¿Are you kidding me? Me consta que así le dijo, en tono más o menos rotundo, el dependiente de un almacén de cadena en Estados Unidos a una conocida mía, luego de que presentara su tarjeta de crédito para pagar una compra. El tipo ni siquiera quiso pasar el plástico por la máquina: no le cabía en la cabeza que llevara por documento crediticio una tarjeta con la enorme, oblonga, sonriente y bicorne cabeza de una abejita color amarillo hepatitis, que ocupaba más del cincuenta por ciento del área rectangular. Ante la lógica económica gringa que solo cree en el furibundo perfil del gladiador de American Express, la Abejita Conavi resultaba, a lo sumo, una invitación a entregar la mercancía por padrenuestros, un aval equivalente a recibir billetes de Tío Rico. Para colmo, falsificados por los Chicos Malos.

A fuerza de acostumbrarnos a su omnipresente presencia, valga la redundancia, pocos colombianos fuimos conscientes de cómo nuestras entidades financieras se encargaron históricamente de atraernos con la pueril figura de una abejita, un minero, un obrerito, unas ardillitas, un trencito o una casita roja. Incluso la más nefasta de las entidades, la tristemente célebre Caja Vocacional, convocaba a sus pobres y tumbados fieles con el dibujo de un pececito. Y el pez, como en todos los casos, murió por la boca. Pero no resultó convertido en estofado, sino en "estafado": estafado de róbalo.

Por más que la gente les haga caso a sus hijos, seguro que pocos padres eligieron sus bancos de confianza al son de un "¡paaaaapi! ¡Yo quiero que pongas tus ahorros en el banco del bichito saltarín!". Así las cosas, cabe preguntarse: ¿qué desviación del objeto sexual, qué malediciente perversión, qué satánico viaje de formol atacó a los creativos que decidieron captar públicos adultos con mascotas inexpugnables para mayores de tres años?

Según lo intuyo, la mala fama de la banca en el universo entero hizo pensar a los gurúes publicitarios en obtener clientela apelando al lado más blandengue del ahorrador. Pero los tiernos resultaron ser ellos: aunque los papás de uno se dejaran conmover por los enormes ojos de las ardillitas de Concasa o por la mano amiga del gigante de Ahorramás, en los bancos, lejos de encontrarnos con Ahorrito, con el "buen vecino" de la Caja Social o con el dueño de la mina de plata de Colmena, todo era un caldero de clientes al borde del tramafat, de colas que invitaban al suicidio, de gerentes malencarados, de asesores desorbitados y de cajeros de cara lustrosa.

Pero la estrategia funcionaba y uno terminaba por sentir empatía con esos mamarrachos. Prueba de eso es que a mí, cuando mis padres me enviaban a hacer vueltas bancarias en mi niñez en Manizales, me aterraba encontrarme con avisos sindicales que invitaban a las exequias del Ahorrador Feliz o del Obrerito.

Ha pasado el tiempo y esa profecía negra se cumplió: la Casita Roja fue estilizada hasta extremos surrealistas, el trencito con ojos del BCH se descarriló y la Abeja Conavi hace rato que voló su última ruta polinizadora de flor en flor. Por alguna razón, las mascotas financieras colombianas cayeron en el mismo saco roto donde hoy reposan matachines muy criollos, muy imaginarios y muy olvidados como el Guri Guri, el aventurero de tiras cómicas Tukano y los venidos a menos símbolos deportivos Colombianito Corredor, Max Caimán y Amériko.

A diferencia de los últimos, valga la nostalgia, la Abejita sí era útil, ya fuera para adquirir la pendejada más grande o bien para comprar "¡toda la orquesta!", que no era una pendejada menor. Como quien dice, aunque jamás entenderemos qué movía a los publicistas a atraernos con caramelitos, les terminamos tomando cariño a esos símbolos. O sea que los dulces no estaban tan mal.

Por fortuna, el terreno de la publicidad (¿puerilidad?) tarjeteril se ha desplazado a las tarjetas prepago de los celulares. Ojalá y no se contagie de nuevo la banca, porque una cosa son los símbolos de antaño y otra muy distinta, el Hombre Araña. O, peor, Juanes.

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