Una de las diversiones más frecuentes de ciertos intelectuales colombianos es hablar mal del Himno Nacional. Con una regularidad conmovedora, y digna de mejor causa, desempolvan de sus archivos una crónica o una columna de opinión,casi siempre la misma de todos los años, y el 20 de julio la publican en algunos periódicos a los que les sobra espacio pero les faltan temas.
Lo malo es que ninguno de ellos tiene el sentido del humor que Daniel Samper (el viejo) le ha puesto a ese asunto, del que ahora me ocupo por sugerencia de Daniel Samper (el menos viejo), que dirige esta revista. Bastaría con leer el hilarante texto que el primero de ellos publicó hace pocos meses en Credencial: fue un sancocho incomparable en el que revolvió las estrofas hasta de los himnos regionales que en Colombia son una verdadera pesadilla para los estudiantes desaplicados, los policías en las paradas públicas y los académicos en un tedeum.
Para no ir muy lejos, a mí, en segundo de bachillerato, me pusieron por castigo aprender de memoria las once estrofas del doctor Núñez. Desde entonces, y a pesar de que ya han transcurrido casi setenta años, hay noches en que me despierto sudando frío, como los presos que han sido torturados, y recitando incoherencias sobre una virgen histérica que se arranca el pelo y luego lo cuelga de un ciprés. Con una escalera, será.
Confieso que no entiendo nada de la canción nacional: nunca he podido saber por qué diablos los que sufren bendicen su pasión, ni la pasión de quién es la que están bendiciendo, pero menos aún me cabe en la mollera cuáles son las palabras que hay que comprenderle "al que murió en la Cruz", ni qué relación puede haber entre el Mesías de Jerusalén y el cauce llanero del Orinoco o, lo que es peor, entre un Dios que se sacrifica para salvar a los hombres y "la trompa victoriosa que en Ayacucho truena".
Lo que sí entiendo, a cabalidad, es cómo pudo Rafael Núñez haber sido el gran presidente que fue, el que impidió que "Los Supremos" de las guerras civiles descuartizaran el país de manera irremediable, y al mismo tiempo el deplorable poeta no sólo del Himno Nacional sino de toda -absolutamente toda- la obra literaria que salió de su inspiración, incluyendo esos arrebatos filosóficos que le daban en noches lúgubres y que campean en sus versos fluviales, varios de ellos con títulos en francés.
Lo entiendo, digo, porque Núñez es la demostración afortunada de que el apetito del poder y la poesía no mantienen relaciones de ninguna índole. Ese concubinato entre el mandatario diurno y el trovador nocturno es lo que explica, precisamente, que Núñez perpetrara abusos cotidianos en ambos territorios. La diferencia radica en que un verso, por mediocre que sea, es menos dañino que un carcelazo, como lo sabía muy bien don Fidel Cano, ese periodista incomparable al que Núñez y su ministro, el Tuerto Angulo, metían al calabozo todas las semanas, sin fórmula de juicio.
A la poesía no le fue mejor que a don Fidel. A la geografía tampoco, si a eso vamos. La sexta estrofa comienza con el pobre Bolívar a caballo cruzando "el Ande que riegan dos océanos". A la macha martillo, porque le sale del forro de los cojones, el bardo en aprietos, para poder embutirnos el verso a la brava, se inventa un singular de los Andes que no existía en su época ni ha existido jamás. Genio y figura, todo parece indicar que Núñez se permitía ciertas libertades no sólo con las señoras más hermosas de esa Bogotá mojigata a la que tanto odiaba, sino también con la gramática, a la que solía darle el tratamiento reservado a sus adversarios.
Ya que estamos metidos en semejantes profundidades, y para decir la verdad completa, es menester reconocer que la culpa no es suya por entero. En Cartagena de Indias, su tierra, cualquiera sabe que esas once estrofas lamentables las escribió Núñez en su viejo gabinete de abogado, para salir del paso ante la petición obligante de una amiga suya, la rectora de un colegio local de aquellos tiempos, que necesitaba un himno para su liceo. Lo malo, como en esta vida nadie comete versos en vano, es que ya hecho presidente unos aduladores bogotanos, de los que en Barranquilla llaman lavaperros y en el diccionario se llaman lambones, le dieron la sorpresa de desenterrar el esperpento y convertirlo en el Himno Nacional, con el único propósito de endulzarle el oído al príncipe. Eso les pasa, por sapos.
Entonces, se preguntarán los lectores, perplejos, ¿por qué Gossaín no comparte las diatribas que se publican contra el himno a cada rato y las propuestas para que se modifique su horrible letra? Porque yo pienso, en resumidas cuentas, que los emblemas nacionales son como la madre de uno: ni bella ni fea, sino madre. A nadie se le ocurre llevar a su madre, de cien años, a que le hagan la liposucción porque tiene las piernas muy gordas o a que le inyecten silicona para levantarle las teclas. Nadie le tiñe el pelo a la viejita, ni se mete a resanarle las mataduras. A menos que sea un degenerado. O un escritor sin oficio.

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