Cuando esta revista me encomendó la no fácil tarea de opinar sobre el "ecoturismo" hice mis mejores esfuerzos para documentarme sobre el tema, asunto que me es supremamente difícil describir con objetividad ya que detesto todo lo que implica la mamertada del glorioso "ecoturismo" en donde a cierta gente le da por "convivir" con la inmisericorde naturaleza.

Recuerdo que en el colegio nos llevaban a una finca en San Francisco en donde nos obligaban a realizar unas caminatas interminables. Después de tan "placentero" ejercicio, uno simplemente volvía a la casa en donde nos congregaban para los llamados "retiros espirituales" que era más o menos una clase de ecoturismo con Dios y curita pederasta incluido.

Allí, con las comodidades que caracterizan a los jesuitas, uno dejaba que el cuerpo se deleitara con un duchazo en agua caliente.

Por lo demás nadie tenía que ocuparse por el destino oscuro de la mierda cuando "hacíamos del cuerpo" como les dicen ahora las señoritas enfermeras a las gloriosas cagadas.

Nunca se me ocurrió pensar que hacer lo contrario, es decir, cagar cuasi de rodillas en un matorral, mear contra un frondoso árbol y bañarme en una quebrada contaminada y gélida, se pondría de moda con el rimbombante nombre de ecoturismo.

Durante mi investigación sobre el tema (y confieso que no resistí por mucho tiempo tanta teoría inútil) encontré la siguiente definición de ecoturismo según la Sociedad Internacional de Turismo, que lo define como los "viajes responsables a áreas naturales con cuidado del ambiente y sostenimiento del bienestar de los habitantes locales".

Me pregunto qué tan responsable puede ser una persona que se atreve a hacer un viaje ecoturístico en Colombia cuando en plena acurrucada para cagar tiene que cortar el bollo para salir corriendo evitando así acabar en manos de las Farc o los paramilitares.

En ese momento se viola la primera regla ambiental, según la cual hay que tapar el bollo para que la fauna u otro entusiasmado ecoturista no se contamine.

Qué tan benéfica puede ser la farsa del ecoturismo cuando quienes con la disculpa de admirar de cerca a la naturaleza acaban conviviendo "alegremente" con el jején en la oreja, el pasto o la arena entre el culo y muertos del frío o el calor. ¡Y hay que ver como se les iluminan los ojitos a los ecoturistas cuando describen que se tiraron siete horas mirando unas ranitas!

En cuanto a la comida se refiere, no olvidemos que el ecoturista acaba prendiendo hogueras en todas partes, bota la lata con la que otro ecoturista acabará cortándose para ganarse un enfermedad, pues no hay la menor posibilidad de que quien pise una latica de salchichitas Zenú se salve de un tétano.

Si se trata de encontrar el beneficio para el bobiloco (a) que con 30 kilos a la espalda decide caminar hasta que el cansancio lo obliga a tratar de armar una carpa que termina de cobija, el panorama no es tampoco claro.

Nada que no tenga luz, agua potable, baño decente, calefacción, aire acondicionado, buttler, room service, piscina, mínimo tres tipos de restaurante a la mano y teléfono puede ser llamado el sitio ideal para pasar vacaciones.

Los ríos, montañas, quebradas, selvas, desiertos, son paseos de máximo cuatro horas y sin derecho a nada distinto que observar. No entiendo cómo uno puede descansar sin estrés si se ve abocado a cocinar con agua de caño y a limpiarse el culo con hojas pringamoza.

Y si a los azares que la propia naturaleza imparte le sumamos el encuentro con los boy scout la situación empeora, pues usted estará supeditado a que un bobo vestido de niño dirigiendo a unos niños vestidos de bobo, lo conviertan, al ritmo de unos himnos inmarcesibles, en el target perfecto para una clase rápida de cómo hacer nudos, prender fogatas y, finalmente, si está "de buenas", lo invitarán a comer más frijoles y salchichas pero de una marca más perrata que la que usted ha cargado por kilómetros.

¿Ya planeó sus vacaciones ecoturísticas?

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