En términos económicos, y descontando beneficios marginales (la extinción de la barba, la renovación del mercado de finca raíz en La Candelaria, Chapinero Alto y Teusaquillo), eliminar a los filósofos resultaría en un crecimiento neto del producto interno bruto nacional. Por el lado de la demanda habría grandes avances. Los filósofos son, para ponerlo en términos de análisis económico, chichipatos, se toman dos tintos en una cafetería y hablan cuatro horas de Heidegger, ¿y cuándo consumen? Por el lado de la oferta, podríamos reemplazar todas las facultades de filosofía por facultades de danza exótica y culinaria tailandesa. Después solo sería cuestión de convertir a los historiadores en periodistas y a los literatos en columnistas de SoHo y estaríamos en el camino del progreso.
De vez en cuando se dejan ver. Usan alpargata y media blanca, discuten el papel del hígado de bacalao en el pensamiento de Soren Kierkegaard y se quejan de que Sábados felices es un vehículo de propaganda neoliberal. Se distinguen por su palidez y por su capacidad de convertir una charla amigable sobre el TransMilenio en un agitado debate sobre el papel de la negatividad en la dialéctica hegeliana.
Vienen en varios sabores: están los góticos, que usan gabardina y uñas negras y andan decepcionados de absolutamente todo menos de Nietzsche. También hay silviocomunistas (o villadeleivos) que ya superaron su fijación con el Che y ahora solo le creen al subcomandante Marcos; puede que escriban poesía en pequeños cuadernos, o que sepan tocar la flauta de pan. También están aquellos filósofos que les gusta disfrazarse de filósofos, que usan boinas, pipas o sacos con parches de cuero. Y algunos tratan de disfrazarse de gente normal. Sin embargo, ninguna persona normal escribe a una biblioteca en Dresden para ver si puede conseguir una copia de los apuntes de Kant a las clases de urbanidad que recibía en el colegio.
Todos, góticos y villadeleivos por igual, viven bajo una sola regla de oro: nada es bueno si les gusta a las demás personas. Ningún filósofo escucha a Juanes o Shakira, sino alguna banda islandesa de heavy metal celta o los sonidos guturales de alguna tribu del norte de Mongolia. Ningún filósofo va a cine a ver Los Increíbles, no, va a ver películas japonesas de siete horas o cine iraní con subtítulos en francés (o viceversa). A pesar de que algunos usan ruana, ningún filósofo escucha a Jorge Veloza.
Se organizan en pequeñas y cerradas tribus según el filósofo al que veneran. Es fácil hacer emberracar a un miembro de la tribu; si es, por ejemplo, un filósofo analítico, solo hay que entrar en su rango auditivo y decir algo así como "lo cierto es que Wittgenstein no hizo ninguna contribución original a la filosofía". Es tabú acostarse por fuera de la tribu; entonces se producen situaciones a lo Beverly Hills donde se agotan las combinaciones y los siete protagonistas ya se han acostado todos con todos.
Hay dos cosas que los filósofos disfrutan enormemente: discutir lo obvio ("no se puede demostrar concluyentemente que la pasta sea una comida italiana") y hacer etimologías. Toda palabra viene de alguna palabra en griego que explica su significado. Por ejemplo: la palabra filosofía viene de dos raíces griegas, filo (que quiere decir "cabeza") y sofía (que quiere decir "muy grande"). Es así que el filósofo es quien tiene la cabeza grande, es el Cabezón. En su cabeza caben palabras largas y esdrújulas como hipóstasis, ontológico y dialéctica. El sobaco del Cabezón también es amplio pues debe cargar libros (y libros y libros) que a su vez deben ser enormes pues contienen Todo Lo Que Hay Que Saber En El Mundo.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.