sus esferas de acrílico pintadas de argenta 4-20. Si quieren, búrlense de sus bolas plateadas, pero Felipe es tal vez el único colombiano —sin orden de extradición— que ha conquistado el corazón de cuatro reinas. Un palmarés que envidiaría hasta Enrique VIII.

Sobre sus plataformas de fórmica ha bailado Chayanne, bramado Amanda Miguel y recordado su "fresa salvaje" Camilo Sesto (llamado Camilo Canasto por algunos maledicentes). Muchos de esos artistas, incluso, han llegado a cantar en vivo, sin recurrir al playback.

Sin embargo, pocos visitantes internacionales han dejado un recuerdo tan indeleble como las españolas de Azúcar Moreno, quienes saludaron al respetable con un grito afectuoso:

—Buenas noches, Bolivia.

La unánime rechifla que obtuvieron como respuesta marcó la historia de la coronación de ese año.

Sin embargo, no ha sido ese el momento más tenso que se ha vivido en una noche de elección y coronación. En 1990 se demoró la decisión del jurado. La explicación pública fue una supuesta falla de los computadores.

Es tan interesante lo que pasó mientras, como lo que sucedió después.

En esos eternos 45 minutos, el nunca suficientemente añorado maestro de ceremonias Jairo Alonso, si mal no recuerdo ataviado con su semifrac color curuba, con presurosos cambios sacó el bulto y descargó el peso del programa en emergencia sobre los hombros de Pilar Castaño, quien aguantó el chaparrón y se lució con una improvisación impecable. Mientras tanto alguien "arregló" los computadores, que entregaron un resultado sorpresivo. La nueva señorita Colombia era Maribel Gutiérrez Tinoco, novia de un próspero caballista llamado Jairo Durán y conocido con el remoquete de 'el Mico'.

Nunca estuvo tan caliente el auditorio Getsemaní, como la noche de la hazaña simiesca. Durante la eterna pausa, los asistentes, cocinados a fuego lento por los reflectores de la transmisión, alcanzaron a pasar de la intoxicación etílica al guayabo frente a las cámaras. El sudor escurría a chorros de los esmóquines rabiosamente negros, porque el blanco —el tropical— es de uso privativo de Raimundo durante la velada. Para prevenir un incendio, Samuel Duque —por aquellos días presidente de RCN— ordenó apagar un pebetero puesto en el escenario tal vez para evocar las olimpiadas, o la llama eterna al libertador, o el fuego del amor, nadie recuerda qué quiso decir Sanint ese año.

Lo único cierto es que los jurados se fueron felices, y con ellos se fue también la promisoria carrera de Jairo Alonso Vargas. Sin mayores escalas pasó a ser locutor de promociones de la emisora Punto 5, a pesar de que muchos auguraban que llegaría por lo menos tan lejos como Jorge Barón.

Maribel no acabó su reinado, pero no por las circunstancias de su elección. Total, nunca ha pasado nada con los escándalos electorales en Colombia. La verdadera razón fue el afán matrimonial de 'el Mico'. Se casaron cuando ella aún portaba el cetro. Quizás recordando los calores de la noche del corone, el señor Durán mandó instalar un potente aire acondicionado en la Catedral de Barranquilla. Cientos de invitados siguieron frescos la fastuosa boda. Dos años después, el novio fue asesinado.

Estas cositas que les he contado, son apenas unas relatos acerca del reinado. Por eso no me explico la reciente indiferencia nacional frente a nuestro evento insignia. Menos aún, la cruzada de SoHo para acabar esta fuente inagotable de historias tan innegablemente nuestras.

Sin importar lo que digan los señores de esta revista, yo voy a reservar mi asiento en El Rinconcito Colombiano. Seguiré vía satélite la velada de elección y coronación. Como entrada veré por quinta vez La pelota de letras y calmaré la nostalgia de los sabores patrios con una Colombiana y lengua en salsa.

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