Marlon Becerra en Soles y vientos

Marlon Becerra en Soles y vientos

Un profesional que ha puesto a llorar en su programa, dice él, a invitados como Vicky Hernández y Antanas Mockus



Cuando yo era chiquito y tenía los ojos chiquitos, le oí decir a mamá que no había que confiar más de la cuenta en la gente de ojos chiquitos. A papá, que es abogado, no le recuerdo defensa alguna de Cesare Lombroso, el cavernario criminalista que veía en los hombres con cráneo no menos cavernario evidencia de propensión al delito. Lombroso estaba equivocado; mamá, no: aunque el pelo descuidado y largo de Marlon Becerra no deja ver la forma de su cráneo, lo tengo ahí con la cámara directamente enfocada en sus ojos chiquitos, ocupando con su figura (no de Becerra sino de lobazo que devoró a la becerra) toda la pantalla del televisor. Estoy viendo Soles y vientos, el programa de entrevistas íntimas del odontoperiodista Marlon Becerra.

Marlon, "el odontólogo de las estrellas", es una de esas pocas personas que logran despertarme prejuicios terribles: no soporto sus ojos diminutos (tú tampoco, ¿cierto, mamá?), ni sus zapatos puntiagudos de color lila, ni los dientes de piano que no le caben en esa boca con la que parece a punto de engullir a su "víctima". Marlon, que eligió para sí ser el gran playboy y filósofo de Sogamoso, dijo alguna vez a un periodista no odontólogo: "Soy artista de las tablas y de los dientes". Tranquilos, no es que se dedique a la carpintería. Sucede que Marlon estudió odontología y, a la vez, actuación, y fue también director de no muy serios seriados y ahora dirige sus propias ambiciones para hacerles creer a los incautos trasnochadores que es un monstruo del periodismo, un basilisco armado con la experiencia de Arizmendi, el carácter de Gossaín, la astucia de Sánchez Cristo y la seguridad de Amat. Un "monstruo" del oficio que ha construido su reputación de balso con preguntas tan elaboradas como "¿cuáles son tus soles?", "¿de dónde vienen tus vientos?", "¿qué es la vida?", "¿cómo te ves en cinco años?" o "¿a qué temes?".

Este odontólogo, artista, actor, director y periodista, este prodigio criollo, es también escritor. ¿O es que no ha leído usted su libro El sendero del azar? No se lo pierda. Es tan profundo y edificante como ¿Quién se ha llevado mi queso VII?, y nada de raro tendría encontrar en una de sus páginas la frase máxima de Marlon: "Verlos sonreír es mi pasión".

Todo en Marlon es asombroso, pero, sin duda, aparte de su habilidad con los dientes, pesa, y mucho, la manera en que usa lo que hay detrás de ellos. Marlon mueve su lengua tan astutamente que a su programa de televisión, emitido en espacio pautado de pe a pa por su Unidad de Estética Dental, ha llevado cerca de 200 celebridades. O su lengua es tan irresistible como las alcaparradas… o Marlon, más que periodista, es un odontólogo que trastea pacientes de la silla del consultorio a la silla de entrevistas. Lengua que utiliza, además, para marcar diferencias con la competencia y alejarse discretamente de su vocación: diseñar sonrisas.

Pero él es mucho más que un arquitecto de la risa. Es un hombre de gran visión que comenzó presentando su programa en compañía de una modelo a la que le faltaba un ojo y a quien despachó no sabemos a qué horas… ¡pasan el programa tan tarde que nadie se dio cuenta! Es un entrevistador que prefiere bautizar sus jornadas televisivas como charlas… ¿un charlatán, entonces? Un esteta consumado que ya entró al mundillo liviano de coleccionar novias reinas y ser jurado de concursos de belleza en provincia. Un profesional de la palabra que ha puesto a llorar en su programa, dice él, a invitados como Vicky Hernández y Antanas Mockus… ¿habrán llorado en su consulta también? Un dedicado odontólogo que asegura atender 200 pacientes al día… con lo que este hombre biónico de la salud, en una jornada laboral promedio debe atender a un cristiano cada tres minutos, ayudado, eso sí, por 172 colaboradores. Es un ilustrado que cita en su página de Internet a Jeremy Bentham, padre del utilitarismo: "La naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos: dolor y placer". Es, en fin, una desgracia fruto de otra que todavía nos duele a los colombianos y que no desaparece al apagar el televisor, porque Marlon asegura que se decidió a crear Soles y vientos después del asesinato de Jaime Garzón (¡ay, Jaime, muchas gracias, mijo!).

Como Jorge Duque Linares, padre de la actitud positiva cristiana; como el agresivo Salomón, gran señor del templo de la riqueza personal, y como la desagradable horda de pastores brasileños chiviados, Marlon es una gran estrella de la televisión nocturna rentada. Amo y señor de aquellos horarios donde la fama no se gana a pulso sino que se compra con billete. Él hace parte de la ramplona galería del terror televisivo nacional, rebosante de personajes ávidos de convertirse en celebridades a costa de la insolvencia de los canales públicos. Su pasión es ver sonreír a la gente pero, para su mala fortuna, a la hora en que se pasa el programa la mayoría de las sonrisas están cerradas. Loa a Dios en las alturas, por mantener a Marlon-no-Brandon encerrado en la franja maldita de la oscuridad, pues con él se comprueba en cada emisión cuán peligrosa puede ser la televisión para la gente… incluso dormida. Sonríe, Marlon, ¡estás en cámara escondida!

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