Los puestos delanteros están ocupados por un abogado de mediana edad especializado en derecho bursátil y su novia, una financiera. Ambos llevan chalecos negros, brazaletes fosforescentes, cachucha dos tallas más grande, linternas al cinto, placa de metal y un carné plastificado en la billetera. Ella tiene un radio de largo alcance en la mano; él, un paquete de Papotas. Antes de la primera cabeceada Omega II habla:
-Accidente en la séptima con 94. Dos taxis se dieron de frente.
La voz chillona del abogado responde:
-Enterado, Omega II. En cinco estamos.
-Pon la sirena, mi amor.
-¿Llamamos a Juanpa y a Caro? Me dijeron que iban a estar en el retén de la cien.
-De una. ¿Lista?
-Lista, gordo. Vamos.
-Nos fuimos. Miércoles, ¿y esta vaina por qué no anda?
-¿Le quitaste el freno de mano?
-Sí, chiquita.
-¿Y las piedras que pusiste para que no se rodara?
-Ay, verdad. Qué cabeza la mía.
El abogado las retira y en medio del afán las rocas van a parar en medio de la circunvalar donde una moto de Telesentinel puede perder el control si da con una de ellas. Las llantas chillan, la sirena aúlla encabritada despertando a los vecinos de la cuadra. Uno de ellos, un judío muy viejo que escapó de un campo de concentración, puede llegar a morir de un preinfarto ante semejante susto. Santi y Nata, el abogado y la financiera, bajan por la avenida quebrando el límite de velocidad, creyéndose una brigada móvil de la Segunda Guerra Mundial, un grupo élite, paramédicos en Queens, puntas de lanza del FUDRA, cascos azules en Namibia, pero solo llegan a una versión seca, de piel pálida, empobrecida y sin playa de Guardianes de la bahía. Santi y Nata son una pareja de policías cívicos. No de la defensa civil, nunca, ellos son pobres que se meten a servicio voluntario y andan en Daihatsus viejos. Nosotros llenamos un vacío de autoridad y ponemos a disposición nuestro Mégane plata.
Horas antes se han reunido con seres de su misma calaña en un parqueadero muy cerca de Hacienda Santa Bárbara. No importa el frío ni el cansancio ni la gente que los mira de reojo. Ellos, formados en una escuadra perfecta, juegan a la milicia. Reciben órdenes de Omega II, analizan el plan de acción para esa noche, gritan consignas, se aplauden. Luego, a patrullar las calles.
Santi y Nata llegan antes que la Policía de Tránsito. Dejan el carro en mitad de la calzada, a quince metros y corren aparatosamente. Las Papotas quedan regadas por toda la calle, Nata se enreda y cae de bruces. El radio, el radio de un millón de pesos vuela por los aires. Santi la deja atrás y alcanza la escena del accidente. "No es grave, apenas un toquecito que le desprendió la persiana al compadre". El abogado no deja continuar al conductor. Lo acribilla a preguntas apuntándole con la lámpara a la cara, como un agente de la Mossad, de la Stasi, de la PTJ, de la MI-5, de la DINA.
-¿Cuántas cervezas se tomó? Diga a ver. ¿El Isodine que trae en el botiquín está vencido? ¿Estaba haciendo un paseo millonario? ¿Tiene gato? ¿Triángulos? A que no tiene tacos y utiliza piedras.
Mientras tanto Nata, con un pie trochado, rearma el radio y pide apoyo de más unidades. La calma de la noche se ha roto para siempre. En menos de cinco minutos el tráfico se atasca. Juanpa y Caro llegan en contravía con su propia sirena ululando. Los taxistas, a punto de arreglar por las buenas se acaban de agarrar. Uno le tira uno de los zapatitos de niño que colgaba de su espejo retrovisor. El otro responde con una almojábana a medio morder. Un señor que viene del otro carril se pregunta "¿qué habrá pasado? Tiene que haber un muerto para semejante escándalo". Busca una sábana blanca en el asfalto pero sólo ve lo que parece ser una chancla de infante. "Por dios. Mataron a un chino, el pobrecito iba comiendo", dice al ver un mendrugo de pan en el separador.
El abogado se retrasa y mira la escena con la visera de la cachucha en alto. La carrera lo ha hecho sudar a mares. Saca un pañuelo de tela y se enjuga la frente. Resopla y ya más calmado empieza a regodearse en su falsa autoridad, con su inmerecida y vanidosa autoridad paga.
Si Nata y Santi se quedaran en casa, jugando a los mercenarios en el antejardín, si Juanpa y Caro fueran al cine o se tomaran un trago la ciudad sería menos caótica. El mundo seguiría su curso, la Policía de Tránsito cumpliría su labor a cabalidad. Llegaría con su característica serenidad y su prudente retraso a remediar los enredos de una noche de viernes, a poner partes en lugar de comparendos pedagógicos con el pecho henchido. Y a mí, sobre todo a mí, no me tocaría gastar energía en esta diatriba insulsa, en este tonto reguero de palabras.
-Amor, ¿vamos por un chuzopán?
-Vamos, gordo.
Las llantas chillan y la sirena aúlla de nuevo despertando a todo el vecindario. Un anciano judío agoniza.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.