Imagine, por un instante, que usted es perfecto. Física, moral y mentalmente perfecto. Y que, además, no le aburre serlo. Es, de lejos, la persona más bonita que conoce.
Cara y cuerpo deslumbrantes. Querido, correcto, amable, generoso, culto e inteligente. Y, por si fuera poco, comprometido. ¡Un santo! En lugar de usar lo que tiene para enriquecerse o alimentar su vanidad, decide que su misión en la vida es ayudar a los demás. A los niños, a los ancianos, a los enfermos.
Decide entonces que, para aliviar al desvalido, es indispensable encerrarse un par de meses en un gimnasio y ponerse tetas nuevas. Invierte una fortuna en ropa y se somete, obediente, a los caprichos de un peluquero que, curiosamente, logra parecerse a Walter Mercado y al pianista Liberace al mismo tiempo.
Contrata a Juan Lozano para que le refresque la memoria y le permita recordar los nombres de las capitales africanas o los gentilicios de las antiguas repúblicas soviéticas. Lee y relee Cien años de soledad, sostiene inteligentes discusiones sobre la naturaleza simbólica de las mariposas amarillas, y revisa juicioso los nombres de los beatos nacionales, haciendo especial énfasis en la vida, obra y milagros del padre Marianito.
Considera entonces que está listo para alcanzar sus metas. Sale a pasear, con su mejor tanga, en una chalupa de remos adornada con un gigantesco Tribilín de icopor en la proa. Se disfraza de atardecer amazónico, de pozo petrolero o de piña hawaiana. Recorre las calles tirando besos desde un camión adornado con palmas plásticas y papeles de colores. Camina semidesnudo por una pasarela para que todos le vean las nalgas, juzguen el tamaño de su cola y hablen sobre lo tonificado y sano que mantiene su estómago.
Responde, digno y seguro, preguntas crípticas que remiten a lugares comunes. Le cuenta al mundo que en su tierra se cultivan veintitrés variedades de ñame, que usted prepara el mejor mousse de ahuyama del planeta. Revela intimidades. Resalta el valor simbólico de la película Titanic, profesa su admiración por la honda pluma de Paulo Coelho, y trata de convencer a todos de que respaldar a Juanes y a Shakira es un deber patriótico.
Durante una semana soporta burlas, críticas y ataques. Acata los juicios que sobre usted emiten una condesa empobrecida, el ex baterista de los Bee Gees, la inmortal Thérèse Leleux, un boxeador boricua y el popular Arnold, de la serie de televisión Blanco y negro. Extasiado, llora cuando le dicen que usted es el mejor.
Le cuelgan una banda de seda en el pecho y le ciñen una corona en las sienes. Finalmente, empuñando un cetro que lo acredita como Rey de Colombia y cegado por las luces de un poderoso flash, usted vuelve, confundido, a la realidad.
Debo confesar que yo tampoco he podido entender los reinados de belleza. Ignoro su más elemental esencia. Y aclaro: he visto muchos; nacionales, locales, regionales. Hasta barriales he visto.
Como en el caso del arte conceptual, me intriga saber si no entiendo por incapaz, o porque realmente no hay nada que entender. Me aterra pensar en las insólitas ecuaciones que deben operar en la mente de una reina de belleza. He terminado por asumir que sus cerebros simplemente están hechos de otra cosa. Otra lógica, otra mecánica. Otra manera de ver el mundo, de enfrentar los problemas. Otra cosa, definitivamente.
No entiendo el aplomo de las chaperonas, ni la ilusión de los edecanes. Me gustaría saber qué hacen exactamente las comitivas departamentales. O descubrir con qué criterios se escoge al jurado. No he podido descifrar quiénes son (o qué son, en realidad) Raimundo Angulo y Alfredo Barraza. Desconozco el entusiasmo del público, el fervor de la turba ebria que lanza harina y chorros de agua bajo la canícula aullando el eterno "¡esa es!, ¡esa es!".
No. No entiendo los reinados. Sin embargo, algunas veces creo que de haber sido mujer, me hubiera encantado ser reina.

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