A principios de los ochenta, en la piñata de un primo, a un tío jacarandoso, dicharachero y recochón le preguntaron: "¿En qué se vino que llegó tan rápido?". Él contestó: "en Dodge…" Y una tía con acentico de envidia cachaca le dijo: "¿En Dodge Polara o en Dodge Dart?". A lo que mi tío respondió: "En Dodge… ¡En Dosh patas!". Al ver a mis tíos y tías atorados de la risa con la crema blanca de ponqué untada en sus respectivas barbas y barbillas, con tenedores y platos de plástico en sus manos, corbata ancha y patilla Nike, entendí que este mundo no se divide en hombres y mujeres, negros y blancos, ricos y pobres, sobrinos y tíos, apuntes buenos y chistes malos, ni mucho menos en Polaras y Darts, sino en gente que anda en carro y que anda a pie.

De Navidad me regalaban carritos a control remoto, me montaban en los carros chocones, me daban plata cuando sonaba la canción del carrito de paletas, me metían entre el carrito del supermercado y me llevaban obligado a la peluquería Tío Rico (la del carrito rojo). ¿Y todo esto para qué? Para que cuando tuviera 16 años y me convirtiera en una hormona con patas, es decir, en un adolescente desesperado por tratar de meterlo en cualquier lado, las mejores niñas del barrio bailaran conmigo poniéndome el freno de mano sobre mi hombro para que no les acercara el exhosto de ese ser despreciable al que nunca le prestaban el carro en la casa.

Yo no tengo por qué darle explicaciones a nadie. Decían mis queridos padres metidos entre la cama viendo Sábados felices con las llaves del carro sobre la mesita de noche. Recién bañado, me llenaba de argumentos para pedirles prestado tan seductor medio de transporte, pero ellos refutaban: "Si al hijo del señor Espinosa le prestan el carro desde los 12 años pues, eso es allá, en esa casa donde todo el mundo hace lo que se le da la gana". Lo más enervante era la torcida que se pegaba mi papá al amangualarse con las ideas de mi mamá acerca de la prohibición porque, claro, como el tipo ya había encontrado su media naranja a mí que tocaba arreglármelas, solito y a pata. En medio de la rogadera y mientras en el televisor se oía un chiste enviado por un corresponsal desde la ciudad de Cucuaita que interpretaban los actores del programa, fui víctima de la falta de solidaridad masculina: "Mijo, ya oyó a su mamá. No saque el carro a esta hora, no se busque un mal rato". "Pero si son las ocho y media de la noche", les hacía caer en la cuenta, y mi mamá se robaba la palabra. "No es no. ¡Y punto! … La próxima semana más cuenta chistes… ¿Sí ve? No nos dejó ver el programa. Mejor vaya, séquese el pelo, no ensucie esa pinta y guárdela para mañana que vamos a ir a misa al cementerio" (en el carro).

Ingenuas asociaciones de padres de familia siguen buscando el origen de tanta violencia juvenil y aún no se han dado cuenta de que cuando un hombre no puede tirar, deja de ser humano y se convierte en animal. Me invadía una furia asesina cuando me asignaban labores de empleada del servicio a manera de trueque o, en el peor de los casos, me echaban en cara las materias que perdía en el colegio para mantenerme alejado del Renault 4, mi amigo infiel.

¿A qué niña linda le gustaba salir con un pobre diablo al que solo le alcanza para coger un colectivo pirata de las dos de la mañana y comer cochi-perro en la esquina del barrio con gaseosa al clima? No había nada más seductor que llevarlas hasta la puerta de la casa y despedirlas con un dulce piquito en la boca o, en el mejor de los casos, salar el vehículo con alguna caleña en el Mirador de La Calera.

Carro y placer es lo mismo porque así no sea convertible, se transforma en todo. En restaurante, frente a Pike´s Dogs. En bar, frente a una licorera. En biombo-orinal-dormitorio, cuando usted es taxista. En rumba, sobre un andén con cuatro amigos. En karaoke, en la mitad de un trancón. En city-tour, cuando uno está desplanado y se pone a dar vueltas con la novia. En un camerino, antes de un picadito de fútbol. En confesionario, debajo de un atardecer de un domingo en la mitad de cualquier carretera y, sobre todo, en lo único que un hombre puede manejar porque el resto del mundo es manejado por mujeres y a su antojo. Por eso, para nosotros un carro no es un simple rectángulo de lata con sillas rellenas de espuma, cuatro ruedas y timón. Para un hombre, un carro significa tener un pipí de mil trescientos centímetros cúbicos, empujado por 115 galopantes caballos de fuerza.

Que alegría haberme alejado, ¡en mi propio carro!, de aquella adolescencia infame en la que mi testosterona y yo solíamos andar en Dosh.

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