Emma Madero de Gallo, mi amiga, si ser amiga es ello, antigua meretriz de alcurnia e introductora de adolescentes núbiles en las artes amatorias, fue la encargada de gerenciar las maniobras iniciáticas de José Joaquín Gallo, a la sazón estudiante de bachillerato. Fueron aproximaciones fugaces como suele suceder en estos casos. Espaciadas, esporádicas. Pero al cabo del tiempo, cuando la experiencia de Emma pesaba más que el atractivo, y José Joaquín golpeado por la vida se había graduado como "comerciante de fronteras", nobilísima denominación que lucía muy oronda en su bussines card con la cual disimulaba, sin éxito, su verdadera profesión de contrabandista, ambos unieron sus destinos mediante la santa bendición del matrimonio. José Joaquín era mejor conocido como El Perro. Por esto, en extraña combinación zoológica, lo llamábamos El Perro Gallo, denominación que él soportó con gran decoro.
"El burdel ha muerto -me dijo El Perro, sin disimular la nostalgia-. Ya no es el punto de encuentro, el nirvana temporal, el lugar donde pasiones varias, desde el erotismo chabacano y apresurado hasta la molicie desvergonzada, coexistían en entresijo admirable".
En efecto, muchos de nuestros amigos, especialmente El Poeta y Santa, ingresaban al burdel, movidos más por la camaradería que por urgencias seminales. Además de fornicar, leían el periódico, sustanciaban la siesta, comían tamal al desayuno, estudiaban para el examen de economía, se hacían atender de las muchachas para que les limpiaran los forúnculos de la espalda y, en fin, hasta rezaban el rosario en Semana Santa.
Yo, en cambio, tengo un recuerdo distinto.
Siempre me agredió el olor a veterina, un compuesto químico que mi padre me enseñó a utilizar con fines bien distintos: combatir la fetidez amoniacal de la docena de conejos que ocupaba un ángulo del patio de mi casa juvenil.
Por alguna razón (a lo mejor por alguna regulación de la Secretaría de Higiene) las celestinas responsables de la administración del lupanar tenían que esparcir el líquido, al cual se le atribuían milagrosas propiedades para combatir todo tipo de infecciones, entre ellas la gonorrea, habitual visitante de aquellos sitios, después de que la temida sífilis había remitido, como dicen los médicos, para satisfacción de los usuarios y frustración de los curas agustinos, que utilizaban la sífilis como el arma privilegiada para combatir el coito extramural.
Pues la veterina me producía rinitis, la cual se exacerbaba hasta límites inverosímiles al momento de desnudarme. Una vez estornudé 37 veces, ante el estupor de la suripanta de turno, que tuvo que marcharse frustrada, no sin antes cobrar el "cargo fijo", como podría llamarse hoy en día, ese peaje que tienes que cubrir, hagas o no hagas uso del servicio, trátese de teléfonos o carreras en taxi.
Otro atributo negativo era la sordidez de los bombillos rojos, bien porque los pintaban al duco, o porque los cubrían con papel de seda, una práctica más barata pero menos duradera. Y que, de paso, hablaba mal de la calidad del sitio y, sobre todo, de las practicantes. Si se agrega a esto la oscuridad reinante en el interior que, con ínfulas de media luz argentina, pretendía darle caché al sitio, pero que a mí me provocaba una irresistible melancolía, es claro que fui uno de los primeros en mi generación, un precursor, en atacar el amor pagado, por indigno, y promover la búsqueda de soluciones más modernas al instinto ancestral. Mi tesis era la de no al pay per sex, pero en cambio, un sí rotundo al sex per free. Puros filosofismos vacuos, porque mi problema, como dije, era la rinitis y el pánico que me producía ese ambiente lóbrego. Y esto para no hablar de las gruesas cobijas de lana virgen, de las que vendían en los baratillos de la Galería, alergénicos peores que la malhadada veterina.
De modo que, al contrario del Perro Gallo, a mí no me produce ninguna desazón la desaparición del burdel. Creo ha triunfado la técnica.
Putas telefónicas. Avisos clasificados. Contactos vía celular. Prestaciones a domicilio. Flamantes web sites.
