Cuando tuve mi primera disfunción estaba de moda un disco que se llamaba El muñeco de la ciudad, un disco populachero de muy mal gusto. Era una lobería, para resumir. Algo parecido a los éxitos de Los 14 cañonazos. Tenía unos 24 años y tenía que ir con frecuencia a una empresa a tratar asuntos con el vicepresidente de mercadeo. Su secretaria era absolutamente divina. Y yo, con todo y mi argolla, principié una tímida conquista.

 Le llevaba dulces y florecitas, y le hacía ojitos. Después de todo el cortejo y en medio de conversaciones muy solapadas en las que había que leer entre líneas, le propuse al fin que fuéramos a un hotel y ella se negó. Entonces le dije que el viernes nos íbamos a mi apartamento. Pensé que me iba a mandar al carajo, pero asintió. Era miércoles y no sabía a dónde diablos la iba a llevar. Decidí pedir prestado un apartamento de mis amigos en La Perseverancia. Se burlaron de mí como nunca. "No sea bestia, quién iba pensar que usted. mejor dicho, le vamos a tomar fotos", me decían.

Mi nerviosismo no era cualquier cosa. Les pedí las llaves para ir a reconocer el lugar. Vi que las sábanas estaban como rotas y salí desjetado a comprar unas nuevas y cambié los bombillos por unos de menos vatios. Como la música era importante, escogí unos discos suaves de Paul Muriat. Durante una de las múltiples visitas, descubrí que abajo había un bar de mala muerte en el que repetían El muñeco de la ciudad noche y día. Me molestó que se oyera en el apartamento y tuve un mal presagio, pero seguí con los preparativos. Iba y volvía, instalé las sábanas y compré una champaña. Me tiré el sueldo entero y, mientras tanto, El muñeco de la ciudad a todo taco.

No fui a la oficina el viernes. Le dije a mi mujer que me iba a Tunja a una reunión de trabajo. Estaba muerto del susto. Puse un calentadorcito y compré leña para la chimenea. El muñeco de la ciudad tronaba y tronaba, hasta que bajé al bar y le conté el cuento al dueño. "Mire, es que ese Muñeco de la ciudad, eso tan raspa... y es que la niña. y es que se oye allá arriba...". "Lo siento mucho, pero es una vitrola y los clientes ponen la canción", me contestó. Tuve que darle no se cuántas monedas para que sonara cualquier otra cosa, por lo menos durante unas dos horas.

Llegué por ella, muy vaporosa, muy linda. Yo había puesto mis discos, la cosa empezó a calentarse, destapamos la champaña y nos sentamos en frente a la chimenea. Ya me había quitado el saco y los zapatos cuando fui a servirle otra champañita y me dijo: "No, gracias, ¿no tienes aguardientico?". Me cayó como una patada, pero me puse el saco y los zapatos y compré la botella allá en el bar de abajo. Cuando volví, ella vio el aguardiente y comentó: "Perdona, pero es que a mí la champaña me da agrieras". "A mi mamá también.

No te preocupes, yo también me paso al aguardiente", le contesté. Y a punta de aguardiente mermé los nervios hasta que nos fuimos al cuarto. Ella entró al baño y yo me quedé en la cama muy excitado, muy propio para la ocasión en todo sentido. Salió con una ropa interior muy bonita, se zampó otro aguardiente y, mientras se soltaba los ligueros y dejaba deslizar las medias por sus piernas espigadas, volteó la cara y me dijo: "Ala, Memo. ¿Por qué no me pones ese disco de El muñeco de la ciudad?". Fue tal el impacto y la indignación de mi muñeco, que se desinfló en segundos y ofendido se propuso no volver a colaborarme en lo más mínimo. Yo no podía creerlo. Las palabras que acababa de decirme retumbaban en mi cabeza y para disimular lo de mi muñeco discutí con ella sobre la canción, que cómo le iba a gustar El muñeco de la ciudad, que era grotesco, que esto, que lo otro. Ella trató de continuar en lo que íbamos hasta que se dio cuenta de que ya no había más muñeco en la ciudad y se vistió para que la llevara. La peor de las torturas fue tener que volver a dormir al apartamento, mientras El muñeco de la ciudad retumbaba una y otra vez, y ni hablar de las veces en que tuve que volver a verla en la oficina del vicepresidente de mercadeo. Cada vez que entraba y veía a alguna mujer medio sonriéndose, un centavo activaba en la vitrola de mi cabeza la maldita canción.

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