Orlando llegó a la playa antes que cualquier turista. Era la primera vez que iba a ver el mar y la ocasión merecía madrugar. Llevaba toda la vida esperando, muchos años ahorrando y todo un día viajando en bus desde Bogotá hasta la costa. Le habían contado que el viaje era maravilloso, que allí se podía sentir la grandeza de la tierra. Pero él, en el fondo, solo quería paz, silencio y más paz.

—¡La paleta, la paleta! —una voz estridente interrumpió el momento. Un hombre pequeño y gordo que cargaba una caja de icopor se le acercó—. ¿El patrón quiere paleta, le tengo de coco, limón, mango biche y maracuyá. —No, gracias —le respondió—. Solo quiero mirar el mar. —Entonces le tengo los binóculos. Son coreanos, originales, a veinte mil barras. Orlando lo miró y ni siquiera le respondió. El hombre siguió su camino, —La paleta, la paleta, la paleta—.

A los dos minutos sintió la mano de un niño que le halaba la pantaloneta. —¿El patrón quiere una carpa? Ahí parado no va a crecer más, en cambio le tengo la carpa con asiento para que se relaje y se asolee.

Tan pronto Orlando aceptó, el niño le acercó una cerveza helada. Cuando se metió la mano en el bolsillo de la pantaloneta, el niño negó amablemente con la cabeza. —tranquilo patrón, al final del día cuadramos, usted pida no más, aquí estamos para servirle.

No se había tomado el primer sorbo cuando una mujer descomunal se le paró al frente eclipsándole el sol que ya empezaba a demostrar de qué estaba hecho. —¿Un masaje, dópto? —y sin más se sentó a los pies de Orlando, sacó una crema verde de un pequeño balde, se la untó en las manos y le haló a la fuerza un pie sacándolo de la silla. —Un momento —le dijo Orlando con algo de miedo—, no quiero, no me apetece. La mujer lo miró con el ceño fruncido, pero luego le sonrió exhibiendo unos gigantescos dientes blancos como las perlas que hacían contraste con su piel negra como el carbón.

—La pruebita, dópto, la pruebita no más. Si no le gusta, se lo dejo gratis —y con esas palabras le hundió con toda la fuerza los pulgares en la planta del pie presionando puntos que le hacían sentir algo cercano a un pequeño orgasmo. Orlando se estremeció un poco al sentir una mezcla vergonzosa de pudor y felicidad. Se sentía violado por una mujer negra y grande en plena playa, observado por otros turistas. Delfina, indiferente, le hablaba sin parar de sus ocho hijos y de sus catorce nietos. Era tanto el placer que terminó volteando por competo los ojos y esbozando una sonrisa de niño bobo.

Media hora después, cuando volvió en sí, Orlando se sentía como un Formula Uno en pits: en cada extremidad de su cuerpo tenía a alguien haciéndole algo. En un pie, Natividad, la nieta de Delfina, le hacía el pedicure; en el otro Rosario, otra nieta, le limaba los callos; en una mano un hombre delgado le ponía pulseras de coral mientras le exhibía otros cientos de collares que llevaba colgados; en la otra mano María Conchita le limaba las uñas; a un lado de la cabeza Doris Adriana le halaba mechones del pelo para hacerle trenzas; y al otro lado un hombre le mostraba acuarelas de la ciudad colonial.

Orlando había llegado esta mañana a la playa buscando paz. Pero su personalidad tímida, típica del hombre del interior, no lo había dejado decir no a nada. Por la tarde tenía gafas nuevas porque lo habían convencido de que eran las 'dietéticas', que lo hacían ver más delgado; había comido dos raspados, tres ceviches de camarones, cocada, cinco tajadas de piña y butifarra; tenía una foto polaroid en el mar al lado de todos los vendedores; un avioncito de icopor que volaba con el viento; una camiseta que decía 'El que viene a Cartagena, se la lleva en el corazón'; tres pulseras con los colores de la bandera y letras repujadas que decían 'Colombia, la berraquera'; un búho en coral en vías de extinción y crema de concha de nácar. Le había pagado tres canciones a un grupo de vallenato y les tuvo que pagar el doble para que dejaran de tocar. Una bruja le había leído la mano, un astrólogo, la carta astral; y se había tomado 14 cervezas heladas.

Cuando se metió la mano en el bolsillo para pagar la carpa y las cervezas al final de la tarde, se dio cuenta de que se había gastado los últimos veinte mil pesos que le quedaban. En ese momento algo extraño sucedió: todos los vendedores desaparecieron como por arte de magia. Era como si olieran la plata, porque ahora que no había ni un peso, nadie le ofrecía nada. Por fin había silencio. La playa volvió a estar sola. Sucia, pero sola. Caminó hacia la orilla, miró al horizonte y cuando estaba en el momento más mágico de todo el día, oyó una tenue y al mismo tiempo agresiva voz: —¡la ostra, patrón, la ostra! La pruebita sin compromiso—. El vendedor sacó de un balde una ostra, la abrió con un cuchillo, le exprimió limón encima y se la ofreció. Minutos más tarde y luego de veintitrés ostras por las que le cobraron cuarenta mil barras, Orlando se dio cuenta de que al final no pudo ver el mar.
 


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