Para ser papá no es necesario tener hijos porque hay dos tipos de papá: el biológico y el psicológico. El primero tiene fotos de sus niños en la billetera y llama a la casa cada tres horas para preguntarle a la muchacha: "¿Cómo va todo por allá?". Ahora bien, si usted todavía no tiene descendencia, pero reconoce que en los afiches del Éxito hay fotos con gente de su edad, su abdomen era un triángulo invertido que ahora tiene forma de pera, respira profundo y le suena un pitico en la nariz cuando respira hondo, disfruta mucho más los chistes de doble sentido, le gusta ir a misa por un cura que se echa un sermón lindísimo, puede oír una canción que le fascina a volumen bajo, usa el ascensor y jamás las escaleras y odia los trancones que se arman por culpa de la ciclovía, usted ya es un papá psicológico.

Tengo 35 años y a pesar de que ya llegué al tercer piso y mezzanine sin herederos, mi naturaleza ya me está señalando que es hora de pasar del "…Papi: si quieres me opero este par de flotadores para que te pongas ogro cuando estemos en piscina…" al "Papi: ínflame mi flotador de Shrek que me quiero meter a la piscina".

Todavía no estoy seguro si de manera triste o feliz nos estamos resignando a convertirnos en aquellos seres que tanto amargaron nuestra adolescencia. El ejemplo del pasado empieza a recoger su cosecha y no sé bien si será bueno luchar en contra o conservar la tradición. Y lo que me preocupa es que si vamos a seguir con lo mismo nos tocará entonces ir de compras para ponernos de una vez el uniforme de papá colombiano: camisa de cuadros-manga-corta, pantalón de dacrón, medias delgaditas, zapatos de mocasín, peinilla transparente con veteado marrón entre el bolsillo y celular con forrito de cuero colgado del cinturón, doble faz.

Me pregunto, ¿de cuál pasarela habrán sacado semejante ropa, ¿de dónde habrán salido tantas mañas, dichos y pendejadas?

Seguramente hay una bacteria en la hoja del tamal que motiva al cerebro del padre de familia colombiano a hablar duro en la fila del banco, a pedir ñapa y rebaja hasta en Hugo Boss, a tratar de ser coqueto, dicharachero y recochón con las degustadoras del supermercado; a echar en el carrito productos de marcas raras que nunca ha usado, pero que están en promoción y a llenar bolsas con folletos, afiches y calcomanías de maquinarias que jamás piensa comprar en los pabellones de Alemania, Estados Unidos y Japón, durante su visita a la Feria Internacional. Si usted cree que se puede salvar de esta bacteria porque no consume ese platillo de la gastronomía local, no se preocupe, tal vez cuando se destila la hierba de anís de ese aguardiente que tanto chupa, se genera un agente patógeno que induce al adulto macho colombiano a pedir que le regalen esferos, calendarios, camisetas, agendas, pisapapeles, llaveros y cachuchas con logotipos de productos para poder agrandar su empolvada colección casera de merchandising.

Y si usted tampoco es consumidor de esta bebida alcohólica, el genoma colombiano lo puede perseguir de manera oral por medio del pollo asado dominguero al que se le pega un pedacito de servilleta blanca. Pues bien, al ingerir esta fusión tal vez se produce un compuesto extraño que los induce a regañar a la gente que presenta programas de televisión como si lo estuvieran oyendo, a ordenar el cuarto de San Alejo los fines de semana, a pujar mientras alza materas y poltronas para cambiarle la apariencia a la sala, a echarle 3 en 1 a todos los objetos de madera, a taladrar paredes para instalar repisas, a clavar puntillas y a gritar "¡Arre!" cuando se golpea uno de sus dedos con el martillo. Claro, si el pollo asado le pone la piel de gallina y lo suyo es lo natural, es posible que el agua que llega desde el Macizo Colombiano contenga dos de hidrógeno, una de oxígeno y siete de cansógeno, una molécula que al ser ingerida por el rey del hogar hace que le coja piedra a la muchacha y la acuse de haberse petaqueado las sartenes de teflón y de haberse robado un pantalón que lleva una hora y media buscando por toda la casa y que su esposa fácilmente lo encuentra colgado en la perilla interior de la puerta del cuarto. De la misma manera, este elemento vital de la estrella hídrica colombiana podría causarle unas ganas incontrolables de comprar mandarinas de semáforo o de manejar en carretera oyendo un compilado de Garzón y Collazos mientras lee en voz alta todos los letreritos de las vallas que ve para luego obligar a su familia a compartir el pan en mesas de restaurantes, repletos de camioneros.

Tal vez el sentido del gusto no sea el único culpable de este comportamiento. El oído juega un papel muy importante porque un Himno Nacional a las seis de la mañana y otro a las seis de la tarde podría provocar unas ganas incontrolables de hacer calistenia, que no es otra cosa que ejercicios mañaneros en calzoncillos para secarse el desodorante de las axilas. Este ejercicio puede ser el comienzo inesperado de una etapa deportiva en la que los pantalones negros de ciclista, camiseta blanca con puntos rojos, gafas adquiridas a través de televentas, casco de dudoso material y bicicleta de albañil formarán parte de sus nuevas rutinas domingueras. Durante la mañana y en medio de una afeitada a ras, las ondas sonoras de la radio AM con noticias mal sintonizadas en un baño con buen eco podrían generar lesiones graves en el tímpano, haciendo que el padre de familia se enfurezca cuando la voz de su esposa interrumpe el noticiero. Cabe pensar que estos daños los hacen creer que cuando se necesita educar a sus hijos es necesario jalarlos de las orejas. Así mismo y de manera errónea, el padre de familia cree que el sistema auditivo funciona como un aire acondicionado porque las recomendaciones que ellos les dan a sus descendientes, les entra por un oído y les sale por el otro. Una forma de saber que estos achaques son irreparables es cuando solo oyen lo que les convine o cuando se sientan a ver la transmisión de un partido de fútbol con el televisor en silencio y con el radio a un volumen que supera el umbral del dolor.

¿Será que uno puede ser papá colombiano sin necesidad de convertirse en un hombre guiso, mañé, guabaloso o corroncho? ¿Será posible que uno se aguante las ganas de golpear en la puerta de un garaje sin utilizar la argolla matrimonial? ¿Será que uno tendrá que luchar para vencer la idea de ir a un sitio como El Corral Gourmet con un aguacate en la mano? ¿Será que en este preciso momento se están inventando electrodomésticos que solo podrán ser operados por nuestros hijos? ¿Será que cuando China domine el mundo nuestros hijos cantarán en un idioma que no vamos a poder entender? ¿Soñarán con irse de vacaciones a Disney World Beijing? ¿Le escribirán una carta a Buda y otra a Confucio para que les regale de Navidad un perro pekinés? ¿Se burlarán con sus amigos de nuestro escaso y vergonzoso dominio del mandarín? ¿Cambiarán un buen perro caliente por un gato a la parrilla?

Muchos interrogantes, ¿verdad? Sin embargo, los voy responder todos como siempre responde un papá colombiano:

No sé. Pregúntele a su mamá.

Todavía no soy papá, pero mis amigos me han dicho que es lo más cercano a ser feliz. Y si esto nos hace sentir plenos, pues entonces vale la pena subir al cuarto piso con los brazos llenos de abrazos y para esto será necesario empezar de una vez a hacer cursos libres de viejo mamón. Al fin y al cabo: de padre venimos y en padre nos hemos de convertir.

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