Nací con un don especial para poner apodos. Mi primera víctima fue mi hermano Juancito, que no bien salía de una gripa cuando ya entraba en la siguiente. Lo bauticé 'Juan Moco' y así lo seguimos llamando. Calculo haber puesto más de cinco mil apodos a familiares, amigos, enemigos, vecinos, condiscípulos y a gente conocida o desconocida de la farándula, el fútbol y la vida pública en este y en otros países. Y los he creado de todos los calibres. Al futbolista Norbert Nachweih, que saltó el muro de Berlín y escapó a Occidente, lo bauticé 'El espía que vino del frío', en alusión al personaje de John Le Carré. Y a un vecino que sufría de incontinencia urinaria empecé un día a llamarlo, con saña infantil, 'Pachito Meón'.

Aunque en mi barra y en los diferentes colegios donde estuve dejé un reguero de apodos que, cincuenta años después siguen teniendo vigencia ('Churchill', 'Polvorita', 'Mesalina', 'Bochica', 'Jopo Loco') se trata de personajes sin ninguna figuración nacional. Padres de familia, profesores, peluqueros.

Los más famosos apodos los puse a futbolistas alemanes: bauticé 'Caperucita Roja' a Karl-Heinz Rummenigge, por sus cachetes colorados y por el peligro que corría en sus rápidas internadas al área enemiga: la cueva del lobo. A Lothar Mattaeus lo bauticé 'Mateíto' en homenaje al beisbolista dominicano Mateíto Rojas Alou y todavía hoy me encuentro con personas que están convencidas de que ese es el verdadero nombre de pila del jugador alemán. Y, para citar un bautizo en el mundo de la farándula: a la comentarista de televisión Graciela Torres, que lo relata en esta edición, le puse 'la Negra Candela'. Y a ella le gustó.

Pero, eso sí, el día que yo pase por una calle de San Roque, mi barrio, y me cruce con un tipo canoso como yo, puede que se demore en reconocerme pero siempre terminará por gritarme, confianzudo: "Ajá, eres tú, 'Cara e´Piña'".

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