Ahora que tanto se anuncia que se acabará la EPS del Seguro Social, me atrevo a decir que la cosa se empezó a deteriorar, no porque se la hayan robado mil veces (cosa que no me cabe la menor duda), sino más bien porque el seguro siempre se dio el lujo de dejar por fuera una gran cantidad de enfermedades que por su gravedad deberían ser consideradas enfermedades profesionales derivadas de actividades u oficios de alto riesgo (por ejemplo, la tragadera y asistencia continua a fiestas).

Para que me crean, les voy a mencionar algunas de ellas, para ver si no es cierto lo que les digo. Es increíble que a uno no lo atendieran en el Seguro Social inmediatamente después de haberse empacado una bandeja paisa con frijoles, chicharrón, huevos fritos y demás, acompañada del consabido y venenoso aguardiente pasado con mango biche. No joda, si después de eso no lo atienden a uno para hospitalizarlo y meterlo en cuidados intensivos, entonces ¿para qué sirve el Seguro Social?

Vean este otro caso que se deriva de la reciente moda bogotana de casar a los hijos en las fincas, pero no en las de la Sabana de Bogotá en donde el vestidito de paño inglés y una chimenea nos protegen del clima que, si bien helado, es manejable y no deja huellas imborrables en nuestros cuerpos. ¡Mejor dicho, de agarrar una gripa no pasamos!

Estamos hablando de los casamientos en las fincas de tierra caliente, en donde en el mejor de los casos lo mínimo que les da a los gordos y gordas cachacas es sarpullido, como el de los bebés, pero en los pliegues de las entrepiernas y las llantas de la barriga. A eso agréguele la consiguiente insolación, pues los invitados deciden no echarse bloqueador para que la cara no se les vea grasosa, evitándose así el comentario de que acabaron siendo unos viejos mantecos. Pero en cambio, al otro día, acaban embadurnados en leche de magnesia. ¿Cómo puede ser bueno para una piel con quemadura de tercer grado un producto que anuncian útil para que a uno se le mueva el estómago después de varios días de estar constreñido?

Y entre las dolencias de asistir a tan felices eventos y que degeneran en gravísimas enfermedades que el seguro nunca quiso cubrir están, por supuesto, las mordidas de los mosquitos jején que salen inexorablemente antes de las cinco de la tarde y se lo devoran a uno atacando siempre los tobillos, para seguir enconados con una sien y continuar con los dedos, preferiblemente el que no se debe hinchar, es decir, en el que uno lleva la argolla de casado.

En el peor de los casos después de la rumba y gracias al jején, usted puede acabar con treponematosis endémica, que se manifiesta con unas llagas asquerosas. Y ni qué decir del guayabo producto de la mezcla de toda clase de bebidas espirituosas, mezcla que a la postre produce una especie de encefalitis con parálisis moral y grave deterioro físico que el Seguro Social jamás quiso atender y que se manifiesta con dolor de cabeza y cantaleta de la esposa, que aprovecha que el marido no se acuerda de nada (por pérdida temporal de memoria) para hacerlo sentir bien mal.

Lo que las señoras no miden es que posiblemente ninguno de los invitados se acuerda de nada por cuenta de la famosa "perra" de potrero (con laguna y cagada).

En cuanto a la logística, no hay nada más incomodo que una fiesta de gente bogotana en tierra caliente. El cachaco acaba sumido en el conflicto de usar medias claras u oscuras, pantalón blanco o habano, zapato carmelito o blanco, las señoras no saben si ir de pelo suelto, se desgañitan tratando de encontrar la marca de maquillaje antisudor, no saben si ponerse vestido estampado y a la hora de escoger los zapatos no piensan sino en los rastrojos por los cuales tendrán que caminar.

No falta, por supuesto, la torcedura de tobillo, el descalabrado contra el inodoro o el lavamanos y el borracho mamón que decide devolverse manejando porque está "divinamente". Sigo pensando que el Seguro Social se acabó porque nunca supo ponerse a tono con las costumbres colombianas derivadas de nuestros malsanos hábitos alimenticios y sociales.

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