Ser clase media ya no se mide por el estrato. Desde que Codensa rezonificó Bogotá para poder cobrar más, todos subimos de estrato sin necesidad de ganarnos el baloto, recibir una herencia, casarnos con una Urrutia o coronar en Tijuana. Pero ya es hora que bajemos de la estrato—sfera y disfrutemos tranquilos de un sabroso combinado, que es el plato típico de nuestra clase asalariada. Somos la clase sándwiche, qué le vamos a hacer.

Y sí, de alguna manera, por más que a muchos les duela el apellido y su rancio abolengo no les permita aceptarlo, ser clase media se mide por la cantidad de plata que uno tiene. Más aún, por esa relación de amor y de odio enfermizo que tenemos con el villegas. A diferencia de los que nadan en billete, que lo guardan en cajas de seguridad, lo invierten en bonos o lo entierran en una caleta, nosotros, la clase media, frecuentamos las corporaciones de ahorro y vivienda. Esa especie de bancos chichipatos donde uno nunca puede ni ahorrar ni comprar casa, pero que sirven para que nos consignen las quincenas y entremos al fabuloso mundo de los tarjetahabientes (¡qué palabra más clase media!)... con una pinche tarjeta débito con clave. La banca es otra cosa, señores. Es el lugar donde se invierte en cédulas, no donde nos toca mostrar la cédula cada vez que cobramos un cheque. Ni tampoco donde se hace cola, incluso, en las líneas de clientes preferenciales (sí, nosotros) para pagar un recibo. La clase media somos aquellos que nos toca buscar en las cajas un bendito recibo de consignación que nunca hay, los que tenemos que salirnos porque el celador nos echa cuando nos suena el celular sin minutos, los que nos toca agarrar numerito para pelear porque el cajero se nos tragó 20.000 pesos. Esas cosas no les toca sufrir en carne propia a los que tienen brokers, corredores de bolsa o sepultureros de fosas comunes de divisas. Ni tampoco manosear billetes putrefactos a punto de desintegrarse. Los que tienen plata pagan con plásticos o no pagan. No conocen lo que es tener que esperar por las vueltas de un billete de 10.000 mil. Las vueltas de los que tienen plata son las vueltas al mundo. No las vueltas que le toca hacer a uno en medio de un aguacero. La clase media es la que paga el pato. Y no precisamente al estilo Pekín.

Somos clase media si alguna vez en la vida nos ha tocado un billete con un Antonio Nariño con bigote pintado en esfero. Si hemos tenido que hacerle cirugía a un billete con cinta pegante para no perderlo. Si hemos tenido que aceptar que nos metieron un billete falso y ahora reposa, con un hueco en la mitad, en el mostrador de una droguería.

Clase media si enrollamos los billetes en un caucho, si cuando hablamos de fajos no son dólares en maletines ni en tanques de PVC, sino los únicos que hemos visto en la vida real: los que tiene el conductor de la buseta apretujados entre el timón o el vendedor de Rolex falsos entre el bolsillo. Somos definitivamente clase media cuando nuestro dinero puede estar en el lugar equivocado: nuestra propia billetera.

Somos clase media si tenemos monedas en los bolsillos, si las recogemos en la calle porque nos dan buena suerte, si damos limosna, si nuestras manos apestan a níquel sudado, si tenemos que definir quién paga la carrera con un carisellazo. Incluso, si alguna vez tuvimos una moneda gringa de un centavo entre los zapatos, un penny entre los Hush Puppies. Es más, si tenemos monedero somos muy clase media. Las monedas para los que tienen plata son piezas de colección. Hacen parte de un aburridísimo hobby llamado numismática. Y no se guardan en pastilleros ni en bolsitas de croché ni mucho menos en canguros con cremallera, sino en álbumes. Ellos, tampoco tienen alcancías. Los que rellenamos marranitos, somos los marraneados.

Somos clase media cuando nos pagan en papel moneda, pero no en billetes emitidos por el Tesoro, sino en esos papelitos que nos sirven como sistema de trueque. Clase media cuando compramos nuestro sándwiche con bonos, tanqueamos con pases y mostramos cupones de descuento en el supermercado. Clase media cuando llevamos el almuerzo en cajitas de plástico o cuando ya estamos mamados de almorzar crepes, da igual. Cuando vamos de vacaciones a fincas alquiladas o cuando nos reciben con una camiseta del hotel donde nos estamos quedando. Clase media si lavamos cada sábado a punta de manguera nuestro carrito de segunda. Clase media si leemos la sección de clasificados, si coleccionamos enciclopedias por fascículos, si compramos DVD piratas, trago sin estampillar y ropa de marca, pero chiviada. En fin, si somos buenos colombianos, honrados y trabajadores, somos clase media.

Y no hay nada de malo en eso. Lo verdaderamente malo, es no reconocerlo y aceptarlo con dignidad. Nosotros, los de clase media, debemos ponernos la camiseta. Ahora, si es una camiseta promocional, muchísimo mejor. 
 
 
 

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