Me irritan los seudopsiquiatras que asumen que mi dependencia al cigarrillo se debe a la falta de teta cuando era chiquito. Si bien no me consta la cantidad de succiones que les pude haber propinado a los pezones de mi mamá durante mi infancia, estoy seguro y orgulloso de haber recuperado con creces dicha carencia durante los años posteriores.

Me irrita ver esa especie de señal de tránsito con un cigarrillo atravesado por una franja roja como si fuera una U prohibida. Señores, no soy un carro. Y mi cigarrillo bota menos gas carbónico que el exosto de sus pichirilos, busetas y dobletroques.

Me irritan todos aquellos que ponen cara de fumadores secundarios y miran como si los estuviera asesinando. ¿Por qué no se fuman la pipa de la paz? ¿O es que ese humito también les molesta?

Me irrita no poder fumar en los hospitales. Si existe un lugar donde uno necesita fumar, y no uno sino tres paquetes, es en un hospital. No es fácil matar el tiempo en la salita de espera mientras dan el resultado de los exámenes pulmonares para ver si uno se va a morir de cáncer o de un enfisema.

Me irrita no poder fumar en los aviones. ¿Quién puede aguantar un vuelo sin pegarle una copiada a un cigarrillo para tranquilizarse. ¿Acaso es fácil montarse en un aparato de esos sabiendo que cualquier chulo que sobrevuele la Avenida Boyacá puede enredarse en la turbina. O cuando los que hicieron el mantenimiento son humanos y, por lo tanto, se pudieron haber emborrachado la noche anterior? ¿Y todo para qué? Para que cuando en medio de una tormenta el avión se esté yendo a pique escuchemos la voz del capitán: Señores pasajeros, pueden prenderse su último cigarrillo, porque nos vamos a descular.

Me irrita no poder fumar en la oficina. ¿No es suficiente tortura tener que trabajar? ¿También hay que convertir ahora en un santuario de la salud un poco de escritorios modulares y sillas que hacen mierda la espalda? ¡Por favor! Si hay algo que lo mata a uno es ver cómo se consumen nuestras vidas sentados en un escritorio.

Me irrita no poder fumar en los estadios. ¿Es que acaso los que hicieron las leyes no contaron con que uno puede llegar a ser hincha de la selección Colombia? No es fácil ver jugar —si es que a eso se le puede llamar jugar— a ese equipo sin fumarse por lo menos un paquete cada medio tiempo.

Me irrita no poderme fumar un tinto. Tener que pedir un café para bajar el almuerzo, pagar la cuenta y luego pararme en un andén a darle unos cuantos pitazos a un cigarrillo. No hay mejor estimulante que la cafeína mezclada con la nicotina. ¿No podrían los señores Juan Valdez y Philip Morris hacer un joint venture e interceder por nosotros? Fumémonos un tinto, seamos amigos.

Me irritan los best sellers de autoayuda para dejar de fumar, escritos por fariseos que han logrado superar en vida el camino hacia la muerte. La lectura debe ser un disfrute, un goce, no una tortura. Para mortificarse ya existen los libros de Plinio.

Me irrita tener que hacerme la profilaxis cada media hora, hacer gárgaras y buches de Listerine y mascarme, adicionalmente, una caja de chicles para borrar la evidencia. ¿Qué tiene de malo darle un beso a un cenicero? Una boca es una boca y la mía se llama "Bocas de Ceniza", a mucho honor.

Me irritan los que dicen que el cigarrillo te quita diez años de vida. ¿Y cuáles son esos años? Los últimos diez. Los de sillas de ruedas, diálisis y pañales. Como dice Dennis Leary, no los necesito. Pueden llevárselos. Gracias.

Me irrita que mi cardiólogo diga que debo dejarlo porque soy candidato a un infarto, que mi neurólogo asegure que la nicotina no deja que sane mi hernia discal, que mi gastroenterólogo insista en que mi metabolismo no asimila las grasas. Lo que voy a dejar, ya lo decidí, es la medicina.

Me irritan los que hacen cuentas de los días que llevan sin fumar. Yo llevo fumando doce años, tres meses, cinco días, catorce horas y 20 segundos, para un total de 88.911 cigarrillos, incluido el que me estoy fumando en este momento. Y no me las doy.

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