Si yo fuera Julio Mario Santo Domingo, también tendría cara de vampiro. No se me ofenda, don July, que los vampiros son tipos románticos y hasta sensibles. Eso de saber que se es irrefutablemente la persona más rica de Colombia debe exasperar la bilis, habiendo tanto pobre por estas comarcas. El mismo síntoma psicosomático, pero a la inversa, se debe sentir al saberse la octogésima persona en la lista mundial... y no la primera. You can't always get what you want.

La tal lista pertenece a la revista Forbes; de lo que deduzco que el verdadero duro es don Juan Carlos Forbes.

Pero este no es un artículo de carácter social, sino humorístico. El punto no es especular en torno a la personalidad de este enigmático magnate (palabra que, en inglés, se dice tycoon y rima con tiny toon), sino en torno a su fortuna, si ella fuera de uno, tan pobre... comparado con él (¡a, basta de comparaciones!).

Si yo tuviera la fortuna de tener la fortuna que tiene ese señor (a quien solo he visto en fotos y documentales sobre cejas pobladas), pues sería la persona más rica de Colombia... ¡Yupi, yuppie!... Y no tendría necesidad de ganarme el mayor de la de Boyacá, ni la pata de un chance, ni la rifa de la junta de acción comunal, para solventar mi economía del próximo mes.

Primero que todo, me compraría una cervecería (me cervecería una compraría), y la bautizaría Quimera (un cruce mitológico entre leona y águila), para sedar al pueblo, con el viejo truco de venderle muerte neuronal y males hepáticos con la fachada de "diversión, momentos ricos, heroísmo merecido".

Como la cerveza la va tan bien con el tejo, la rana y el juego de la botella, pues los promovería como disciplinas paraolímpicas... y me la pasaría ingiriendo cerveza gratis todo el día, todos los días, a ver si me sale la tapa premiada... y me largo de este moridero llamado planeta Tierra.

En esta fantasía bursátil que me delegaron los de SoHo, cuento aproximadamente con 5.700 millones de devaluables dólares, moneda corriente (casi cuatrocientos balotos; es decir, once mil cuatroscientos millones de polas polares compradas en la tienda de don Domingo)... o sea, harta platica.

Por lo tanto, deliremos y deliberemos...

Con ese capital, yo hasta me compraría el Nariño's Palace con todos sus inquilinos... y convertiría lo que queda de la Calle del Cartucho en la Avenida Kimberly.

Mi siguiente acción, comprarme toditas las acciones de Ecopetrol, para dejar mamando a los ilusos accionistas clase media que suponen que su vida será mejor por tener en su mesa de noche un montón de papelitos grises que dicen "dueño—de—algo"... ¡Disculpen la petulancia! Me dijeron que imaginara que era JMS.

Y que yo... y que yo... y que yo me compraba una emisora y una televisora y una evasora para nunca mirarla, ni oírla, ni huirle... ¡Ah!... Y, también, una flota de aviones voladores (de los que no van hasta Baroo Island), donde sirvan sánguche con gasiosa Potobón, y que salgan un poquiiito tarde, para que los farmaceutas del mundo se lucren expendiendo calmantes y condones; y para que los de Donquin Donas vendan 120 por el precio de 95... y así, todo un círculo vicioso.

De puro hijuenadie, me compraría un aparta—estudio en Parcáveniu (popular sector nuevayorkino muy parecido al Parcuei bogotano), para pasear a mi pastor alemán en inglés, y salir a trotar al Céntral Parc, en el que caben 35 Parques Centrales Bavarias.

Y, con las vueltas, me compraría un periódico dominical, una revista de peluquería y otra para jóvenes guau (cosa que yo ya no sería, porque, para acumular tantas posesiones, hay que vivir, por lo menos, 83 años... como los vampiros).

Ya que hay que eclipsar a los criollos que quisieran emularme, me iría pa'l Océano Atlántico, navegando en mi ola privada, y me agarraría una isla para mí solito y todos mis amiguitos (tres). Allí construiría un país donde la plata no valga un peso... y sería feliz como... como yo mismo.

Pero como la plata no compra la felicidad, pero el dinero sí, pues me iría directo a la Surtidora de Ánimos, y encargaría una docena de buenos corazones: uno para cada mes del año, porque ser bueno... paga.

Entonces, como ya sería bueno, pues me iría para la India a volverme mejor, y entendería que el amor es la respuesta, pero no sabría la pregunta... y si ese amor se convierte en altruismo... ¡la locura!

Así que, en un ataque de "delirium monetaris", me iría al banco Santo Domingo y sacaría todos mis ahorritos, y me iría de puerta en puerta por toda Colombia, y les daría a todos sus habitantes de a 250.000 pesos para que se compraran un mercado chévere en Febor.

O, quizás, no... Quizás me dé la rabonada, y dejo salir mi colombiano interior, y lo vendo todo al peor postor, para volver a tener billete contante y sonante, para que se les haga agua el bolsillo a los del paseo billonario, para tener la certeza de que me lo puedo comprar todo, o casi todo, otra vez... y así sucesivamente, todo un vicio circuloso.

Pero como no soy Mr. Saint Sunday, escribiré un artículo bobo para SoHo (o viceversa), porque allí pagan bueno... y así soluciono lo del arriendo de febrero (el cheque demora 45 días hábiles).

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