Como siempre, la modernización crea nuevos problemas.
En efecto, no hay normas escritas ni consuetudinarias sobre cómo proceder si la visitadora, una vez toca a nuestra puerta, no corresponde a los atributos que exhibía cuando fue escogida en la pantalla del computador. ¿Se le da para el taxi y ciao? ¿Hay que pagar parte de la tarifa? ¿Hay que justificar la devolución? ¿En tal caso, cómo se hace? ¿Se llena un formulario señalando los defectos de la dama: que el derrière es magro, o en vez de pertenecer al modelo pera, realmente corresponde al modelo papaya? En fin. Todo un desafío jurídico.
El otro problema es el de la interpretación de los avisos clasificados.
Mi sobrino Arístides tuvo la infeliz idea de reactivar su lumbago en Madrid. Algo tan inoportuno como el herpes que solía atacar el labio inferior de mi profesor de geometría plana cada que aseguraba una cita amorosa clandestina.
La primera y más sabia decisión era la de buscar una masajista que le proporcionara alivio con su técnica milenaria.
Para lograrlo, compró un prestigioso diario de la capital española y se dirigió a los avisos clasificados, sección servicios.
Ahí surgió el primer escollo: ¿cómo diferenciar las masajistas-masajistas (serias profesionales que, con el perdón de Mancuso, no vacilaría en calificar como paramédicas) con aquellas pérfidas pelanduscas que ocultan su execrable oficio bajo el manto sagrado de la salubridad humana?
Este ha sido uno de los grandes misterios de la humanidad, nunca desvelado. Se cree que un viejo escolio encontrado por azar en la biblioteca de Nuremberg, atribuido a Leibnitz, In integrum prostitutio et massagem, contiene la única aproximación conocida sobre el tema.
Pronto surgió una ventana de oportunidad. La sección servicios se subdividía en varios apartados: línea erótica, descartada; relax, aplazada, y masajes. allí debía hacerse la primera búsqueda.
"Masaje profesional, cuatro manos, también terapias especiales" caía como anillo al dedo. Y lo de cuatro manos, seguramente era apenas una invocación a la eficiencia, como lo hacen las tejedoras costarricenses o los cocineros de Taipei. Producción en cadena, llamó el señor Ford a ese método. Pero, el aviso continuaba con esto: "Somos masajistas muy atractivas, incluso domingos", algo que si bien no era un impedimento, generaba también cierta inocultable sospecha.
"Abib, masajista profesional, depilación masculina" había que descartarlo de inmediato. "Atractivísima, masajes, enemas" debía referirse a una dolencia estomacal, no a un lumbago. Descartado. "Profesional con camilla y sorpresa final" era, sin duda, atractivo pero riesgoso.
Entonces dobló la página y fue a la sección relax.
"Camila, cuerpo impresionante, ligueros, faldita corta, sin bragas", al lado de "te recibo en lencería muy insinuante", le hizo pensar por un momento que había ido a parar, sin proponérselo, a la sección de moda, lo cual estuvo a punto de confirmar, con caracteres extravagantes, de pasarela alucinante, cuando leyó: "Gatúbela, travesti, ropa látex, botas, superdotada" y "Travesti, Ágatha, jovencita espectacular, dotadísima, sadolátex, ama, sumisa".
Al leer la siguiente columna, entró en una zona oscura y francamente indescifrable.
¿Qué quería decir eso de "griego profundo", o "lluvia dorada"? ¿Qué tal "estrecho, pies lujuriosos", o "francés natural profundo"? ¿Correspondería a la sección relax o mejor a unas extrañas clases de geografía oculta?
En ese momento comprendió que estaba irremediablemente equivocado.
Cerró el periódico. Abrió las páginas amarillas. Buscó Farmacias. Tomó el teléfono. Pidió Feldene.
No es una buena idea tener lumbago en Madrid.
Pero por fin, todos estos adelantos tecnológicos han determinado un alza en los costos del servicio, efecto colateral que debería provocar la intervención del gobierno. Algo verdaderamente preocupante.
Ya lo dijo Quevedo:
"Porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas".

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.